|
Cosas importantes.
No hay ni una sola nube y la luna
está en cuarto menguante, pero aún así no veo ni una sola
estrella. Sé que la causa es París, el halo de luz roja que
rodea la ciudad, que ilumina el cielo y que hace imposible
distinguir cualquier cosa en el firmamento.
Lo sé, pero no estoy acostumbrado, ni espero estarlo nunca.
Nací en el centro de la isla de Hokkaido y he vivido toda
mi vida en una ciudad tan pequeña que, si lo pienso, ni siquiera
sé por qué nos referimos a ella como “ciudad” cuando en realidad
es un pueblo demasiado grande. Supongo que lo hacemos para
mantener un poco el orgullo, no lo sé. Ciudad o pueblo, da
igual. En todo caso, Furano es bonita. Está situada en medio
de un valle inmenso, al lado de un río y rodeada de montañas
por cualquier sitio. Mires donde mires, hay montañas. Menos
en el cielo, claro. En el cielo sólo hay estrellas y nubes.
Lo único que te puede impedir ver estrellas en Furano son
las nubes.
Furano es pequeña, sí, pero al menos allí el cielo es de verdad
y tiene color cielo, no ese azulado enfermizo, casi gris,
que tienen todas las ciudades por donde hemos ido pasando
durante la gira que hemos hecho antes del Mundial. Todas tienen
el mismo cielo que Tokyo, y su atmósfera es exactamente la
misma. Huele a humo, a aceite, a coches, a aglomeración de
gente, a motocicletas. A mucha prisa y a mucha contaminación.
Es esa atmósfera que te deja con la cabeza atontada al final
del día, como si todo ese dióxido de carbono se metiese por
tu nariz y se acumulase en las sienes, presionando fuerte.
No es dolor, es molestia. Y no es agradable.
Por eso al final del día siempre hago lo mismo. Busco un sitio
más o menos tranquilo donde pasar un poco de tiempo. En París
he tenido suerte porque tenemos un pequeño parque justo al
pie del hotel, con unos cuantos árboles, algunos matorrales
y un poco de césped. El ambiente es fresco, así que siempre
se me puede encontrar ahí a última hora, sentado al lado de
un árbol o practicando con ese balón que recibí hace unos
días. Se supone que la persona que me lo envió lo hizo desde
el anonimato, pero sé que fue Misugi Jun. No le he comentado
nada porque supongo que dejó los balones de esa forma por
alguna causa; fue su decisión y yo sólo puedo respetarla.
De todas formas, hoy no hago ni lo uno ni lo otro. Ni me siento,
ni practico. En realidad, aún no sé muy bien por qué, pero
lo único que estoy haciendo es andar descalzo por el césped.
No es natural, por supuesto, y se nota. Está cortado y cuidado
con demasiado esmero, y no hay un brote más largo que otro.
La distancia entre los árboles es la justa para que se haya
podido plantar un matorral, así que no hay forma humana de
pensar que este bosquecillo es natural. Hasta la hierba de
París es menos hierba, es menos verde, es menos suave y es
menos fuerte. Casi puedo apostar sin riesgo a perder que si
me tiro encima del césped no me mancharé la ropa. Si no lo
he hecho ya es porque el utillero está harto de decirme que
cuide mejor de la ropa del equipo. Pero es que él no entiende
que el suelo tiene un imán para mí, o algo por el estilo.
Me lo han dicho muchas veces. No sé cómo lo hago, pero siempre
acabo cayéndome y rompiéndome algo de la ropa (y el consiguiente
raspón en la piel, o incluso una herida más seria). La única
explicación que se me ocurre es que soy básicamente torpe.
Lo que cuenta es que siempre trato de levantarme. La gran
mayoría de las veces lo consigo, aunque no siempre lo logro.
Pero supongo que eso nos pasa a todos… y todos nos sentimos
mal cuando sucede. A veces las cosas no salen como planeas.
Quieres que tu grupo de amigos se mantenga unido, pero la
gente crece y al final no resulta posible. Desearías llegar
a la final del Campeonato Nacional, pero siempre acabas perdiendo
en semifinales por un motivo u otro. Te gustaría que algunas
cosas nunca cambiasen, pero a veces la gente toma su propio
camino y se aleja de ti. Nadie te preguntó porque tú no tienes
ningún derecho a opinar sobre según qué cosas, y lo único
que te queda es decirte una y otra vez lo muy idiota que eres
por no saberlo antes. ¿A quién no le ha pasado eso de tratar
de hacer las cosas lo mejor posible y que, aún así, no acabe
bien? Mi último ejemplo está muy cercano. Quieres valerte
por ti mismo, quieres demostrar que vales por ti mismo, quieres
ser un buen capitán, pero…
- ¿Matsuyama-kun? –pregunta una voz a mi espalda.
Sé quién es antes de darme la vuelta. La voz tranquila de
Misugi Jun es muy difícil de confundir, y yo siempre he presumido
de buen oído. Cuando me giro me encuentro a nuestro entrenador
cerca del árbol donde he dejado mis zapatillas y mis calcetines.
- Buenas noches, Matsuyama-kun –dice, una vez ha captado
mi atención.
- Hola, Misugi.
- ¿Qué haces? –me pregunta. Precisamente está mirando
la ropa tirada en el suelo.
- Pienso –es lo que contesto inmediatamente. Él levanta
una ceja.
- ¿Y estar descalzo te ayuda a pensar? –pregunta. El
brillo divertido de sus ojos desmiente la seriedad de su rostro,
y por eso sé que bromea.
- No –le digo, mirándome los pies. Encojo los dedos
de forma involuntaria-. Esto es porque necesitaba sentir la
hierba bajo los pies.
Vuelve a levantar una ceja con aire incrédulo, y yo me encojo
de hombros. ¿Cómo le explicas a alguien que se ha criado en
Tokyo lo que significa respirar aire puro y ser capaz de ver
las estrellas por la noche, cuando levantas la vista al cielo?
¿Cómo explicas el cosquilleo en la planta de los pies mientras
caminas descalzo por la hierba o el olor que deja el césped
húmedo en tu nariz? ¿Cómo explicas la necesidad de sentir
algo sólido que te sostenga?
- No puedo explicártelo –digo con sinceridad. Misugi
sonríe.
- Ya veo –contesta-. Te estaba buscando. –Debo haber
puesto una cara rara, porque continúa hablando-. Mikami-san
me ha comentado en la reunión que has hablado con él esta
tarde y que has decidido renunciar a la capitanía en favor
de Tsubasa-kun.
Me mira extrañado, aunque no entiendo muy bien por qué. Cuando
algo no funciona sólo se pueden hacer dos cosas: repararlo
o sustituirlo. En este caso el que fallaba era yo, y la solución
era sencilla. Bueno, para ser exactos lo sencillo fue llegar
a la conclusión. Aceptar el fallo me costó un poco más. El
orgullo a veces es una molestia, más que otra cosa.
- Sí –le digo, mientras asiento y deslizo un pie ligeramente
hacia delante, sintiendo los brotes en la planta del mismo.
Casi sonrío al pensar que puede que sí necesite estar descalzo
para pensar con claridad, después de todo-. ¿Te extraña, Misugi?
- Con sinceridad, un poco –dice él-. Siempre me pareció
que actuabas muy seguro en lo que hacías.
- Lo hacía. Pero que estés seguro no significa que
no puedas equivocarte –replico, y él asiente después de un
momento en que parece pensar.
- Ahora entiendo –comenta, mirándome-. Entonces, ¿lo
has hecho porque crees que te equivocaste, Matsuyama-kun?
- ¿No es obvio que lo hice? Metí la pata hasta el fondo,
Misugi –confieso-. Cuando uno mete la pata lo único que puede
hacer es aceptarlo y tratar de repararlo.
- Así suena completamente lógico, desde luego –responde-.
Pero lo lógico no siempre es fácil.
- Dímelo a mí –le digo, dando un paso al frente para
pisar hierba más fresca.
En este caso, desde luego, no ha sido nada sencillo. Primero,
por el orgullo, claro. A veces desearía no ser orgulloso,
porque las heridas en el orgullo no producen dolor, sino vergüenza,
y la vergüenza no es agradable. Segundo, por todo lo que significa
haberme equivocado. Pensé que podíamos… que podía valerme
por mí mismo, creí que podíamos demostrar que no necesitábamos
a Tsubasa para ganar. Imaginé que podía ser un buen capitán
y llevar a mi equipo a la victoria. Lo creí de verdad. Descubrir
que te has equivocado en eso te deja muy mal sabor de boca
y una sensación bastante miserable. Pero sería aún peor si
no fuese capaz de reconocer que tuve un fallo; eso sí que
sería injusto por mi parte. Y yo puedo ser orgulloso, pero
no injusto.
- Eso sólo le otorga mucho más valor a tu decisión,
Matsuyama-kun –dice Misugi, que sonríe. Yo me encojo de hombros-.
Ahora que lo he entendido, creo que no sólo has sido sensato,
sino además muy noble –añade.
Por su mirada sé que es sincero, y yo me alegro realmente
de que esté tan oscuro aquí fuera, porque creo que he enrojecido.
No me gusta que me digan esas cosas. Bueno, miento. Sí me
gusta, como a todo el mundo, pero me siento incómodo porque
no sé cómo responder. O peor, respondo de la forma menos adecuada.
- ¿Noble? –repito-. No creo, Misugi. No te voy a mentir.
Si me opuse a que Tsubasa entrara en el equipo en principio
fue por egoísmo. Dos de mis mejores amigos se han quedado
en Japón porque no pasaron el corte de selección. Sin embargo,
Tsubasa tenía un sitio ya reservado a pesar de estar lesionado
y a pesar de que no había entrenado con el grupo. Tsubasa
es mi amigo también, pero no me sentó bien. No es bonito admitirlo,
pero no era justo.
- Yo también tenía un lugar reservado, y no pusiste
pegas a mi incorporación.
- Tú no eres jugador, Misugi –contesto simplemente.
- Ya veo –dice él-. Entonces, ¿qué ocurriría si yo
jugase? ¿Te opondrías?
- Después de equivocarme con Tsubasa creo que soy el
menos indicado para poner pegas nadie, ¿no te parece? –digo
tras un resoplido-. Además, buen homenaje les hice a Oda,
Katou y los demás cuando me opuse a que Tsubasa entrara en
el equipo. Si hubiera cedido al principio los italianos no
se habrían negado a jugar con nosotros. Nos habríamos ahorrado
una humillación –acabo diciendo, apoyándome contra un árbol.
Misugi se acerca pensativo.
- Siempre he creído que equivocarse y tener el valor
de rectificar es muy difícil. Por eso, en mi opinión, ese
es un valor digno de elogio. Incluso si lo que te impulsó
a tomar la primera decisión errónea fue el egoísmo, como dices.
O el orgullo –apunta.
Veo que me ha comprendido bien, pero no sé si me gusta. Creo
que no. Dice que lo que he hecho está bien hecho, pero sabe
que lo que me movió al final fue el orgullo. Y, diga lo que
diga, ese no es un buen valor. Puede ayudarte a levantarte
cuando las cosas están mal, pero si te mueve a hacer cosas
sin sentido, ¿merece la pena? Si Misugi ha comprendido todo
eso, ¿cómo me ve? ¿Qué es lo que ve delante suyo cuando me
mira? Quizás no debería importarme, pero Misugi Jun es una
persona a la que admiro y su opinión siempre me ha parecido
interesante. Es honesto e inteligente y es uno de los jugadores
con más talento que conozco. Por si eso fuera poco, compartimos
muchos puntos de vista sobre las cosas. Así que lo que opine
de mí sí me importa, definitivamente.
- Un error es un error, sea cual sea la causa –continúa-.
Lo que importa es la capacidad de cada uno para aceptar que
no ha hecho lo correcto. Sigo pensando que la decisión que
tomaste te honra y habla bien de tu persona. Matsuyama-kun.
Pero eso es algo que ya pensaba antes.
Apenas veo la sonrisa que esboza porque tengo la vista fija
en los dedos de mis pies, intentando que el flequillo me tape
la cara. Debo estar rojo como un tomate, pero, ¿cómo no estarlo?
¿Cómo se supone que debo contestar a todo eso? Un “gracias”
me parece muy insuficiente. Por fortuna no me da tiempo a
buscar una respuesta.
- Y, en cuanto a lo de Italia, no veo por qué deberías
culparte. Creo sinceramente que en ese caso los italianos
también pecaron de orgullosos –añade con tono divertido.
- Tsubasa lo dejó bien claro, desde luego –coincido
yo sin poder evitar una sonrisa-. Y, de todas formas, siempre
podemos vengarnos mañana –digo al final, recordando que el
primer partido del mundial será precisamente contra Italia.
- Creo que mañana habrá más de una sorpresa –opina
Misugi, que también sonríe.
- Y yo creo que prefiero mirar todo esto por el lado
bueno –acabo diciendo yo. Misugi me mira sin entender del
todo-. El equipo funcionará mucho mejor ahora que Tsubasa
está en cabeza. El ejemplo es el partido contra el Bremen.
- Tú eras el capitán en el partido contra el Bremen
–apunta Misugi.
- Yo llevaba el brazalete. Pero ambos sabemos que quien
dirigía era Tsubasa -corrijo.
- No deberías quitarte mérito, Matsuyama-kun –me interrumpe
él.
- No me quito mérito. Tsubasa es mejor jugador que
yo, simple y llanamente.
- Pero, aún así, tu trabajo ha sido excelente. La situación
en la que estaba el equipo cuando accediste al cargo no era
la más idónea, pero supiste mantener al grupo unido. Y reconoce
que hubo momentos en que no te resultó fácil.
¿Con todas las peleas internas que hemos tenido en la última
semana? ¿Con Wakabayashi señalando una y otra vez todos los
fallos del equipo? ¿Con todo el mundo de los nervios? No,
desde luego. Reconocer que no ha sido sencillo no me supone
ningún problema. Fue un infierno y me hizo añorar mi Furano
más que nunca.
- No envidio a Tsubasa –digo y, quizás por primera
vez desde que le conozco, Misugi Jun se echa a reír. Su risa
es clara y fuerte, es agradable-. ¿Qué? –pregunto, aunque
estoy sonriendo.
- Que siento comunicarte que el haber dejado el brazalete
en manos de otro no te exime de responsabilidades –me dice
mi compañero. Y entonces soy yo el que le mira sin comprender-.
Puede que no seas el capitán del equipo, pero la idea que
tienen los entrenadores es que comandes la defensa.
- ¿La defensa?
Y sólo entonces recuerdo que el regreso de Tsubasa me ha relegado
a una posición más atrasada. A veces me cuesta hacerme a la
idea de tener una demarcación fija. Sé que siempre se me ha
definido como centrocampista, pero mis amigos de Furano bromeaban
diciendo que para mí había que crear una nueva posición: la
de todocampista. En cierto sentido tenían razón. En Furano
siempre he jugado un poco en todas partes; acostumbrarme a
estar siempre en un mismo sitio me va a resultar un poco difícil.
Y si tengo que liderar la defensa, eso supondrá que no podré
incorporarme al ataque, y es algo que me gusta, que creo que
hago bien.
- ¿De quién fue la idea? –pregunto con incertidumbre.
- Mía –revela Misugi. Y yo levanto la cabeza, le miro
y abro los ojos como platos-. Fue mía. Creo que eres la mejor
opción y Mikami-san estuvo de acuerdo conmigo.
- ¿La mejor opción? ¿Yo? –pregunto otra vez-. ¿Por
qué? Debe haber alguien que tenga más experiencia que yo como
defensa propiamente dicho. Ishizaki lleva mucho tiempo jugando
de defensa…
- Ishizaki-kun es un buen defensa, muy trabajador –admite
Misugi, como si estuviera sopesando la posibilidad-. Pero
tú tienes algo que él no tiene: madera de líder. Tú eres capaz
de dirigir y mandar; eres capaz de ver el fútbol en globalidad
y no como un deporte de posiciones fijas. Puedes colocar a
la gente y mostrarle el camino; lo has hecho en tu equipo
durante años.
- Estás comparando la selección con el Furano, Misugi
–me apresuro a decir-, y he aprendido muy a mi pesar que son
dos cosas muy distintas.
- Matsuyama-kun. Créeme si te digo que esta decisión
no es fruto del azar. Está pensada y sopesada en todos sus
aspectos –me dice, mirándome muy serio-. Creo firmemente que
eres la mejor opción. No sólo por la experiencia que ya tienes
como capitán, sino también por el resto de tus cualidades.
No sólo serás el jefe de la defensa sino también el punto
donde se inicie el ataque. Ninguno de los defensas titulares
puede sacar el balón controlado con tanta seguridad como tú,
ninguno tiene tu regate ni es capaz de iniciar una jugada
alternando el toque corto con el largo, porque esas son armas
de centrocampista. Puede que Tsubasa-kun dirija el juego del
equipo, pero serás tú el que le consiga los balones, ¿me he
explicado?
- Quieres que juegue de volante –resumo yo.
En la descripción de las posiciones clásicas del fútbol, ésa
es la que más se acerca a lo que Misugi acaba de definir.
Un volante no es ni defensa ni centrocampista, sino ambas
cosas a la vez. Juega por delante de la zaga y por detrás
de la línea media, en tierra de nadie. No está definiendo
un puesto sencillo de manejar.
- Sí… y no –contesta con una sonrisa-. Te quiero como
un volante muy móvil, te quiero de lado a lado. No creo que
te suponga dificultad alguna porque, como ya te he dicho,
lo hacías en Furano, sólo que por todo el campo. Tu rango
aquí se parte por la mitad –apunta. Y, según lo cuenta, parece
fácil, pero no lo es-. Tienes sólo medio campo para moverte…
salvo las ocasiones en que te incorpores al ataque. No me
cabe duda que serás capaz de encontrar las más adecuadas.
Tendré que trabajar duro, pero no me importa. De hecho, es
lo que he hecho siempre. Esta posición que describe supone
una gran responsabilidad; tendré que ocuparme del juego oculto.
Es el típico sitio donde uno trabaja sin que nadie lo note,
pero me tiene sin cuidado que el puesto no sea agradecido.
Es muy interesante. Y si es lo que el equipo necesita de mí,
no tendrán que decírmelo dos veces. Si tengo que ser defensa,
seré defensa. Si tengo que ser volante, seré volante. Si tengo
que ser pivote, seré pivote. Y si tengo que jugar por todo
el campo, lo haré. Y dirigiré la defensa. Creo que puedo…
y que Misugi crea que puedo redobla mi confianza. No es ningún
estúpido. No hablaría por hablar, no se arriesgaría.
- Espero estar a la altura –le digo al final, dando
a entender que acepto el reto.
- Lo estarás –dice él, y parece muy seguro-. Yo te
ayudaré en lo que pueda cuando entre al campo.
Y, otra vez, me quedo mirándole. ¿Cuando entre al campo? No
va a jugar, ¿verdad? Su corazón no se lo permite, no está
en condiciones. Se desmayó en el último partido que jugó,
contra el Toho, y tuvieron que sacarle del campo en camilla.
No puede arriesgarse de esa forma. No he podido escuchar bien.
- ¿Cómo has dicho? –le pregunto para asegurarme.
- No debería contártelo porque se supone que se revelará
mañana en vestuarios, pero estaré en disposición de jugar
durante el Mundial –afirma tranquilamente.
- ¡No puedes hacer eso! –exclamo, antes de poder pensarlo
siquiera.
- Pensé que habías dicho que no pondrías pegas.
- ¿Pero tú te has vuelto loco? ¿Cómo quieres que no
ponga pegas? –le digo, aún en voz alta-. ¿Qué hay de tu… -comienzo
a preguntar, pero no soy capaz de terminar la frase-. Misugi,
no es recomendable para ti que…
- Mi corazón está perfectamente, Matsuyama-kun –me
dice, mirándome otra vez serio. Creo que le he ofendido, porque
su tono es cortante-. Estoy en disposición de jugar.
- No creo que lo hayas pensado detenidamente… -vuelvo
al ataque. Me da igual si se molesta o no, no puede arriesgarse
de esa manera.
- Lo he pensado lenta y concienzudamente –me contradice
él-. Lo he meditado con pausa. Creo que puedo aportar muchas
cosas a este equipo y no sólo como entrenador.
Me ha atacado por donde más me duele, y lo sabe. Habla de
ayudar al equipo, y esa es mi obsesión, la forma en que juego.
Y no me cabe ninguna duda de que es bien capaz de eso. Es
el jugador más talentoso que tiene Japón. Sinceramente creo
que sería aún mejor que Tsubasa si su corazón le permitiese
jugar más de quince minutos a pleno rendimiento. Si ambos
están en el campo podemos llegar a ser imparables.
Pero eso significaría pasar por encima de la salud de Misugi.
Sé que a él no le importa, pero… pero a mí sí. Del mismo modo
que me interesaba saber qué opinaba de mi persona, esto me
importa. No puedo evitarlo. Hablamos de su salud, de su vida.
Esto me parece un error. Es un error. No es correcto.
- No jugaré partidos enteros, Matsuyama-kun –dice al
final, viendo que yo no digo nada-. Sólo unos minutos. Pero
jugaré.
No sé si intenta justificarse a sí mismo o trata de explicarme
algo para hacerme entrar en razón. Y yo, aunque pienso que
es un error, no puedo dejar de notar el brillo en sus ojos
y su sonrisa. Lo que veo es ilusión. Ésa es la única razón
que necesito para que mi opinión comience a tambalearse. Yo
siempre he hecho lo que he considerado oportuno o correcto;
no puedo imaginarme viviendo una vida de restricciones, donde
no pudiera hacer algo que me apasiona. Debe ser duro.
- Sigo pensando que no está bien –consigo decir al
final. La voz me suena débil hasta a mí, y Misugi sonríe porque
creo que lo ha notado.
- No creo que tenga ningún problema si me dosifico
bien –contesta él con seguridad.
- Ya puedes hacerlo a conciencia –le digo. Suena a
amenaza, pero no sé por qué.
- ¿Debo pensar por todo esto que estás preocupado por
mí, Matsuyama-kun? –pregunta otra vez con tono divertido.
Sé que se burla. Sé que no lo dice en serio, que sólo está
bromeando. Pero me hace pensar que sí estoy preocupado y,
a decir verdad, bastante. Pero es lógico, ¿no es así? Es mi
compañero de equipo, es mi amigo. Es una persona a la que
admiro y con la que tengo confianza. No desearía que le pasase
nada malo. Es lógico preocuparse por los amigos. Siempre lo
he hecho.
Es lo lógico.
- ¿Matsuyama-kun? –pregunta otra vez, porque me he
quedado pensando. Siento su mirada encima y noto que las orejas
me arden.
- Bueno, eres mi compañero de equipo –acabo por reaccionar-.
Lo normal es que me preocupe.
- Gracias –contesta simplemente y, otra vez, sonríe.
Misugi sonríe con frecuencia, pero a veces no con alegría.
Esta vez sí lo hace-. Aunque no sé si será lo normal, viniendo
de una persona que piensa descalzo mientras pisa el césped
–comenta al final, enarcando la ceja justo como lo hizo al
principio de la conversación. Y los dos nos echamos a reír.
- Ya te dije que no te lo podía explicar -protesto.
- No te pido que lo hagas, sólo deseaba señalar que
no es algo habitual –dice-. Tendrás que reconocerlo.
- Lo reconozco –acabo por decir.
- Gracias de todas formas, Matsuyama-kun –repite.
- De nada, Misugi.
- Deberíamos volver al interior –dice, manoseando el
reloj de pulsera hasta que éste se enciende y le permite ver
la hora-. Es tarde y mañana tenemos un partido importante.
Asiento, porque tiene razón, y le sigo fuera del parque. Y
después tengo que volver sobre mis pasos porque me he dejado
tanto el balón como mis zapatillas y calcetines. Con eso gano
una nueva broma y otro par de sonrisas, y entonces me doy
cuenta, no sin sorpresa, que su sonrisa me resulta tan agradable
a la vista como el sonido de su risa a los oídos. Pero es
normal. Lo lógico es querer que tus amigos sean felices y
se rían, y querer escuchar ese sonido.
Es lo lógico.
Fin.
|