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Riesgos
Los días brillantes de mi juventud
estaban repletos de esperanza.
Enya, "Na Laetha Geal M'óige"
James solía dejar volar la snitch por la habitación,
Peter odiaba ver cajones abiertos y Sirius dejaba todas sus
notas encima de la cama. Remus, por su parte, no soportaba
que le cambiasen el despertador de sitio, lo tenía
colocado a la distancia justa como para poder apagarlo al
primer toque tan sólo alargando la mano (más
que nada porque el segundo toque del despertador no era sonoro,
sino un tirón de orejas indudablemente físico).
La primera vez que habían intentado despertar a James
por la mañana casi habían acabado echándole
un cubo de agua encima; el muchacho de las gafas tenía
un sueño pesadísimo, igual que Remus a veces
lo tenía tan ligero que se despertaba con cualquier
ruido o tan pesado que el despertador tenía que tirarle
dos veces de las orejas para que abriese los ojos; todo dependía
del ciclo de la luna. El que sí se despertaba con poco
era Peter, como las primeras noches con las charlas de Sirius.
Porque Sirius no hablaba en sueños; si le seguías
la corriente, Sirius Black era capaz de charlar en
sueños. Una noche, incluso, lo habían oído
recitar casi palabra por palabra parte de la clase que había
dado la profesora McGonagall aquella mañana. Por supuesto,
él lo negaba. Igual que James decía que no era
un dormilón, Peter aseguraba que no se despertaba con
el ruido de la lluvia en la ventana y Remus juraba que la
profundidad de su sueño no variaba en absoluto.
Todas aquellas eran manías, pequeñas características,
ligeros detalles de la personalidad de cada uno. Y, cuando
una persona comparte habitación durante cinco años
con el mismo grupo de gente, debe aprender a vivir con las
peculiaridades de cada cual, igual que el resto debe adaptarse
a las condiciones propias, sobre todo si se planea seguir
compartiendo habitación durante dos años más.
Era una de las normas básicas de convivencia que se
debía cumplir para no acabar queriendo tirar al compañero
por la ventana de la habitación a las primeras de cambio.
Con distintos grados de tolerancia, los cuatro habían
acabado acostumbrándose más o menos bien a ese
tipo de cosas. La snitch se había convertido tanto
en parte de la decoración como en un entretenimiento
más en aquella habitación donde nunca había
un cajón abierto, nadie trataba de organizar el desorden
ordenado de encima de una de las camas y donde el único
despertador del cuarto permanecía inamovible encima
de la mesita de noche de su dueño. James seguía
teniendo el sueño pesado, Peter continuaba despertándose
pronto, Sirius hablando y Remus alternando noches de sueño
profundo con otras de sueño ligero.
Por eso, cuando Sirius gritó "¡Lo tengo!"
aquella noche, Remus sólo se dio media vuelta en la
cama sin llegar a despertarse del todo. Tenía la firme
intención de seguir durmiendo tranquilamente hasta
la mañana, la luna llena se acercaba y necesitaba descansar
todo lo posible, pero entonces sí escuchó algo
fuera de lo común que le hizo sentarse en la cama.
Y, como a él, a sus otros compañeros.
Tela deslizándose, tela estirándose, el golpe
de un cuerpo contra el suelo y un resoplido que sonó
sospechosamente como la voz de Sirius. Hubo otro tirón,
algo metálico que acabó por desengancharse con
un tintineo, seguido del crujido de la madera, otro quejido
y, finalmente, el ruido sordo de la misma madera contra el
suelo, acabando todo con un chillido de dolor.
- ¡¿Qué pasa?! -se escuchó
la voz de James. El golpe había sido tan fuerte que
hasta él se había despertado.
Los ojos de Remus intentaban ajustarse a la penumbra de la
habitación y, mientras tanto, tenía que fiarse
de su oído. Escuchó como su amigo manoseaba
en la mesilla de noche, buscando a tientas sus gafas, pero
también oyó como tocaba en su lugar algo metálico.
Al escuchar el zumbido de las alas al desplegarse, entendió
que había sido la snitch. Oyó la sorpresa en
la voz de James y, acto seguido, el dolor después de
escuchar un golpe contra el suelo. Remus alargó la
mano inmediatamente a su mesilla de noche para hacerse con
su varita, mientras en el rincón de Peter sonaba algo
parecido a un "Lumoooops" antes de oírse
otro golpe contra el suelo.
- ¡Lumos! -gritó Lupin en cuanto
sus dedos se cerraron en torno a la varita de madera. Sin
duda no fue la más perfecta de las invocaciones, pero
había servido igualmente. La habitación se bañó
de una luz pálida y por fin el joven pudo ver lo que
había sucedido a su alrededor.
La escena que se desplegaba ante sus ojos era... Bueno, en
realidad se vio incapaz de encontrar un calificativo más
apropiado que la palabra "ridícula". Cuando
se hizo la luz se encontró con sus tres amigos en el
suelo. Peter había pisado algo (que recordaba bastante
a un pastelillo de fresa) al bajarse de la cama, se había
escurrido y había dado con sus huesos en el suelo antes
de poder terminar su encantamiento. James, sorprendido por
la acción de la snitch, había perdido el equilibrio
y había caido de boca desde la cama, enredándose
con las sábanas. Pero la situación de Sirius
era la más anormal. A saber cómo se las había
arreglado no sólo para caerse de la cama, sino para
desencajar los postes en el proceso y estos, junto con las
cortinas, habían caído sobre él formando
una especie de red contra la que luchaba en esos momentos.
Remus Lupin se vanagloriaba de su autocontrol. Debido a su
naturaleza, no le quedaba otro remedio que mantener a raya
sus emociones y controlar lo que decía, hacía
e incluso pensaba. Era bueno en eso. O solía serlo.
Porque ante la visión de la estrella del equipo de
Quidditch de Gryfindor boca abajo, Peter Pettigrew extendido
cuan largo era sobre el suelo con un pastel de fresa en el
pie y la cabeza de Sirius Black apareciendo entre las cortinas
rojas, entre maldiciones más propias de un pirata que
de un chico de quince años, el autocontrol de cualquiera
podía hacerse añicos. Y más si esos tres
personajes eran amigos de ese cualquiera desde los once años.
Así que Remus Lupin no aguantó más.
Se echó a reír.
Rió como nunca había reido en su vida, la situación
demasiado ridícula como para hacer otra cosa. Sabía
que sus amigos se habían llevado un golpe, y que debía
doler, pero no podía evitarlo. Sabía que debía
controlarse, que no era normal en él estallar de esa
forma, pero no podía evitarlo. Era demasiado estúpido.
Se dejó caer de espaldas en el colchón y continuó
riendo sin parar. No porque no quisiera, sino porque no podía.
- No tiene gracia, Lupin.
La voz de James se escuchó desde la otra punta de
la habitación, pero Remus sólo rió con
más fuerza ante el tono molesto. Quería parar,
lo quería de veras porque sabía que no era justo
para sus compañeros, pero le resultaba imposible.
- Esto es asqueroso.
Esta vez era Peter. Sin duda estaba examinando lo que había
pisado. En la mente de Lupin se dibujó la imagen de
su amigo, arrugando la alargada nariz en un gesto de asco
que le había visto muchas veces, como un animalillo
que olfatea algo desagradable. Las carcajadas de Remus resonaron
en la habitación.
- ¡Sacadme de aquí de una maldita veeeeeeeh!
¡Uf! -Sirius, que había conseguido levantarse
de entre el desastre que eran ahora los adornos de su cama,
había vuelto a enredarse con las cortinas y había
vuelto a caerse al suelo. Remus se retorció en la cama,
se encogió sobre sí mismo y se sujetó
el estómago, con lágrimas en los ojos-. Fabuloso
-dijo Sirius, que miró a Remus con el ceño fruncido.
Pero si algo tienen los ataques de risa, es que son contagiosos,
y más si se observan en una persona que no suele experimentarlos
con frecuencia. De esta forma, el ceño fruncido de
Sirius pronto dejó paso a una ceja enarcada, seguida
de una sonrisa bailona y poco después, la sonrisa Black
patentada. Al poco tiempo, estaba riendo tan o más
fuerte que el propio Remus, del mismo modo que lo hacían
James y Peter, olvidadas la molestia, el dolor, el golpe,
las sábanas, las cortinas, los postes de madera y el
pastelillo de fresa en favor de las carcajadas ante una situación
ridícula.
No supieron cuanto tiempo pasaron intentando contener las
carcajadas sin conseguirlo. Era muy posible que hubieran podido
seguir así toda la noche, de no ser porque la puerta
se abrió de golpe para dejar paso a la figura de uno
de los alumno de cuarto grado y vecino de habitación
en la torre de Gryffindor. Las risas se cortaron de golpe
cuando vieron a su compañero en pijama, desgreñado
y con cara de sueño.
- Son las cuatro de la mañana. Hay gente que
está intentando dormir, ¿sabéis? -dijo
el muchacho, con tono de enfado. Entonces los otros cuatro
se miraron entre si e inmediatamente se echaron de nuevo a
reír. El otro chico puso los ojos en blanco y cerró
de un portazo la puerta de la habitación-. Siempre
igual -se le escuchó decir a través de la hoja.
Pero las cosas se fueron calmando a partir de ahí.
Peter se limpió el pie entre risitas. James, que había
conseguido salir de entre sus mantas, se arrastró hasta
donde yacía Sirius y comenzó a desenredar a
su amigo. Mientras tanto, Remus dejó de retorcerse
y pudo respirar con mayor facilidad.
Se sentía cansado. Agotado físicamente. Pero
era un cansancio completamente distinto al que sentía
después de la transformación, después
cada luna llena. Aquel le dejaba vacío, entumecido,
derrotado y dolorido. Éste, sin embargo, le había
dejado lleno de una sensación cálida, se sentía
eufórico. Y el dolor era de otro tipo, mucho más
agradable.
- ¿Y tú eres nuestro Prefecto? -preguntó
Peter, con los brazos en jarras y a los pies de la cama de
Remus-. Oh, que gran ejemplo para las generaciones venideras...
-Remus podría haber contestado cualquier cosa, pero
no encontró las fuerzas, así que solo sonrió
débilmente a su compañero de cuarto.
- Deberíamos insonorizar la habitación
-propuso Sirius, que aún sonreía-. ¡Potter!
¡Eso que ha sonado era mi tobillo, para tu información!
-se quejó después de que James pegase un buen
tirón de la aterciopelada tela roja, que había
resultado estar enganchada en el pie en cuestión.
- Oh, es que no llevo las gafas. ¿Verdad que
es una suerte que no lo necesites? -respondió James.
Black le contestó con un empujón que le tiró
al suelo y procedió a desenredarse él solo.
- Ten amigos para ésto -comentó entre
dientes mientras James se echaba a reír otra vez.
- ¿Sabéis? La idea de Sirius es buena
-dijo James, incorporándose sobre los codos.
- ¿La de armar jaleo a las cuatro de la mañana?
-dijo Peter. Remus, que aún intentaba recuperarse del
ataque de risa, soltó otra risita, Sirius sonrió
ante el sonido y James puso los ojos en blanco.
- No, la otra. La de insonorizar la habitación.
- Ah, esa.
- Sí, esa.
- Es normal que te sientas confuso, Pete. Tengo tantas
y tan grandes ideas... -comentó Sirius distraídamente.
Peter resopló mientras observaba como el chico moreno
se levantaba finalmente del suelo, libre de sus ataduras-.
¡Ja! Ya está -exclamó al fin, poniendo
los brazos en jarras con expresión triunfal.
- Después de hora y media de lucha sin cuartel
-apuntó James con una sonrisa taimada. Sirius le lanzó
una patada sin convicción que James no tuvo problemas
en esquivar-. ¿Has visto la que has liado?
Sirius
suspiró, examinó el desastre, se frotó
la nariz y trató de poner una cara que en otra persona
podría haber resultado culpable, si bien en él
estaba totalmente fuera de lugar. Por su expresión
iba a comentar algo, pero en su lugar abrió desmesuradamente
los ojos y se echó ambas manos a la cabeza. Remus se
sentó en la cama de golpe ante el gesto.
- ¿Qué pasa? -preguntó, encontrando
por fin fuerzas para hablar.
- No. No, no, no... Nononono... -dijo Sirius, que
se dejó caer de rodillas en el suelo.
- ¿Sirius? -preguntó James, incorporándose
de golpe.
- ¡Las notas! -exclamó Sirius-. ¡Tenía
todas las notas encima de la cama!
- ¿Y eso es nuevo? -dijo Peter.
- ¡Las notas de los... -gritó Sirius-.
Las notas de los Animagos -dijo después, en un tono
mucho más bajo-. Me quedé dormido mientras repasaba
una cosa, ¡estaban todas encima de mi cama!
Peter abrió los ojos como platos, James se golpeó
la frente y Remus bajó de la cama, comprendiendo la
gravedad de la situación. Las notas eran numerosas,
muy variadas y todas importantes. Sus amigos no podían
permitirse el lujo de perder ninguna a estas alturas, llevaban
tres años trabajando en el proyecto. Por muchas que
fueran las dudas que Remus tenía al respecto, o el
miedo a que algo saliese mal, aquel era un trabajo que había
supuesto mucho esfuerzo por su parte, y lo estaban haciendo
por única razón: por él.
Por eso no dudó en agarrar uno de los cuatro postes
de la cama, imitando a Sirius. Sus otros dos compañeros
hicieron lo mismo y, entre los cuatro, levantaron el cortinaje
de la cama de Black. Las notas comenzaron a caer, desprendiéndose
de la tela como una pequeña lluvia de papel. Otras
asomaban entre las sábanas, la mayoría arrugadas
a consecuencia de la lucha que Black había mantenido
contra la ropa, mientras que más papeles se perdían
debajo de la su cama y de la que se situaba al lado, que era
la de Lupin.
- Que desastre -comentó Peter.
- Acercad los postes a la cama -dijo James, señalando
con la cabeza mientras se levantaba del suelo-. Abriremos
espacio aquí. Hay que colocar todo esto.
Sus compañeros solo asintieron. Por suerte la madera
no era demasiado pesada y pudieron maniobrar con facilidad
para colocar los cuatro postes en su sitio. James se subió
a la cama de Sirius para pasar al otro lado y sujetó
su poste en su lugar.
- Aguántalo ahí, Jamie. Eso es -dijo Sirius
mientras colocaba su propio madero. Alargó la mano
hasta su mesita y se las arregló para coger su varita-.
¡Repparo!
El poste de madera quedó soldado por el lado de James,
como si jamás se hubiese roto. Repitió la acción
con el suyo mientras Remus hacía lo propio con los
que sujetaban Peter y él. La cama quedó como
nueva; solo faltaba terminar de colocar las cortinas rojas,
que se habían desprendido por el lado izquierdo cuando
Sirius se las había llevado por delante. James volvió
a subirse a la cama y se ocupó de colocar la tela con
cuidado mientras sus compañeros se ocupaban de las
sábanas y las mantas, con cuidado de no estropear más
las notas.
- Diablos, está todo desordenado -dijo Sirius.
- Querrás decir que está todo más
desordenado de lo normal -dijo James, enarcando una ceja.
Dejando de lado que las notas estaban en el suelo y no sobre
la cama, la cosa no se diferenciaba mucho a cuando Sirius
dejaba sus tareas encima del colchón.
- Quiero decir justo lo que he dicho -respondió
el otro, que comenzó a recoger las notas del suelo-.
Mira ésto. Aquí tienes la cincuenta y al lado
la tres... y aquí la noventa y siete...
- Procuremos recuperarlas todas en primer lugar -dijo
Remus, que se arrodilló al lado de Sirius y le ayudó-.
Luego ya veremos como se ordenan. Toma, ésta es la
cuatro -le dijo a su amigo, alargándole un trozo de
papel.
- Gracias.
- Bueno, al menos ya tenemos dos ordenadas -dijo Peter-.
¿Cómo te las has arreglado para liar todo esto,
Sirius?
- Oh, muy sencillo -dijo Sirius distraídamente
mientras miraba con atención una de las notas-. Cuando
iba a salir corriendo se me enganchó el pie en una
sábana, perdí el equilibrio, me agarré
a la cortina para no caerme, la cortina se desenganchó,
tiró de los postes, yo me caí al suelo y arrastré
las sábanas, la cortina y los maderos, que cayeron
encima mío. -Cuando levantó la vista, sus tres
amigos le miraban con los ojos muy abiertos-. ¿Qué?
- Es una... eh... definición bastante inusual
de la sencillez, Sirius -acabó diciendo Remus, esbozando
una sonrisa.
- Al menos no volqué la cama.
- Ahí tienes un punto -dijo James, bajándose
de la misma.
- ¿Y dónde ibas con tanta prisa? -preguntó
Peter. Sirius dejó de recoger papeles y se quedó
mirando al más bajito de sus amigos con aire pensativo.
- Creo que a la biblioteca -dijo al final, ganándose
otra mirada extrañada.
- ¿A la biblioteca? -preguntó Peter-.
¿A las cuatro de la mañana? -Sirius asintió.
- Ahora va a resultar que encima de hablar en sueños
es sonámbulo -comentó James distraídamente.
- Yo no hablo en sueños, Potter.
- Gritaste "¡Lo tengo!" antes de caerte
-apuntó Remus. James dirigió a Black una sonrisa
de triunfo mientras Sirius miraba a Remus con incredulidad.
- ¡Que no! -negó Black, testarudo.
- Como quieras -dijo Remus, pero no dejó de
sonreír.
- A la biblioteca a las cuatro de la mañana...
-repitió Peter, que continuaba a lo suyo-. ¿Qué
pensabas hacer allí a estas horas?
Sirius
volvió a quedarse mirando a Pettigrew, pero esta vez
no dijo nada. Al verlo, James se echó a reír.
- No tienes ni idea, ¿verdad? -dijo entre carcajadas.
Sirius le miró con el ceño fruncido-. ¡Lo
sabía! ¡Estabas soñando!
- ¡Que no tenga ni idea de qué iba a
hacer no tiene por qué significar que hable en sueños!
-continuó Black, cabezota como siempre. Y, ante eso,
Remus se echó a reir acompañando a James. Peter
se unió enseguida-. Grandioso, Remus. Tú, que sólo
sonreíste cuando aquella bludger golpeó en la
cabeza del profesor Kettleburn... mírate ahora...
- Debes reconocer que la situación no me da
muchas opciones -dijo Lupin, sonriente-. Por lo demás,
Sirius, debo añadir que no me río de ti...
- Te ríes conmigo. Sí, ya conozco la
frase -dijo Sirius. Y luego sonrió de aquella manera
tan especial que Remus había llegado a identificar
como el presagio de una aventura... o de una travesura-. ¡Pues
ahora te vas a reír por mi! -exclamó, preparándose
para saltarle encima.
- Ni se te ocurra -se adelantó Remus, adquiriendo
una expresión de completa seriedad de repente ante
la amenaza.
- Oh, oh. La Voz -dijo James, que sonreía de
oreja a oreja-. Cuidado, Sirius.
- Ha usado La Voz -confirmó Peter.
- Diablos. La Voz -protestó Sirius, sentándose
otra vez con aspecto derrotado.
- Os rogaría que dejaseis eso de La Voz de
una vez -pidió Remus, aunque ya no se sentía
tan inclinado a mantenerse serio, posiblemente porque la amenaza
del ataque de Sirius, que no iba a ser otro que buscarle cosquillas,
había cesado.
- ¡Pero has puesto voz de Prefecto! -dijo Sirius,
señalándole acusador con un dedo.
- Por favor. No tengo voz de Prefecto.
- Pero tienes el tono -dijo James. Peter asintió.
- La Voz -dijo Sirius.
- El Tono -apuntó James.
- Mucho me temo que no es algo que me sirva de mucho
en los confines de este cuarto.
- Punto para Lupin -contestó James.
- Tranquilo, Remus. Te apreciamos de todos modos -dijo
Sirius, arrancando la risa de todos y la sonrisa de Remus,
porque sabía que, a pesar de la broma, la frase era
sincera.
- Yo aprecio a Remus, pero también aprecio
mi cama -dijo Peter tras un bostezo, después de un
rato-. Aún podemos dormir un par de horas...
- Creo que esa es una buena idea. Una muy buena idea
-dijo James, levantándose del suelo y regresando hasta
su cama. El resto del grupo le imitó-. Ah, y Sirius...
- ¿Qué? -preguntó el aludido
mientras se metía entre las sábanas.
- Procura no gritar la próxima vez que estés
soñando, ¿quieres? -le pidió a su amigo.
Sirius agarró uno de los almohadones y se lo tiró
a James, golpeándole en la cabeza.
- ¡Que yo no hablo en sueños, Potter!
¡Y devuélveme la almohada!

Aunque albergaba ciertas sospechas sobre las verdaderas
razones que habían impulsado a Albus Dumbledore para
nombrarle Prefecto de Gryffindor en aquel quinto curso, Remus
no podía negar que estaba agradecido ante aquel gesto.
Porque la confianza estaba ahí. El cargo de Prefecto
no se limitaba única y exclusivamente a vigilar lo
que hacían Sirius Black y James Potter la mayoría
del tiempo, y ver donde arrastraban a Peter Pettigrew. Aquel
puesto implicaba una posición representativa dentro
su propia casa. Era la figura intermedia, por así decirlo,
entre profesores y alumnos, una de las personas hacia las
que se volvían sus compañeros de casa siempre
que tenían algún problema. Era un consejero
y, en ocasiones, un amigo. Y Albus Dumbledore le había
elegido a él para aquel puesto de entre todos los chicos
normales sin problemas, sin segundas formas y sin licantropía.
El director había confiado en él desde el
principio, desde el primer curso, simplemente aceptándole
a pesar de su condición. Si bien Remus era consciente
de que no estaba a la altura de esa confianza en algunas cuestiones,
como su complicidad y permisividad hacia sus tres amigos,
no era menos cierto que en el resto de las facetas se esforzaba
todo lo posible por resultar un buen Prefecto. A pesar de
lo complicado que resultaba estar en quinto año, con
todas las tareas debidas a la amenaza de los T.I.M.O.s a final
de curso, Remus colaboraba con sus compañeros, cumplía
con sus rondas como estaba estipulado y había acudído
a todas y cada una de las reuniones entre Prefectos que llevaban
celebradas en aquellos primeros tres meses de curso. Aunque
dichas reuniones fuesen soberanamente aburridas.
La última, sin duda, había sido de las más
infructuosas que recordaba y, mientras sus compañeros
debatían sobre la necesidad o no de sugerir un cambio
de menú en el comedor (cambio, por otra parte, que
Remus no consideraba en ningún modo necesario), Lupin
se descubrió deseando salir de aquella habitación
y poder ponerse con las tareas que les habían mandado
para el día siguiente. Así que cuando la reunión
se dio por finalizada no perdió el tiempo en llegar
a la Sala Común de Gryffindor y subir hasta su habitación,
para dejar la mochila y los libros que había cargado
durante aquel día.
Se encontró el cuarto vacío y recordó
que sus amigos también tenían cosas que hacer,
todas de diversa índole. Sirius estaba cumpliendo un
castigo con alguno de los profesores al haber cargado voluntariamente
con las culpas de una broma que James y él le habían
hecho dos días antes a Severus Snape. Y todo porque
Sirius no quería que James se perdiese ninguno de los
entrenamientos de quidditch aquella semana, ya que se aproximaba
un partido importantísimo. Peter Pettigrew, por su
parte, debía estar en las gradas animando a James como
único representante del grupo y, por un momento, Remus
se preguntó si no debería dejar sus tareas de
lado por un rato y bajar a la cancha a acompañar a
sus amigos. La idea era tentadora, pero sólo duró
el momento que tardaron sus ojos en fijarse en la multitud
de hojas que reposaban encima de la cama de Sirius, de forma
aparentemente desordenada. Remus identificó que se
trataban de los apuntes sobre Animagia, ya que sabía
que sus amigos los tenían camuflados con un conjuro
de escritura ilusoria de forma que pareciesen hojas sacadas
del diario de un mago loco. En una hoja podía relatar
la forma de preparar una poción con patas de araña
y lodo de pantano y, en la siguiente, contar lo que había
hecho durante toda la semana. Y ninguna de las dos cosas resultaba
lo suficientemente interesante como para llamar la atención
de cualquier lector accidental.
- Finite imagine.
Tras las palabras y el pase de varita, la falsa escritura
desapareció dejando paso a las notas que mostraban
la caligrafía ya familiar de sus amigos. Como había
sospechado, las notas no estaban colocadas. A ninguno le había
dado tiempo aquel día, por lo cual aquel aparente desorden
encima de la cama de Sirius era, por una vez, real. Las notas
estaban dispersas, sorteadas al azar, completamente desordenadas.
Llevaría años colocar todo aquello. Eran muchísimas...
Muchísimas y todas con una única razón:
él mismo. Todas aquellas notas y él jamás
había leído ninguna, a pesar de que era un trabajo
que sus amigos estaban haciendo por él exclusivamente,
y a pesar de que él había colaborado acarreando
libros o el último número de Transfiguración
Moderna desde la biblioteca cuando sus compañeros
no podían acercarse. Les había escuchado debatir
sobre el tema y aportar ideas, pero no había leído
ni una sola de las notas. Y sabía perfectamente por
qué no les había echado ni un solo vistazo.
Era el miedo a descubrir demasiadas cosas, a ver confirmadas
de forma escrita los temores que le suscitaban algunas historias
que había oído de forma oral. Sabía que
el conjuro era difícil, pero, sobre todo, arriesgado.
Una parte de él siempre se había negado a escuchar
nada al respecto, otra parte, a regañar a sus amigos
por el intento y la tercera a animarles y a desear que tuviesen
éxito. Porque no podía mentirse a si mismo,
como tampoco podía estar sin saber.
- "El conjuro no debe precisar el uso de varita,
dado que en la forma animal, el mago no dispondrá de
tal. De igual forma, tampoco puede disponer de su propia voz
para conjurar su forma inicial de vuelta estando como animal."
-leyó en voz alta la primera nota que cogió.
Por el número diez en una de las esquinas, era una
de las primeras notas que habían tomado. Ya hacía
tres años de eso. La letra era grande, extensa, inclinada
a la derecha y de trazo rápido. La letra de Sirius-.
"Conclusión: Conjuro exclusivamente mental."
-concluía su amigo, antes de llenar el resto de papel
con formas geométricas variadas y un juego del ahorcado
donde James había adivinado "Expelliarmus"
en el último momento. Y el ahorcado era James porque
el muñeco llevaba gafas y su letra remataba la nota-. "Plan:
buscar magia mental. ¿Libros de Encantamientos? No
me has colgado, Black."
Remus sonrió ante el último comentario. La
letra de James, sin duda. También se inclinaba a la
derecha, era de trazo largo y sobrealzado, sobrecargado, y
tendía a tomar dirección ascendente en el pergamino,
como si quisiera echar a volar, lo que había sido fuente
de numerosas bromas junto a aquella manía de dibujar
pequeñas snitchs por todas partes. Aún así,
se entendía mejor que la de Sirius y mucho mejor que
la de Peter, que era diminuta y a veces difícil de
diferenciar de una simple línea en la hoja. De los
cuatro, el que tenía mejor letra era él, casi
caligráfica y perfectamente recta. Por eso era la fuente
de apuntes natural para los otros tres. No le importaba. Nunca
le había importado. Prestar apuntes era algo insignificante
comparado con lo que ellos le habían prestado a él.
- "Algunos animagos han declarado que pueden
comunicarse con otros animales cuando adquieren su segunda
forma. Esto abre dos posibilidades" -leyó
una nueva nota, esta vez del puño de James-. "a)
La existencia de un componente empático en el conjuro;
b) La transformación es tan profunda que el mago se
convierte realmente en un animal." -Remus no pudo
evitar reír ante el siguiente comentario de lleno de
flechas-. "B ridícula, inaceptable y estúpida:
si el animago es capaz de regresar a su forma original, es
que mantiene su intelecto o, al menos, parte de él".
En la misma nota, Sirius acababa por darle la razón
y por concluir que el conjuro tenía un importante componente
empático y que debían volver a la biblioteca
y buscar sobre el tema. Las notas seguían todas en
ese sentido, buscando todos los detalles en lo referente al
conjuro. La mayoría estaban escritas en pergamino,
pero Remus también identificó otras clases de
papel, llegando a ver alguna escrita sobre una de las servilletas
de la Heladería de Florean Fortesque del Callejon Diagon.
La tinta podía ser azul, negra, roja e incluso violeta.
La gran mayoría tenían la letra de James y Sirius,
a partes iguales, y muy pocas de Peter, pero Remus pudo entender
por qué. Hasta aquel preciso instante, Remus no había
podido valorar en su justa medida el enorme trabajo que ambos
estaban realizando. Sabía que sus compañeros
eran inteligentes, probablemente los más brillantes
del colegio en aquel momento, pero ahora comprendía
hasta qué punto. Peter no era estúpido, ni él
tampoco, pero seguían estando a años luz de
James Potter y Sirius Black. Aquellas notas, a pesar de ser
rápidas y tener dibujos y juegos en ellas, estaban
cuidadas hasta el más mínimo detalle. Describían,
paso por paso, cualquier duda que se habían planteado,
su solución, y las razones para dar cualquier otro
paso hasta la consecución del ansiado objetivo. Todo
estaba razonado hasta la más mínima consecuencia.
Aquellas notas podrían llegar a ser la envidia de alguien
que preparase una tesis doctoral sobre el tema.
Entre aquel sentimiento de orgullo por las capacidades de
sus amigos se mezclaba otra sensación mucho más
personal pero, justo cuando Remus estaba a punto de reconocerla
como orgullo propio, por haber hecho de alguna forma que sus
amigos se esforzasen y sacasen lo mejor que tenían
a la luz, se encontró con otra nota que le heló
la sangre en las venas. El sentimiento de orgullo desapareció
de golpe, reemplazado por la sensación de ser el ser
más egoísta, mas ruín, sobre la faz de
la Tierra.
- ... donde el pasado es historia y aún
hay que ganarse el futuro...(1)
Sirius entró en la habitación sin llamar, pero,
merced a la costumbre, Remus tuvo el tiempo justo para dejar
encima de la cama la nota que tenía en la mano y en
componer de nuevo el gesto sereno antes de volverse hacia
su amigo, que al parecer no se había percatado de su
presencia, sentado como estaba en el espacio entre las dos
camas.
- ... y las preocupaciones pueden esperar hasta
que acabe el día... ¡Ah! -exclamó
Sirius al llegar a la altura de Remus, dejando de cantar inmediatamente.
Se llevó una mano al pecho y, finalmente, se acordó
de respirar-. ¡Remus! ¡Que susto! -gritó.
- Mis disculpas -dijo el otro inmediatamente-. Pensé
que me habías visto.
- Que va, estás ahí escondido... -respondió
Sirius, que se quitó la túnica rápidamente
y la lanzó al cesto que tenían para la ropa
sucia. La prenda estaba llena de barro y tierra, pero el uniforme
que llevaba debajo parecía estar en buenas condiciones-.
¿Qué hac... ¡No! ¡Me has tocado
las notas! -le acusó.
- No estaban colocadas. Pensé que no molestaría,
sinceramente.
- Ah, es verdad. Se descolocaron ayer -recordó
Sirius, que se sentó a su lado, omitiendo con facilidad
el hecho de que él había armado todo el jaleo
para que los apuntes acabasen así-. Te perdono, en
ese caso.
- Muy amable por su parte, señor Black -dijo
Remus, y Sirius sonrió mientras se sacudía un
poco de tierra del pantalón-. ¿De dónde
vienes?
- De los invernaderos. He estado toda la tarde replantando
adormidera. Una raíz me rozó la rodilla y la
he tenido atontada hasta ahora -explicó el otro chico-.
James me debe una, y muy gorda. ¿Peter y él
todavía no han vuelto? -preguntó. Remus negó
con la cabeza y Sirius miró de reojo el despertador
de la mesilla de su amigo-. El entrenamiento debe haber acabado
ya. Bueno, ¿y tu reunión?
- Decepcionante. Versó sobre la necesidad o
no de cambiar el menú del colegio -resumió Remus
en pocas palabras. Sirius se echó a reír.
- De verdad que no te envidio, Remus.
- Soy consciente de eso -respondió él-.
Yo tampoco me envidiaba mucho a mí mismo esta tarde.
-Sirius volvió a reírse.
- Hemos tenido tardes interesantes lo dos, por lo
que veo -concluyó Sirius-. Eh, has colocado parte de
las notas -observó, cuando fue a echar mano de los
apuntes. Tomó uno de los pergaminos entre los dedos
y sonrió levemente-. Oye, Remus, ¿has estado
leyendo? -preguntó al final, mirándole de reojo.
- ¿Disculpa?
Sin embargo, sabía perfectamente a qué se refería
su amigo. Sirius Black podía ser una persona de apariencia
más o menos despreocupada, pero esa era una actitud
que mantenía en referencia a determinadas situaciones
o personas. Con otras, era completamente distinto. Igual que
el resto de sus amigos. Remus sabía que habían
notado que no leía las notas, y sospechaba que intuían
el motivo. Que no hablasen de ello no quería decir
que no existiese.
- Jamás habías querido.
- No hasta ahora -admitió Remus después
de un rato. Logró controlar su expresión calmada,
si bien resultó difícil dado que las palabras
de aquella última nota aún estaban frescas en
su memoria. Demasiado frescas.
- ¿Y ahora por qué sí? -preguntó
Sirius.
Al parecer no estaba dispuesto a que Remus contestase con
monosílabos e intentase impedir la conversación.
Lupin casi se lo esperaba, y sabía que Sirius no daría
su brazo a torcer fácilmente. Así que por eso,
y porque necesitaba discutir aquella nota, alargó al
mano hacia la cama y recogió el último de los
apuntes que había leído.
- He encontrado ésto -acabó por decir,
y le tendió a su amigo la nota que sujetaba. Cuando
los ojos de Sirius se abrieron más de la cuenta, Remus
supo que su amigo había entendido a la perfección
lo que pasaba.
- Venga, Remus, es... -dijo rápidamente-. Tampoco
es para que te preocupes, ¿sabes? James tiene mala
letra, todos lo sabemos...
- Sirius.
Y, en ese preciso momento, la puerta del cuerto volvió
a abrirse y los dos componentes del grupo que faltaban entraron
en la habitación, charlando muy animadamente. Peter
parecía extremadamente excitado por algo, mientras
que James tenía una sonrisa orgullosa en la cara. Sirius
y Remus se volvieron casi al mismo tiempo hacia los recién
llegados, que, a diferencia de Sirius, localizaron rápidamente
a los otros dos chicos que estaban sentados entre las camas.
- ¡Chicos! ¡Deberíais haberlo visto!
-gritó Peter, corriendo hacia ellos con una enorme
sonrisa en los labios-. ¡Ha sido... ¿Qué
hacéis ahí sentados? -preguntó extrañado.
- ¿Colocando las notas? -preguntó James,
que se había quedado un poco rezagado para quitarse
los zapatos. Iba a echarlos a lavar, dado que estaban llenos
de barro, pero acabó dejandolos pegados a la pared
y acercándose a sus compañeros-. Esperad que
os hecho una mano...
Remus no pudo dejar de notar que Peter traía el último
ejemplar de Transfiguración Moderna debajo de
un brazo. Seguramente se había pasado por la biblioteca
y la había traído para echarle un vistazo entre
los tres y ver qué nuevos datos podían encontrar.
Porque, a pesar de aquella nota que Remus había leído,
de todos los horrores que reflejaba, seguían adelante.
El trabajo y la investigación no estaban completos,
y por eso seguían adelante. Por él. Sólo
por él. Iban a arriesgarse por él.
No podía permitirlo.
- Me temo que me veo en la obligación de hablar
con vosotros seriamente -dijo Remus al fin, reuniendo todas
las fuerzas que pudo y levantándose del suelo.
- ¿Qué pasa? -preguntó James
inmediatamente.
- Estás usando La Voz otra vez, Remus -apuntó
Peter. Pero ésta vez nadie rió.
Remus no dejó de notar la rápida mirada que
James dirigió a Sirius, que estaba aún en el
suelo, como pidiéndole una pista que le ayudase a descifrar
aquella súbita seriedad, pero el Prefecto de Gryffindor
no quiso ver la respuesta. Había una pequeña
parte de él que se negaba a aceptar lo que estaba a
punto de hacer, que le llamaba loco y estúpido por
intentarlo siquiera. Que quería recordarle que si daba
aquel paso se encontraría siempre solo. Pero sabía
que no podía hacer otra cosa, no era quien para arriesgar
la vida de sus amigos. No cuando ya le habían dado
tanto.
- ¿Remus? -preguntó Peter.
- Remus ha encontrado ésto -dijo Sirius, al
final, y le tendió la nota a James, que la releyó
rápidamente después de ajustarse las gafas al
puente de la nariz. Él también abrió
los ojos más de la cuenta al darse cuenta de la situación.
- ¿Qué pasa? -preguntó Peter
otra vez, acercándose a James y tratando de leer la
nota. El chico de las gafas le pasó el apunte y Peter
leyó con avidez-. Oh -dijo simplemente.
- Escucha, Remus, eso no son más que apuntes...
-se apresuró James con la excusa, tal y como Remus
esperaba-. Tampoco es que...
- Hasta ahora era consciente del riesgo que entrañaba
intentar un conjuro de estas características -le interrumpió
el Prefecto de Gryffindor, con una voz que sonó perfectamente
calmada y serena a sus oídos, por lo que se alegró
sobremanera-. Había oído historias, por supuesto,
pero desde luego ninguna era comparable a lo que está
escrito ahí.
- Pero la mayoría de estas cosas ni siquiera
están confirmadas -atacó Peter esta vez-. Algunas
son solo leyendas, ¿verdad, chicos? -James y Sirius
asintieron rápidamente.
- Puede ser. Pero no voy a dejar que os acerquéis
lo suficiente al conjuro como para arriesgar una comprobación
en persona -dijo Remus, y su voz tenía un ribete de
orden que podía haber explicado muy bien por qué
Dumbledore le había elegido Prefecto.
- Pero, Remus... -James fue el primero en iniciar
la protesta.
- Es mi última palabra -dijo Remus, tajante-.
La investigación acaba aquí.
- ¡Es la investigación de tres años!
-volvió a intentarlo Sirius-. ¡Tres años,
Remus!
- Lo sé. Pero no voy a dejar que avancéis más.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Chivarte
a McGonagall? -dijo James. Remus le miró, serio.
- Si es necesario, sí.
- ¡Tú nunca harías eso!
- Sí lo haría, Peter -le aseguró Remus.
Su voz seguía sonando completamente neutra.
- ¡Pero lo estamos haciendo por ti! -gritó
Peter.
- Precisamente -dijo Sirius, finalmente. Todos miraron
al muchacho del pelo oscuro-. Es precisamente por eso, ¿no,
Remus? Porque lo estamos haciendo por ti...
- ... porque no quieres que nos arriesguemos por ti
-concluyó James.
A veces, Remus encontraba divertido cómo eran capaces
de completar el uno las frases del otro, como si de dos hermanos
gemelos se tratasen. Esta vez, sin embargo, no fue una de
esas veces, porque habían dado en el clavo y él
no quería hablar del tema. No quería decirles
que no quería arriesgarse a perderlos ahora que les
había encontrado. No podía decirles eso. Así
que lo único que deseaba era dejar claro que no quería
que la investigación siguiese, que no quería
que se transformasen en Animagos, y después pasar a
discutir cosas mucho más estúpidas como su reunión
de Prefectos.
- Eres un buen tipo, Remus -dijo James al final, después
de un rato en el que nadie habló-. Pero creo que no
te vendría mal ser un poco más egoísta
de vez en cuando -añadió con una sonrisa torcida,
como hacía siempre que sabía que tenía
razón.
También a veces, Remus odiaba esa sonrisa. ¿Que
tenía que ser más egoísta? Lo había
sido durante tres años, permitiendo aquella locura
aún sabiendo que era peligrosa y muy arriesgada. Y,
¿acaso no estaba siendo egoísta ahora? No se
estaba jugando un castigo de fin de semana, se estaba jugando
a sus tres amigos. A los mejores amigos que uno podía
encontrar, a las tres personas que le habían aceptado
tal y como era. Había muchas clases de egoísmo.
- Precisamente es porque estoy siendo egoísta,
James, que no puedo permitir... -respondió Remus.
- ¡Pues entonces yo quiero ser egoísta!
¡Nosotros queremos serlo! -interrumpió Sirius,
mucho más exaltado que James-. ¿Qué pasa
si nosotros queremos ser Animagos? Tú no eres el único
que lo pasa mal en luna llena, ¿sabes? - Remus iba
a replicar, pero el otro se adelantó-. ¡Ya sé
que no es comparable! Pero cada vez que te vas, tenemos que
aguantar ver que te vas. Solo. Y luego visitarte en la enfermería,
sabiendo que has pasado ese trance. ¡Solo!
- ¡Eso! -dijo Peter-. ¿Y si queremos
ser egoístas y pasar el trance contigo? ¿Eh?
¿Qué pasa entonces?
- ¡Es que no es fácil ver que lo pasas
mal, Remus! -dijo James-. Igual que no nos gusta a ninguno
cuando Sirius tiene que volver a casa, o cuando McGonagall
regaña a Peter porque va mal en Transformaciones.
- O cuando tu madre te manda un howler cada
vez que le montas alguna a Snape -apuntó Sirius-. Tampoco
nos gusta eso.
- Tu madre grita muy fuerte -dijo Peter, y consiguió
arrancar varias sonrisas.
¿Es que no lo entendían? ¿No veían
que con eso lo único que hacían era darle la
razón? No podía arriesgarse a perder todo eso
que estaban contando. Era demasiado importante para él.
- Aprecio vuestra preocupación. Si he de ser
sincero, jamás lo había mirado desde ese ángulo
-acabó diciendo Remus-. Pero he tomado mi decisión.
Si os... molesta... tener que aceptar que prefiero pasar por
esto solo, podré entenderlo. Os pido disculpas, pero
no voy a cambiar de parecer dado que...
- ¿Pero de verdad quieres estar solo? -preguntó
James. Remus miró al otro chico a los ojos, y este
le sostuvo la mirada-. ¿De verdad?
- Remus, James tiene razón -dijo Sirius, a
su espalda-. Tienes derecho a ser egoísta y desear
que estemos contigo. Tienes todo el derecho del mundo.
- Tú, de entre toda la gente, eres el que más
derecho tiene -remató James.
- Sí, porque ya has estado solo mucho tiempo -dijo
Peter-. Y estar solo tiene que ser horrible.
Y Remus hizo lo peor que podía hacer en esa situación.
Remus dudó.
Por supuesto que no quería estar solo, pero entre
estar solo una noche y estar sólo el resto de su vida,
la elección estaba perfectamente clara. Sin embargo,
ante él se planteaba una nueva pregunta. ¿No
eran aquellas tres personas las únicas que podían
hacer que su maldición particular dejase de ser tal
para convertirse en otra cosa? Junto a ellos, Remus se había
aceptado como persona y había dejado de pensar en sí
mismo como una criatura dual todo el tiempo. De pequeño,
había pensado mucho en sí mismo como lobo, o
como algo casi intermedio entre ambas razas. Pero al conocerles,
Remus Lupin había comenzado a ser un muchacho por fin,
un muchacho que era amigo de otros tres chicos, que hacía
cosas que hacían todos los chicos, que estaba integrado,
y que era feliz. Remus se había convertido en persona,
y se había aceptado como tal. ¿Serían
capaces de hacer que aceptase también al lobo como
parte propia? ¿Serían capaces de conseguir,
con aquella idea arriesgada y peligrosa, que las peores noches
de su vida cobrasen otro significado?
Si alguien podía, eran ellos. Si alguien quería,
eran ellos.
Si alguien lo deseaba, era él.
Y entonces, sentándose de golpe en la cama, Remus
Lupin tomó la que probablemente sería una de
las decisiones más difíciles de su existencia.
Decidió que quería ser egoísta por una
vez en su vida, aún sabiendo que no había vuelta
atrás.
- Te dije que debíamos haber camuflado mejor
esa nota -le decía James a Sirius en ese momento. Remus
supuso que sus amigos habían tomado su suspiro como
una capitulación, y se sintió agradecido de
que lo conociesen tan bien. No le pedían más
palabras ni más explicaciones-. Peter ya se asustó
en su día...
- Eh, Peter tenía derecho a saberlo -protestó
Peter.
- La romperé. No sirve de nada -dijo Sirius.
- ¡No! -dijo Remus, y Sirius se detuvo a media
acción-. No. Deja la nota ahí. Os recordará...
que debéis tener cuidado -añadió con
dificultad.
- ¿Pero por quiénes nos tomas? -preguntó
Sirius con aire ofendido, aunque dejó la nota de nuevo
sobre la cama.
- Por lo que sois, ni más ni menos -dijo Remus,
siguiendo la broma con facilidad y dejando atrás todo
lo demás.
- Ah, fabuloso. Eh, Peter, ¿qué era
lo que te tenía tan contento cuando llegaste?
- ¡Oh! -exclamó Peter, que parecía
haber recordado de repente-. ¡Oooooh! -volvió
a exclamar-. ¡Deberías haberlo visto, Sirius!
¡La formación en cabeza de halcón!
- ¡No! -exclamó Sirius, poniéndose
de pie de un salto-. ¿Salió y yo no estaba allí
para verlo?
- ¿Os ha salido al fin? -preguntó Remus,
recordando que James llevaba cerca de un mes y medio ensayando
una jugada que le había visto hacer al equipo nacional
de Irlanda de quidditch y hablando una y otra vez sobre el
tema.
- No solo eso, amigos míos -dijo James, con
aire autosuficiente-. No sólo salió. Salió
perfecta.
- ¡Hufflepuff no tiene ninguna oportunidad!
-exclamó Peter, excitado. James resopló.
- En el hipotético caso de que la hubiera tenido
alguna vez -se adelantó Remus a James, que asintió
con vehemencia.
- Vale, Potter -dijo Sirius, que se volvió
a sentar-. Yo replantando adormidera y tú vas y haces
la dichosa formación y yo no voy a poder verlo hasta
el día del partido...
- Así será toda una sorpresa, Sirius
-dijo James, cuya voz se había suavizado-. ¿Has
estado replantando adormidera?
- ¡Sí! ¡Y la raíz me rozó
la rodilla y me dejó atontado! -protestó Sirius-.
¡Y tú me pagas así!
- Bueno, te dedicaré la victoria -dijo el otro
chico, consiguiendo que Sirius se echase a reír-. Vale,
os la dedicaré a todos -acabó al final.
- Eres tan generoso...
- Lo sé, Sirius, lo sé... Menos mal que Peter si ha
podido verla...
- James...
- Ha sido tan espectacular...
- Potter...
- Tan, pero tan, absolutamente elegante, Sirius...
Que pena que te lo hayas perdido...
Con
algo parecido a un rugido, Sirius no tardó en echarse
encima de James y vengarse a base de cosquillas. Y todo fueron
risas de nuevo. Como siempre lo había sido, como siempre
era y, como Remus esperaba, siempre lo sería.
Fin.
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