|
Treinta y dos horas
Cuando uno trabajaba con Alastor Moody tenía que personarse
dos horas antes en el sitio en cuestión, solo porque
nadie esperaba que alguien se presentase dos horas antes y,
de haber enemigos, estarían desprevenidos. Con Moody
uno no podía moverse en moto voladora porque, en primer
lugar, llamaba mucho la atención y, en segundo, todo
el mundo sabía quién venía encima
de la moto. Con Moody uno tampoco podía viajar en escoba,
porque corría el riesgo de ser visto al aterrizar (sólo
se lo permitía a James, y eso porque éste tenía
una capa invisible). Y lo de aparecerse se hacía con
cuidado y únicamente al inicio de la misión,
para reunirse con el grupo. Después de eso, el resto
de la jornada se trabajaba al viejo método: usando
las piernas. ¿Que había persecuciones, que tenías
que recorrerte medio Londres o Manchester entero? No importaba.
Las piernas estaban para algo.
A veces, odiaba a Alastor Moody por ser tan paranoico. No
pensaba reconocer que había dicho muchas veces que
Moody era uno de los mejores aurores de la historia del cuerpo.
Podía ser todo lo buen auror que quisiese. Sirius Black,
simplemente, a veces odiaba a Alastor Moody por ser tan paranoico.
Eran las doce de la mañana y llevaba treinta y dos
horas sin dormir. Su apartamento, una buhardilla escondida
en medio del Londres muggle, jamás le pareció
tan acogedor. Tiró la cazadora de viejo cuero negro
en el primer sitio que encontró, que resultó
ser el suelo, y se quitó las botas a base de zapatazos.
Sus pies le llevaron solos hasta la cama, donde se dejó
caer. O más bien hundir.
Treinta y dos horas para una misión que podía
haber sido de dos. El soplo de Mundungus Fletcher no había
sido todo lo preciso que él mismo habría querido.
No era lo habitual; Dung se enteraba de muchas cosas y todas
tenían fundamento, pero esta vez, simplemente, la historia
no estaba donde él había dicho que estaba. No
se había encontrado lejos, claro, pero cuando uno trabajaba
con Alastor Moody, no se dejaba nada al azar. Si había
doscientos almacenes cerca del Támesis, se tenían
que revisar todos. Y así se hizo.
Al final, después de veintiocho horas de precauciones,
inspecciones, preguntas, contactos, una persecución
y un par de entretenidos duelos a muerte, la misión
había acabado con tres mortifagos más pendientes
de juicio y un par de aurores heridos. Las otras cuatro horas
las había pasado en el cuartel general de los Aurores,
escribiendo informes. Alastor Moody decía que si quería
ser un auror algún día, un buen auror, debía
saber tanto patrullar como escribir. Dejar constancia de lo
que se hace y cómo se hace era muy importante. Dejar
constancia con pelos y señales. Y era literal.
Sirius Black no era un auror, pero quería serlo. Desde
siempre. O, si no desde siempre, sí desde hacía
mucho. James Potter y él soñaban con ser aurores.
De haber nacido en otra época ya habría terminado
su carrera y formaría parte del cuerpo, pero le había
tocado vivir un periodo difícil donde no había
tiempo para la preparación a conciencia. Se necesitaban
soldados de forma urgente que aprendiesen sobre la marcha.
Él siempre había sido bueno en eso.
Tan bueno en eso como malo en otras cosas, como estar treinta
y dos horas sin dormir. En su época de estudiante había
trasnochado más veces de las que cualquiera podía
recordar, y todas ellas, sin excepción, habían
sido movidas. Pero sólo habían sido noches,
él había sido muy joven, había estado
entretenido, en la mejor compañía que uno podía
desear... y no inspeccionando almacenes durante más
de un día para luego pelearse media hora.
¿Sirius Black se estaba haciendo viejo?
- Ni hablar.
Pero, tan pronto aquellas palabras salieron de su boca, notó
que la oscuridad se cerraba sobre él. Bien pudiera
ser que había cerrado los ojos, pero tampoco le importaba
mucho. Notaba una agradable pesadez, una oscuridad cálida,
acogedora, que le llamaba por su nombre, tentadora.
Sirius.
Sirius.
Padfoot.
- ¡Sirius Black!
Se sentó de golpe en la cama. Esa no había
sido la voz de la oscuridad, ¡esa había sido
la voz de James! Medio a tientas, casi completamente dormido,
se giró hacia su mesilla de noche y abrió el
primer cajón. Manoseó todo con torpeza hasta
cerrar la mano alrededor del objeto que le interesaba, un
pequeño espejo.
- Potter llamando a Black, conteste... ¡Eh, Sirius!
- ¡¿Qué es lo que pasa?! -preguntó
Sirius inmediatamente, intentando enfocar la vista para
poder ver a su amigo que, en ese momento, no era más
que una mancha borrosa delante de sus ojos.
- ¡No te lo vas a creer! -exclamó James, al
otro lado del espejo. Por alguna razón, su voz sonaba
excitada y no preocupada, y eso logró tranquilizar
a Sirius.
- ¿Qué pasa, Prongs? -preguntó
otra vez.
Ya podía ver los rasgos de su mejor amigo. El pelo
revuelto, imposible de domar, la cara delgada, las gafas,
los ojos cálidos. Y la enorme sonrisa en el rostro.
Algo inmenso había pasado. Algo increíble.
- ¡No te lo vas a creer!
- ¡No si no me lo dices!
- ¡Harry ha dicho "papá"! ¡Me
ha mirado y me ha dicho "papá", Padfoot!
Sirius Black pensó que, quien había estado
sin dormir treinta y dos horas, bien podía estar cuarenta
y ocho.
O las que hicieran falta.
Fin.
|