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De fantasmas y sueños
"Si alguien te ofreciese un sueño... sólo un sueño, ¿cuál sería?"
Tackey & Tsubasa, Sotsugyou
Cada persona tiene sus propios fantasmas. Cada
persona se enfrenta a ellos de distinta forma. Hay quien se
esconde. Hay quien huye. Hay quien mira hacia otro lado y
finge no ver nada. Y hay quien decide enfrentarse pase lo
que pase.
Misugi Jun siempre perteneció a ese último grupo.
Su vida siempre transcurrió bajo la terrible amenaza de una
afección cardiaca crónica: su corazón podía dejar de latir
en cualquier momento. Quizás con un pequeño aviso, quizás
con dolor, o quizás sin él, aquel órgano podía dejar de funcionar
entre un parpadeo y el siguiente. Así, los primeros años de
su vida se desarrollaron entre médicos, hospitales y la excesiva,
aunque lógica, protección de sus padres. Era posible que,
de haber sido otra clase de persona, este tipo de vida hubiese
hecho de Misugi Jun una persona esclava de su enfermedad.
Pero su carácter era distinto y no sucedió así. Sí, Misugi
Jun tenía un fantasma... pero también tenía un sueño.
Misugi Jun quería jugar al fútbol.
No había nada como estar en un campo de fútbol,
correr tras un balón y manejarlo a su antojo. No había nada
como observar el juego del contrario y luchar por contrarrestarlo.
No había nada como recibir el pase de un compañero que confiaba
en ti. No había nada como marcar el gol que significaba que
tu equipo continuaba avanzando en un campeonato, en la lucha
por la victoria final, en la pelea por la gloria.
No había nada igual.
Por eso, a pesar de que se le advirtió que sólo
podría jugar quince minutos en cada partido si no quería sobrecargar
su corazón, a pesar de las protestas de su madre, de las charlas
con su padre, de las prohibiciones y de los avisos, del dolor,
de la falta de respiración ocasional y del evidente riesgo
para su vida, Misugi Jun seguía queriendo jugar al fútbol,
porque cada minuto de esos quince sabía a gloria. Misugi soñaba
con ellos, los esperaba con ansiedad sentado en el banquillo.
Jugando al fútbol se sentía vivo, se sentía dueño de sí mismo,
de su propio cuerpo, de sus movimientos, de sus pensamientos.
Jugando al fútbol vivía en un mundo donde su corazón latía
siempre, donde no iba a fallarle, donde era exactamente igual
a los demás.
Pero eso sólo pasaba durante quince minutos
de noventa. O peor, quince minutos de un día, de dos, de una
semana, de un mes o, quizás, de un año. Quince minutos eran
pocos. Eran insuficientes. Sólo se sentía vivo durante ese
tiempo, ¿no tenía derecho a querer más? ¿No podía soñar con
más? ¿No podía soñar con ser un muchacho normal y no tener
que preocuparse por desplomarse cada vez que hacía un esfuerzo?
Podía.
Y lo hizo.
Jugó noventa minutos por primera vez contra
el Nankatsu F.C., capitaneado por Ozora Tsubasa. Jugó como
había vivido durante sus entonces doce años: al límite. Corrió,
regateó, tiró, pasó y dirigió como nunca lo había hecho. Sufrió
como nunca lo había hecho. Aguantó como nunca lo había hecho…
hasta que su corazón no dio más de sí. Hasta que dijo que
no podía más. Hasta que sus fuerzas se agotaron. Pero, aún
así, Misugi Jun no dejó de luchar. Aquel día fue el comienzo
de su batalla real, de la verdadera. Hasta ese momento había
estado viviendo a medias. Aquel día entendió que su verdadero
sueño era jugar así, con todas su fuerzas, siempre.
A partir de ese momento su vida fue una lucha
constante. La batalla para sobreponerse de su enfermedad fue
muy larga y muy dura. Después de varios intentos por volver
a jugar tuvo que dejar el deporte del todo y concentrarse
plenamente en su recuperación, si quería vencer al final.
Y, finalmente, con veinte años recién cumplidos… se vio preparado.
La selección para el equipo nacional sub-21
de Japón fue sólo el primer paso, recompensado con el cálido
reencuentro que le brindaron sus compañeros. El segundo escalón
vino cuando tuvo que soportar el duro entrenamiento de Gamou
Minato, después de que siete miembros del equipo fuesen expulsados
del grupo siguiendo un criterio con el que Misugi no estaba
del todo de acuerdo. Pero aguantó, y estuvo listo para el
tercer paso: jugar los noventa minutos de un partido.
En ese encuentro comprobó que, efectivamente,
cada persona tiene sus propios fantasmas. Sus compañeros eran
un claro ejemplo de eso. Doloridos, cansados y magullados,
jugaron el partido con sus efectivos diezmados por una decisión
del entrenador que, hasta aquella fecha, sólo les había perjudicado.
Pero lucharon, y vencieron a los fantasmas colectivos... y
a los personales. El fantasma de Ozora Tsubasa era perder
el partido, pero luchó y no perdieron. El de Morizaki Yuzo
era no estar a la altura, pero luchó, y lo estuvo. El de Matsuyama
Hikaru se hizo incluso físico al meter un gol en su propia
portería, fallando al equipo y a sí mismo, pero no se rindió
y marcó para contrarrestarlo. Todos y cada uno de los once
jugadores japoneses lucharon contra fantasmas. Incluido Misugi
Jun.
Porque, para Misugi Jun, el fantasma era el
dolor, la falta de respiración y el cansancio extremo que
no le permitiese moverse. Su miedo era que eso regresase en
cualquier momento e hiciese inútiles años y años de lucha.
Pero aguantó, y peleó. Jugó con todas sus fuerzas, corrió
al máximo, lo dio todo. Y venció.
Venció. Había vencido a años de enfermedad,
a la desesperanza y a la angustia. Había ganado. Estaba de
pie, en medio del área que había defendido aquella tarde con
éxito… y se sentía más vivo que nunca. Ya no le molestaban
las heridas que llevaba encima debido al entrenamiento, ni
las rozaduras, ni las torceduras. No necesitaba los vendajes.
Ni siquiera se sentía cansado. El público en la grada seguía
celebrando la victoria, que había sido muy sufrida, y sus
compañeros también.
Él inspiró profundamente y sonrió.
- ¡MISUGI!
El grito resonó fuerte y claro, muy posiblemente
en todo el estadio. No era extraño, ya que era Matsuyama Hikaru
quien había gritado y estaba más que acostumbrado a dejarse
la garganta en cada partido que jugaba, gritando órdenes,
instrucciones y, sobre todo, ánimos. El equipo también se
había acostumbrado, al grado de que un partido ya no era lo
mismo si Matsuyama no les gritaba. Sin embargo, en el tono
del norteño había algo distinto. No era determinación, ni
concentración, ni esfuerzo. Había algo diferente.
Había alegría.
- ¡Buen trabajo! -gritó, corriendo en su dirección
con una enorme sonrisa en el rostro. Y, cuando Misugi Jun
se encontró con que lo levantaban del suelo en volandas, comprendió
que su compañero no se refería en absoluto al trabajo que
había hecho en el partido-. ¡Lo has conseguido!
Misugi se encontró, quizás por primera vez en
su vida, sin palabras adecuadas para responder. Matsuyama
Hikaru le felicitaba por la misma victoria que estaba celebrando
él. Matsuyama se había dado cuenta de que era el primer partido
completo que jugaba de verdad, lo había recordado. Y, siendo
la persona que era, lo había celebrado de aquella manera,
exteriorizando su alegría con tanta sinceridad como lo expresaba
todo.
- Matsuyama-kun… -murmuró Misugi a duras penas.
El abrazo de Matsuyama casi le estaba dejando sin respiración,
aunque no le importó.
- ¡Lo has hecho, Misugi! -dijo él. Su voz sonaba
apagada por tener la cara pegada al pecho de Misugi debido
al impulso, pero aún así su alegría era evidente-. ¡Lo has
logrado! ¡Felicidades!
Y, ante el entusiasmo, Misugi sólo pudo echarse
a reír, revolver aquella mata de cabello negro, dar las gracias
de corazón y pedirle que le dejase en el suelo. Matsuyama
no tardó en obedecer, pero le agarró la cara con ambas manos
y sonrió.
- Has vencido, Misugi -le dijo, con tono cálido.
Era increíble que aquella misma voz que podía oírse en un
campo entero pudiese también adoptar ese tono-. Lo has hecho.
Misugi asintió y rió con Matsuyama cuando este
le abrazó de nuevo con fuerza y llamó a gritos al resto de
sus compañeros, diciéndoles que Misugi había regresado para
quedarse. El interesado sólo pudo aceptar las felicitaciones,
las palmadas en la espalda y las palabras de ánimo con una
sonrisa en los labios que se ensanchó cuando tuvo que responder
a la última que le dirigió Matsuyama Hikaru antes de separarse
de él, revolverle el pelo con gesto cariñoso y decirle que
era hora de volver a vestuarios.
Misugi Jun no tenía palabras para todo aquello.
No debería sorprenderle, porque Matsuyama era así. Era la
persona que se había ocupado de mantener a flote al equipo
después de que Gamou lo desmembrara, a base de animar a todo
el mundo con las palabras que necesitaban oír y de aguantar
de pie contra viento y marea durante el periodo que siguió
hasta que Tsubasa se había hecho cargo de la capitanía. Y
sería el muchacho que seguiría manteniendo a flote el equipo
cuando Ozora se marchase de nuevo a Brasil, hasta que los
siete expulsados regresasen, porque no cabía duda de que regresarían,
y las cosas volviesen a su cauce. Así era Matsuyama Hikaru.
La persona que confiaba en ti y te hacía confiar, la persona
que te acompañaba en tu derrota y celebraba tus victorias.
La persona que se daba cuenta, sin que nadie se lo recordase,
de que una victoria por goles podía significar mucho más que
eso. Que una victoria por goles podía significar el triunfo
sobre un fantasma de toda la vida.
Misugi Jun jamás tendría palabras suficientes
para agradecer todo eso. ¿Quién habría dicho que dos abrazos
y unas sonrisas podían ser las mejores recompensas después
de una vida de lucha? ¿Quién habría dicho que aquello habría
de poner fin a un fantasma y ser el inicio de un sueño?
Fin.
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