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Resolución.
"Oh, que mi corazón sea fuerte,
y me guíe cuando mis ojos se nublen
y mis oídos ensordezcan con palabras vacías."
Breaking the silence, Loreena McKennitt
¿Había sido siempre tan pequeña?
Hacía mucho que no le veía y quizás sus recuerdos
estaban distorsionados por el tiempo, pero Renji no recordaba
que fuese tan pequeña. Ni tan delgada, aunque eso podía ser
efecto del yukata. El blanco nunca había sido su color.
En contraste con su cabello negro, la tela blanca le hacía
parecer demasiado pálida, y mucho más después de haber abandonado
el gigai. Cuando alguien usaba un gigai por
tanto tiempo como lo había hecho ella, la separación resultaba
extremadamente dolorosa. Su caso no fue una excepción. A pesar
de que no se quejó ni gritó, Renji sabía bien que el tránsito
había sido duro. Podían haber pasado años desde la última
vez que habían cruzado palabra, pero había cosas que no se
olvidaban. La forma de apretar las mandíbulas o fruncir el
ceño. No lo había pasado nada bien, y quizás por eso estaba
tan pálida. Podía ser a causa del dichoso gigai.
O podía ser consecuencia directa de no tener
poderes. Podía ser causa de haber entregado sus poderes a
un muchacho humano, quedándose atrapada e indefensa en el
mundo mortal durante más de dos meses. Toda la vida escuchando
cómo le llamaba idiota para que, al cabo de los años, fuese
ella quien cometiese la mayor estupidez. Lo peor era que no
parecía arrepentida por haber tomado una decisión así. Solamente
preocupada.
Preocupada hasta el borde de las lágrimas por
un humano de cabello naranja. Preocupada hasta el punto de
gritarle y ofenderle por evitar que la siguiese. Preocupada
hasta el punto de sacar todo el coraje y enfrentarse sola
a lo que se le venía encima. Siempre había sido un misterio
que una chica tan bajita pudiese esconder tanto valor.
Aunque no recordaba que fuese tan pequeña. ¿De
verdad había sido siempre tan diminuta?
Quizás la causa era la celda. Los barrotes eran
enormes y la celda era espaciosa, pero estaba prácticamente
vacía. El único mobiliario era una pequeña silla justo en
el centro del calabozo. Ni rastro de un camastro, mesa o siquiera
un futon. Por no haber, no había ni sonido. El suelo
era de madera suave, al caminar no se hacía ruido. No había
nada. Únicamente la silla solitaria donde ella se sentaba
a todas horas, de espaldas a los barrotes y mirando en dirección
a la diminuta ventana que se abría en medio de la pared, aunque
estuviera demasiado alta para poder vislumbrar nada. No parecía
importarle, muy probablemente porque miraba sin ver, sumida
en sus propios pensamientos y sin moverse del sitio apenas
un ápice. Justo como cuando eran jóvenes y ella caminaba por
los pasillos de la Academia sin saber adonde iba, porque andaba
soñando despierta. Sólo que ahora no soñaba.
Renji no podía entenderlo. De estar en su lugar,
sabía que se habría pateado la celda del derecho y del revés,
hasta dejar marcas en el suelo. Probablemente hasta habría
destrozado la silla, solamente por tener algo que hacer y
no caer en lo mismo que caían todos los que entraban en aquellas
celdas. El lugar era tan anodino que la monotonía acababa
calando hondo, hasta que el preso se dejaba caer en la desesperanza
y se dedicaba, simplemente, a esperar su final. Perdían el
brillo en los ojos, perdían las ganas de luchar. Eran como
un adorno más en de aquel calabozo.
A veces, cuando iba de visita por las mañanas
y la encontraba en la misma posición que tenía la última vez
que la había visto, sentada sin moverse en medio de la enorme
celda vacía, tenía la impresión de que menguaba por momentos.
Por eso no conseguía recordar si de verdad siempre había sido
tan pequeña y delgada, o si el color blanco le había hecho
parecer siempre tan etérea.
Sólo cuando ella giraba la cabeza y contestaba
de algún modo a una de sus pullas, Renji conseguía ver a la
muchacha de antaño que hablaba y se comportaba como un chico,
la misma que, de alguna manera, había sido su líder. Ganaba
peso y altura, ganaba fuerza en la voz y presencia física.
Y quizás eso era lo que más dolía al teniente de la sexta
división, mucho más que los insultos o las referencias groseras
a sus tatuajes faciales, que sólo pudiese verla en momentos
donde ella fingía que no pasaba nada. Era una fachada, una
farsa, algo que hacía para desviar la atención, para no preocupar
a nadie más. Quizás por eso siempre acababa enfadándose con
ella, gritando y diciendo cosas de las que se arrepentía en
cuanto cerraba la puerta a su espalda, hasta el grado de no
poder dormir luego. Pero eso no era nuevo. Siempre le había
pasado. Quería decirle una cosa y acababa diciéndole otra
y, aún cuando lograba decirle lo que tenía planeado antes
de llegar a enfadarse, ella acababa echando por tierra todos
sus intentos. Como los de animarle y hacer que no se preocupase.
Por mucho que Renji le recordaba que era miembro de una familia
influyente que no iba a permitir que muriese como una criminal
cualquiera, ella negaba una y otra vez que eso fuese a tener
algún peso en su sentencia final.
Renji, por su parte, se había negado a creerlo.
A pesar de que tenía evidencias suficientes, se negaba a pensar
que ella tenía razón. Llevaba un mes como segundo del capitán
Kuchiki y, durante ese tiempo, no había conocido en su actual
capitán ningún gesto de amabilidad, hacia nadie. Había estado
en dos divisiones bien distintas con anterioridad y sabía
qué reputación tenía Kuchiki Byakuya entre sus compañeros.
No sólo entre los componentes de sus dos grupos anteriores,
sino entre el resto de los shinigami. Sabía que todo
el mundo tenía a Kuchiki Byakuya como un hombre frío, de comportamiento
excelente e intachable. Para unos, el modelo a seguir. Para
otros, alguien demasiado rígido. Para él, sólo era un noble
que se había llevado a la única familia que le quedaba. Le
había visto pasear por las pasarelas con su "nueva" hermana
al lado, y había estudiado la expresión de ambos. El noble
le daba igual. Pero la de ella… Ella no era la misma.
Sabía todo eso, porque lo había visto con sus
propios ojos. Pero Abarai Renji, era, ante todo, testarudo.
Se había negado a creer que Kuchiki Byakuya no fuese a mover
un dedo para salvar a alguien de su casa, aún cuando ese alguien
hubiese entrado en la familia mediante una adopción. Se negaba
a creerlo. Y ya. Uno no dejaba morir a un familiar si podía
hacer algo por evitarlo. Era algo que no se hacía. Todo el
mundo que vivía y se criaba en la Sociedad del Alma había
aprendido por necesidad que la familia era algo precioso,
un tesoro, incluso. Aún cuando no era de tu propia sangre.
Renji lo sabía bien, porque su familia se había ido escurriendo
entre sus dedos, unos detrás de los otros.
Así que, pasase lo que pasase, Kuchiki Byakuya
no iba a dejar morir a Rukia. Estaba claro.
Por eso, acompañó esa mañana de buena gana a
su capitán a la celda de la prisionera. Kuchiki Byakuya no
había visitado jamás a su hermana, y Renji pensó que aquella
era una buena señal. Porque, ¿para qué iría a verla si no
era para comunicarle alguna buena noticia? Si fuese mala,
la información llegaría mediante una mariposa monarca o habría
algún comunicado oficial. Pero, al ser Kuchiki Byakuya en
persona, debía ser buena. Nadie le pedía a otro alguien que
anunciase a su propia hermana que iba a morir. No tenía sentido.
Por eso, cuando abrió la puerta, le pareció
que Rukia no era tan pequeña como otros días, a pesar de que
esa mañana tampoco se había movido de su silla en medio de
su celda inmensa y monótona. Vio algo más de color en aquel
yukata blanco y casi pensó que los barrotes eran menos impresionantes.
Por eso, esperó lo que quiera que su capitán
tuviera que decir, sin abrir la boca para dar los buenos días
o meterse con Rukia, como tenía por costumbre. En lugar de
eso se acercó a los barrotes con gesto orgulloso y aguardó,
con una sonrisa torcida en el rostro.
Esperó confiado, hasta que Kuchiki Byakuya anunció
que, en veinticinco días, la criminal sería ejecutada. Con
aquella voz neutra que usaba para todo, aquel individuo le
dijo a su propia hermana que iba a morir, que no volverían
a verse hasta que ella estuviese en el patíbulo. Y después
se dio media vuelta y se fue sin mirar atrás, con toda la
frialdad del mundo.
Fiel a sí mismo.
Rukia demostró su valor y su entereza al no
mostrar reacción alguna. Siguió sentada de cara a la pared,
inmóvil en su silla y sin pronunciar palabra. Eso sólo hablaba
de coraje, a pesar de que su figura se hizo aún más pequeña
en aquella celda demasiado grande.
Mientras tanto, ¿qué hizo Renji?
Para su eterna vergüenza, reaccionó de la peor
forma. Lejos de aceptar que había sido extremadamente inocente
por no querer ver lo que tenía delante y seguir pensando así,
decidió que la culpa de todo lo que estaba pasando la tenían
los extranjeros y, en especial, ese tipo pelirrojo. Porque,
por ellos, por estar con ellos, por ayudarles a ellos, Rukia
había sido condenada. Así que, como buen estúpido que era,
corrió al encuentro de Kurosaki Ichigo y le enfrentó. Se encaró
con él, le presionó, le hirió, le echó las culpas de todo…
y perdió.
Perdió, porque no podía ganar. Perdió porque
estaba equivocado.
Kurosaki y él estaban en el mismo bando, pero
Kurosaki, al menos, había tenido el valor de ser fiel a su
determinación y de saber qué era lo que tenía que hacer. Kurosaki
no se había engañado, había ido directamente a por lo único
que importaba en todo aquel asunto: la vida de Rukia. Mientras
tanto, él se había estado engañando y había dirigido su ira
contra la persona equivocada.
- Ya no es mi enemigo -le había dicho a Zabimaru
dejando de lado el orgullo, justo como cuando le había pedido
a Kurosaki que salvase a Rukia.
Kurosaki Ichigo ya no era su enemigo, porque
éste siempre había sido Kuchiki Byakuya. Cuando aún pertenecía
a la undécima división lo había tenido muy claro, a pesar
de todo lo que le habían dicho sus compañeros. Lo había sabido
antes, incluso, cuando apenas le habían asignado a la quinta
división. Abarai Renji quería ser más fuerte que Kuchiki Byakuya.
Ese había sido su objetivo: derrotar al noble que se paseaba
por los cuarteles con Rukia a su lado, como si fuese un adorno,
sin llegar jamás a mirarle, a hablarle o a notar su gesto
triste porque no la conocía lo suficiente.
Su enemigo era el noble que le había robado
a la Rukia que conocía.
No había dejado marcharse a Rukia para que fuese
infeliz. Le había dejado ir para que su nivel de vida mejorase,
para que comiese todo lo que quisiese, durmiese en buenas
camas, tuviese ropa bonita y viviese como una noble. Era lo
mínimo que se merecía después de la vida que habían llevado
en uno de los peores distritos de la zona sur del Rukongai.
Era uno de los sueños que habían tenido al intentar convertirse
en shinigami, y él había sido tan estúpido como para
confiar en que los Kuchiki tratarían a Rukia bien, que su
interés era verdadero, pero se había equivocado, como se había
equivocado en muchas otras cosas. Pero iba a ponerle remedio.
Iba a pasar por encima del bastardo que se dirigía a su propia
hermana como "la criminal" y que aparecía en su celda para
hacer su existencia más miserable.
No iba a dejar que Rukia desapareciese en una
celda demasiado grande. Y por eso, se enfrentaría con toda
su alma a quien fuese.
Iba a recuperar a Rukia.
Rukia no iba a morir.
Ahora estaba seguro de que no siempre había
sido tan pequeña.
Fin.
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