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Feliz, feliz Navidad, Hogwarts.
"Viviré mi vida como yo decida.
Hasta que caiga..."
Tim Jenson, Stray
Era difícil de creer, cierto, pero
era la verdad. Nunca estuvo enfermo. ¿Vomitó?
Si. ¿Se mareó? Sin duda. ¿Le dolió
el estómago? Afirmativo. ¿Sus amigos tuvieron
que acompañarle hasta la enfermería porque
él no era capaz de caminar derecho? Correcto.
Como también era correcto que nunca
estuvo enfermo.
La señora Pomfrey dio con la solución
al enigma después de hacerle probar, una tras otra,
miles de pociones destinadas a aliviar una mala gastroenteritis
que jamás estuvo ahí y que, por supuesto,
no funcionaron al carecer de un objetivo contra el que actuar.
Así que la enfermera del colegio acabó concluyendo
que todo aquel episodio había sido consecuencia de
la ingestión (sospechaba que de forma no demasiado
accidental) de una Poción de Sugestión y que,
si se había puesto enfermo, había sido gracias
a sus propias ideas, o a lo que decían los demás
al respecto. Su teoría se probó acertada cuando
el joven dejó de estar enfermo inmediatamente al
saber que todo su mal era autosugestionado. Claro, que entonces
comenzó a sentirse como un estúpido, pero
ese solía ser el efecto secundario más frecuente
de las Pociones de Sugestión.
- Deberíais hacer las
paces con Severus Snape y dejar de gastaros estas bromas
tan pesadas -comentó la señora Pomfrey mientras
acompañaba al joven fuera de la enfermería-.
Por ahora no ha sucedido nada, pero podría resultar
peligroso.
Sirius Black, el enfermo... o mejor, el
afectado, no dijo nada. Se despidió y se dio media
vuelta, echando a andar por el pasillo. La sospecha de la
señora Pomfrey en cuanto a Severus Snape era lógica,
dado que tenían por costumbre hacerse la vida imposible.
El también habría pensado en Snivellus
como autor en primera instancia, y ya estaría pensando
en miles de formas de vengarse, de no haber estado completamente
seguro de que el chivato mayor del reino no estaba detrás
del asunto esta vez.
Sus sospechosos, por el contrario, eran
tres. Tres sospechosos que dormían en la misma habitación
que él. Tres sospechosos que no estaban en Hogwarts
en aquellos momentos, sino ayudando a sus correspondientes
familias a preparar la cena de Navidad. Tres sospechosos
que resultaban ser sus mejores amigos. Tres sospechosos
llamados James Potter, Remus J. Lupin y Peter Pettigrew
o, como iban a pasar a llamarse a partir de entonces, “Urdidor”,
“Intrigante” y “Conspirador”.
Porque estaba completamente seguro de que
los culpables habían sido sus propios amigos. Le
habían mezclado la dichosa poción con el zumo
de calabaza que habían sacado a escondidas de la
cocina la noche antes de las vacaciones de Navidad, cuando
montaron su propia fiesta navideña por la seguridad
que iba a ser imposible reunirse en vacaciones. En cuanto
la enfermera del colegio le había contado qué
hacía la poción y cómo actuaba, los
engranajes del cerebro de Sirius habían comenzado
a moverse y lo había comprendido todo con claridad.
Todo cobró sentido: las miradas extrañas entre
sus compañeros, el ligero nerviosismo que él
había achacado a la inminente vuelta al hogar, cómo
James le había preguntado repetidas veces
si se encontraba bien, como Remus había insistido
en que le encontraba pálido, como Peter había
dicho una y otra vez que tenía mala cara,
que le encontraban con ojos raros, con aspecto decaído,
con voz débil...
En definitiva: que le veían enfermo.
No solía ser una persona fácilmente
influenciable, pero la Poción de Sugestión
actuaba precisamente así, haciéndote creer
que lo que decían los demás era correcto y
hasta una buena idea. Por supuesto, tenía límites;
si alguien te insinuaba que tirarte a un pozo iba a ser
divertido, tu cerebro se rebelaba y tomaba la orden por
lo que era: una soberana idiotez. Y, como había pasado
con la señora Pomfrey, cuando uno se sabía
sugestionado se podía proteger a si mismo dado que
sabía que estaba bajo los efectos de la
poción. El problema venía cuando la víctima
no lo sabía, como había sido su caso. En esas
ocasiones, y ante la sugerencia de que el afectado quizás
estaba incubando una gastroenteritis aguda, el cerebro no
podía más que admitir que era perfectamente
probable si el citado afectado se había pegado la
noche anterior un atracón a dulces. Y así
sucedió.
Cómo se les había ocurrido
la idea y cómo habían conseguido la poción
era algo que Sirius no sabía, si bien no le extrañaba
demasiado porque conocía las capacidades de sus tres
amigos. Lo que si sabía, y con seguridad, era que
había funcionado. Se había puesto enfermo
de verdad. O, para ser exactos, enfermo de mentira.
De mentira o de verdad, lo que si era seguro
fue que no resultó nada agradable pasar por todo
aquello. Habían sido los peores dos días de
su vida, postrado en una cama sin poder moverse porque el
mundo daba vueltas y vueltas a su alrededor y el contenido
de su estómago parecía no estar demasiado
cómodo en el interior de su contenedor. O viceversa.
Daba igual, porque el resultado era el mismo. Lo pasó
fatal.
Pero lo peor del caso era que no podría
echárselo en cara a sus amigos jamás porque,
si había comprendido al instante quienes habían
sido los autores del episodio, también había
entendido el motivo. Y este no era otro que lograr que él,
Sirius Black, pasase las Navidades alejado de sus padres.
Y lo habían conseguido. La señora Pomfrey
se había puesto en contacto con sus progenitores
de forma inmediata, asegurándoles que era imposible
que el muchacho se desplazase a Londres en las condiciones
en que estaba. Así que, una vez recuperado, Sirius
tenía vía libre para pasar las Navidades en
el castillo que se había convertido en su hogar,
lejos de la tétrica Grimmauld Place, lejos
de Londres, lejos de los gritos, de los reproches y lejos
de sus padres. Si estos se habían molestado o si
se habían preocupado por él, era algo que
desconocía. Y que tampoco le apetecía demasiado
saber.
Así que, ¿podía enfadarse
con sus amigos por haber montado todo aquello con aquel
resultado en mente? No, no podía. Le era posible
protestar por el modo en que todo se había llevado
a cabo, porque le había costado dos horribles noches
en la enfermería del colegio, pero sabiendo cuales
eran los motivos que se escondían detrás de
todo aquello, le resultaba muy difícil enfadarse
con ellos. Es más, le resultaba del todo imposible.
Solo esperaba que James y Peter no hubiesen dejado a Remus
meter mano en la poción, o seguro que todo aquello
iba a tener efectos secundarios indeseables. Las pociones
que preparaba Remus tenían la extraña tendencia
de provocar cosas que se suponía no debían
provocar. Por eso Remus no se acercaba a un caldero a menos
que pudiera evitarlo; es decir, la única relación
de Remus Lupin con las pociones era en la clase homónima.
Nada más. No es que fuese estúpido. Ninguno
lo era. Era simplemente que Pociones no era su asignatura,
así de sencillo.
Así que, después de pasar
en cama dos días completos, Sirius Black, salió
de la enfermería el veinticuatro de diciembre, con
la brillante perspectiva de unas vacaciones de Navidad sin
padres que le recordasen que como hijo dejaba mucho que
desear… pero también con la perspectiva de
estar totalmente solo. Sus tres amigos estaban en sus respectivas
casas, su hermano en Londres y su prima Andromeda con su
familia. Cierto que tenía todo Hogwarts para explorar,
pero la perspectiva no era tan excitante como cuando tenía
a sus tres colegas cerca.
- ¿Ya se ha recuperado
del todo, señor Black? -escuchó entonces la
inconfundible voz del profesor Flitwick, proveniente del
Gran Comedor.
Sirius se asomó a la enorme estancia,
dándose cuenta de que el árbol de Navidad
había sido desplazado cerca de la entrada para dejar
espacio a una enorme mesa de madera. Las mesas de las diferentes
casas también habían desaparecido, y aquella
que se levantaba en el centro del enorme recinto, con sus
sillas alrededor, ya estaba preparada para la cena. El diminuto
profesor Flitwick asomó entonces por detrás
de las ramas del árbol; al parecer estaba ocupado
cambiando el color de las luces en las alas de las hadas.
- Eso parece –respondió
el joven.
- Me alegro, me alegro -contestó
Flitwick-. Imagino que entonces se unirá a nosotros
en la cena, dentro de una hora, ¿no es así?
Entonces el estómago de Sirius,
libre por fin de la sugestión, que no se había
llenado desde hacía casi dos días, protestó
ruidosamente y dio a entender que tenía intención
de unirse a la cena, con o sin consentimiento expreso de
su dueño. Y, como Sirius había aprendido recientemente
que su estómago podía llegar a tener vida
propia, no dudó en aceptar la invitación.
Pero para eso aún quedaba una hora,
que podía aprovechar en descubrir si había
alguien más en la Torre de Gryffindor aquellas Navidades.
O en intentar contactar con James y pegarle la regañina
de su vida. O bien para subir a la Lechucería y mandar
un mensaje triple, haciendo saber a sus tres amigos que
se encontraba de muy mal humor y muy enfadado. Dudaba que
se lo creyesen, pero era también una forma de hacerles
saber que se encontraba bien y que no se preocupasen por
nada. Podría añadir unas líneas también
agradeciéndoles el gesto… aunque casi prefería
optar por no hacerlo, y tenerles todas las vacaciones sintiéndose
culpables. Si, era una idea cruel y despiadada… ¡pero
ellos le habían hecho beber una Poción de
Sugestión!
&nbps, - No, mejor no. Tampoco quiero que pasen
malas vacaciones… -comentó en voz alta, mientras
el retrato que escondía la puerta la Sala Común
de su casa se hacía a un lado.
La Sala Común estaba completamente
vacía. No era la primera vez que la veía así,
desde luego, porque en ocasiones sus amigos y él
habían pasado por allí a altas horas de la
noche, pero si era la primera ocasión en que sabía
que estaba realmente solo, que aquel silencio sepulcral,
roto sólo por el crepitar del fuego en la chimenea
y el golpear de la nieve en la ventana, no era debido a
que el resto de los Gryffindors estuviesen durmiendo, sino
a que no había tal resto. La gente estaba en sus
casas, disfrutando de unas vacaciones que estaban prácticamente
ideadas para pasar alegremente en familia. Pero eso era
sólo si tenías una familia con la que disfrutar.
- Pobre Regulus -murmuró, sacudiendo
la cabeza-. Y yo voy y lo dejo solo…
Se dirigió a grandes zancadas hasta
la escalera que daba acceso a las habitaciones de los chicos.
Su cuarto estaba tan desierto como la Sala Común,
y se le hizo realmente extraño estar allí
en medio con la seguridad de que ninguno de sus tres amigos
entraría por la puerta. No estaban allí, como
tampoco estaban sus baúles, ni su ropa. Estaba solo.
- Pero por lo menos no tendré que
soportar a Kreacher –dijo.
La sola idea de no tener que aguantar al
elfo doméstico de la familia le hizo recuperar la
sonrisa casi instantáneamente mientras buscaba unos
cuantos trozos de pergamino, tinta y una pluma. Garabateó
un mensaje que repitió otras dos veces y después
se demoró un poco más para escribir a su tío
Alphard, al que aún no había felicitado por
Navidad porque pensaba escribirle cuando estuviera en su
casa, para tener algo que hacer. Seguro que se reiría
de lo lindo cuando se enterase de todo lo que había
pasado. El tío Alphard era así, por eso le
caía tan bien.
Una vez terminadas las cartas y cerradas
de forma segura, salió al exterior de la Sala Común
y se dirigió a la Lechucería casi a la carrera
después de mirar un reloj de pared y darse cuenta
que casi era la hora de cenar. No había muchos animales
descansando allí, de todas formas; en primer lugar
porque era la hora de comenzar a salir de caza y, en segundo,
porque la gente se había llevado sus mascotas con
ellos. Así que la disponibilidad de lechuzas era
muy limitada, aunque aún así Sirius pudo elegir
dos ejemplares fuertes, el primero para sus amigos y el
segundo para tío Alphard, porque cualquiera sabía
hasta dónde tendría que volar el pobre animal
para entregarle la carta.
En cuanto vio a las dos lechuzas salir
de la estancia, se dio media vuelta y volvió por
donde había venido, aún más rápido
si cabía. Ya iba con la hora pegada cuando había
subido a la Lechucería y, después de pelearse
un poco y convencer a los dos animales de que salieran al
exterior con el tiempo que estaba haciendo, era muy probable
que los pocos minutos que le quedaban hubiesen volado. Por
suerte descubrió que estaba equivocado cuando uno
de los relojes cercanos a la entrada al castillo le informó
que llegaba a tiempo.
Por desgracia, no fue eso lo único
que descubrió.
- Fabuloso –escuchó
una voz a uno de los lados, como si naciese de las mismas
sombras.
No necesitó darse la vuelta ni ver
aparecer la figura vestida de oscuro para saber que se trataba
de Severus Snape. Su voz estaba tan cargada de cinismo que
resultaba tan desagradable como la capa de grasa que siempre
recubría su pelo. Si uno lo pensaba con detenimiento,
resultaba hasta apropiado. Claro que Sirius Black jamás
se paraba a pensar nada relacionado con Severus Snape, a
no ser que fuera el método más divertido de
hacerle la vida imposible. Por no pensar, ni siquiera se
había molestado en imaginar que Snape podría
pasar las Navidades en Hogwarts. ¿A quién
le interesaba, de todas formas?
- Por si las fechas no fuesen
suficiente, encima Sirius Black nos honra con su
presencia –continuó el otro joven, pasando
de largo a su lado, sin mirarle, en dirección al
Gran Comedor.
- Te permito que te consideres
honrado –replicó Sirius casi de forma instantánea-.
En todo caso, deberías estar contento de que alguien
te hable, Snivellus.
- Mi felicidad habría
sido completa de enterarme que te habías ahogado
con tu propio vómito –contestó Snape,
que se había detenido en seco al oír el apelativo.
Por su respuesta, Sirius supo que había conseguido
molestarle, y eso le hizo sonreír.
- Entonces sólo tienes
que ponerte delante de mí –dijo Sirius-. Cada
vez que te veo tengo ganas de vomitar.
A la primera victoria le había seguido
un contraataque de su enemigo, pero la réplica de
Sirius hizo que Snape se girase en redondo dispuesto a encararle.
Vio como el chico de la nariz ganchuda echaba mano a uno
de sus bolsillos, donde Sirius sabía que solía
guardar la varita. Black no se acobardó y se preparó
para hacer otro tanto.
- Sirius, Severus –se
oyó entonces la voz del director Dumbledore. Al girarse,
ambos jóvenes le vieron descender las escaleras mientras
les miraba con aire casual-. ¿Aún no habéis
entrado al comedor?
- No, señor -contestó
Snape rápidamente-. Black me contaba lo mal que lo
ha pasado estos días. Al parecer ha padecido tanto
que ahora apenas puede sostenerse en pie…
Sirius apretó los puños con
fuerza y miró directamente a Snape, mas que tentado
a sacar la varita y conjurar un hechizo que le lavase la
boca con jabón, al muy bocazas. ¿A quién
se creía que estaba llamando débil? Pero,
justo cuando su mano ya llevaba camino a su bolsillo, notó
los dedos del director en el hombro.
- ¿Es cierto eso, Sirius?
–preguntó este.
- Claro que no -contestó
él, sin dejar de mirar a Snape, que había
esbozado una sonrisa torcida llena de dientes amarillos-.
Estoy perfectamente.
- Bueno, de todas formas no
hay por qué preocuparse. Te aseguro que la cena de
Navidad en el colegio siempre es fabulosa, animaría
a un muerto… si estos pudiesen comer, claro –comentó
Dumbledore, empujándole ligeramente y caminando en
medio de los dos muchachos-. Severus puede dar fe de ello.
- Sin duda, señor.
- Oh, sin duda, señor
–repitió Sirius.
Aquello último había sonado
completamente como una burla a Snape y, por la cara que
puso este, lo había comprendido. Sin embargo, el
director Dumbledore no dijo nada y se adelantó a
los dos jóvenes, saludando a todos los comensales,
que se resumían en todos los profesores y unos cuantos
alumnos. Para desilusión de Sirius no había
ningún Gryffindor en el grupo, así que eso
significaba que estaba realmente solo. No era que importase
demasiado, claro, porque lo que realmente importaba en ese
momento era que todo el mundo se había sentado ya…
y que el único asiento que le quedaba libre estaba
al lado de otro asiento libre. Y el único comensal,
además de si mismo, que no tenía sitio por
el momento era Severus Snape.
¿Quería eso decir que iba
a tener que comer al lado de Snivellus? No. Aún
peor. ¿Quería eso también decir que
tenía que comer al lado de Snivellus y ser
capaz de retener la comida en el estómago?
¿Era ya muy tarde para decirle a la señora
Pomfrey que no se encontraba tan bien después de
todo?
A pesar de todo, Sirius se acercó
hasta una de las sillas con gesto resuelto y se sentó.
Tenía hambre y Severus Snape no era lo suficientemente
importante como para impedirle comer todo lo que no había
comido en dos días. Si era cierto lo que el director
había dicho, y dada su experiencia en temas culinarios
en la escuela no le cabía duda de que lo era, aquella
cena iba a llamar tanto su atención que iba a olvidarse
de todo lo demás. Y, en todo caso, sólo tenía
que concentrarse en el resto de comensales, lo cual no era
muy difícil. Cualquiera era más interesante
que Snivellus.
Snape no tardó en sentarse a su
lado izquierdo con un gruñido, y en apartar la silla
todo lo que pudo sin pegarse al otro comensal. Sirius estuvo
a punto de hacer lo mismo, pero decidió quedarse
en el sitio y no darle ese gusto a Snape, que gruñó
una vez más. Hubiera hecho gala de todo aquel espacio
poniendo los codos en la mesa y acomodándose a su
antojo de no saber que aquel era un gesto de mala educación.
- Bueno, bueno, bueno. Un año
más estamos todos aquí reunidos para celebrar
la Navidad –comenzó de repente el director,
levantándose de su silla en una de las cabeceras
de la mesa-. Diría algunas palabras, pero estoy tan
hambriento que no se me ocurre nada. Así que…
¡Feliz Navidad y que aproveche!
Y, tras eso, se sentó. Cualquiera
podría sorprenderse por tal despropósito de
discurso navideño, pero lo cierto era que todos los
presentes estaban ya acostumbrados a las excentricidades
del director de la escuela. De hecho, algunos de estos presentes,
como era el caso de Sirius, las encontraban divertidísimas,
así que no protestaron. Y mucho menos cuando las
bandejas de oro de la mesa se llenaron a rebosar con deliciosa
comida. El estómago de Sirius comenzó a reclamar
la atención en cuanto su dueño posó
la vista sobre lo que parecía ser una humeante fuente
de puré de patata recién apartada del fuego.
El hecho no dejaba de ser curioso, dado que Sirius no se
consideraba en absoluto incondicional del puré en
cualquiera de sus sabores, salvo si era para usarlo como
proyectil contra alguien con ayuda de una cuchara. Pero
para eso venía mejor tener un compañero que
te cubriese del objetivo mientras preparabas la catapulta,
por no hablar de una mesa mucho más llena y no tan
repleta de profesores. Uno podía ser obvio, pero
serlo tanto era de idiotas.
De todas formas, eso no importaba demasiado
en aquel momento, porque lo que resultaba realmente vital
era llenarse el estómago. Pero el problema con la
fuente del vistoso puré de patatas era que estaba
fuera de su alcance pero se situaba en una posición
demasiado cercana al brazo de Severus Snape para su gusto.
Porque eso significaba que, si quería puré,
tenía que pedírselo a Snivellus.
Bueno, ¿y qué? El puré
nunca le había gustado.
- Sirius, por favor –escuchó
entonces la voz del director Dumbledore-. ¿Podrías
alcanzarnos la fuente del puré? Tiene buena pinta,
y creo que a Angela y a mi nos gustaría probar un
poco.
A Sirius le pareció notar un brillo
extraño en los ojos del director justo antes de que
este se volviese hacia la niña que se sentaba a su
derecha, que tenía pinta de necesitar esconderse
debajo de la mesa para que el director no hablase con ella,
más que de querer probar el puré de patatas.
Sintió un súbito sentimiento de compañerismo
y hermandad hacia aquella pequeña Hufflepuff, dado
que a él le pasaba una cosa muy parecida. Porque
para pasarle el plato a Dumbledore, primero se lo tenía
que pedir a Snape.
O quizás no. Sirius miró
a su alrededor, esperando encontrar algún comensal
al que poder pedir el favor. Podría hacerlo él
mismo. Podría levantarse de la silla, agarrar la
fuente y pasarla, pero era de muy mala educación.
Por mucho que el director intentase darle un aire informal,
aquella cena no era una cena de amigos. Era una cena de
profesores y alumnos, y él era un alumno. Un alumno
con la mala suerte suficiente como para no tener a nadie
a quien pedir que le pasase una bandeja de condenado puré
de patatas. Nadie, salvo…
- Pásame el puré
–le dijo a Snape, sin mirarle siquiera. Pero, por
el rabillo del ojo, vio la cosa más desagradable
del mundo.
Severus Snape sonreía.
- ¿Cómo has dicho,
Black? –preguntó, con aquella voz siseante-.
No te he oído bien.
¿Y cómo quería oírle
bien con esa gruesa capa de grasa encima de la
cabeza? Seguro que una buena parte le había entrado
en las orejas, y por eso… Sacudiendo la cabeza, Sirius
apartó de su mente imágenes aún más
asquerosas y miró a Snape.
- Que me pases el puré
de patatas –dijo, con los dientes apretados. Snape
volvió a sonreír.
¿Tenía que enseñar
los dientes por necesidad?
- Creo que sigo sin oírte
–repitió.
Sirius apretó el puño por
debajo de la mesa. No iba a caer en su provocación.
No iba a caer en su provocación. No iba a caer en
su provocación. No iba a caer en su provocación.
No iba a caer en su provocación. No iba a caer. No
iba a caer. No iba a caer. No iba a caer por nada del mundo…
- Que me pases el puré
de patatas, Sniv… Snape –se corrigió
en el último segundo.
No iba a caer en su provocación.
Pero, como Snivellus repitiese que no le había
oído, lo único que iba a probar durante la
cena iba a ser el puño que el mismo Sirius tenía
apretado debajo de la mesa. Como se llamaba Sirius, que
Snape se tragaba su puño.
Y, justo cuando Sirius ya pensaba que iba
a ser necesario llegar a las manos, Snape alargó
un brazo, levantó la fuente y se la pasó a
Sirius. O, más bien, la dejó caer en las manos
de Sirius, que casi la dejó caer al suelo a su vez.
Debería haberlo esperado, por supuesto.
- ¿Qué se dice,
Black? –preguntó Snape, aunque no miró
y, por tanto, se perdió la mirada que le dirigió
Sirius, que expresaba muy a las claras lo que iba a decirle
a continuación. Algo referente a su familia y su
sorprendente parecido con el lodo de un pantano…
- Ah, excelente –interrumpió
Dumbledore en aquel momento-. El puré. Acércalo
aquí, Sirius –le pidió, y al joven no
le quedó más remedio que obedecer, aunque
en su cabeza aún resonaban las palabras que le hubiera
gustado dirigirle a Snape-. Muchas gracias –le dijo
el director una vez que agarró al bandeja-. ¿Cuántas
cucharadas quieres, Angela? –le preguntó a
la niña.
Sirius no se dio cuenta de la respuesta
de la muchacha, ni le interesaba, dado que intentaba concentrarse
única y exclusivamente en servirse comida de las
fuentes que tenía alrededor sin escuchar los latidos
de la sangre en los oídos. Si Remus estuviese a su
lado le diría que Snape sólo estaba intentando
enfurecerle, a lo que él respondería que lo
había conseguido. Y entonces su amigo le recordaría
que la mejor ofensa a un enemigo era no escucharle, tras
lo que Peter comenzaría a asentir y James le miraría
sin entender, porque James tampoco habría comprendido
a Remus. Porque no era lógico. ¿Tu enemigo
te ofendía y tú no le hacías caso?
¿No quedabas entonces como un cobarde?
De todas formas, Severus Snape podía
considerarse muy afortunado esa noche por tener como oponente
a un Sirius Black muy hambriento que había decidido
llenar su estómago con comida antes que su cabeza
con ideas de venganza. De otra forma, el resultado de aquella
situación podría haber sido muy distinto (por
no puntualizar que, seguramente, también habría
acabado con un Sirius Black castigado durante al menos un
mes).
- Snape, ¿puedes acercarme
las judías? –se oyó la voz de la profesora
McGonagall, sentada justo en frente de Dumbledore.
La piel cetrina de Snape adquirió
una tonalidad aún más pálida al mismo
tiempo que, entre mordisco y mordisco de carne asada, la
sonrisa de Sirius se ensanchaba. Porque la fuente de judías
estaba justo a su lado, mucho más allá del
alcance de Snivellus.
- Claro, profesora.
La voz de Snape sonó más
sibilante que nunca al tener que forzarla para que el sonido
se escuchase entre sus dientes apretados. Sirius sonrió
aún más mientras volvía a llenarse
el vaso de zumo. Al final iba a resultar que no era tarde
para un final distinto, y esta vez sin arriesgar un castigo.
- Black –escuchó
un poco después, en algo que sonaba como un gruñido-.
Las judías.
Inmediatamente, un mundo de posibilidades
se abrió ante Sirius. Podía hacerse el sordo
y no contestar. O podía contestar, sin dejar de hacerse
el sordo. Y, además de hacerse el sordo, podía
hacerse el tonto. Podía comenzar una interesantísima
conversación con la otra persona que se sentaba a
su derecha, y olvidar a Snape completamente. O simplemente
podía decirle que consiguiera las judías él
solo.
La venganza no era un plato que se servía
frío. La venganza era un plato de judías.
- ¿Cómo has dicho,
Snape? –preguntó al final, decidiéndose
al fin por devolverle la jugada a Snivellus-. Creo
que no te he oído bien… -añadió,
con la mejor y más radiante de sus sonrisas.
Como consecuencia, pudo apreciar el ceño
más fruncido que había visto jamás,
lo que sólo aumentó la anchura de su sonrisa
de forma proporcional. Snape respiró profundamente
un par de veces y, cuando una de las venas de su frente
dejó de latir, se dignó a hablar de nuevo.
- Las judías, Black
–repitió, con los dientes aún más
apretados-. Pásamelas.
- Pero Snape… no has
dicho las palabras mágicas…
Si las personas pudieran hablar por los
ojos, Sirius sabía que las palabras que Severus Snape
podría haber pronunciado a continuación no
habrían sido muy diferentes a “muérete,
Black”. Si las personas pudieran matar con la
mirada, Sirius era conciente de que, en ese momento, debería
haber caído al suelo, fulminado por algún
mal desconocido, para después ser enterrado debajo
de toneladas y toneladas de tierra y rocas.
Pero ni los ojos hablaban ni asesinaban,
así que Sirius siguió mirando a Snape con
una enorme, enorme, enorme sonrisa en el rostro, esperando.
El otro volvió a inspirar no una, ni dos, sino infinitas
veces y abrió y cerró los dedos alrededor
del cuchillo y el tenedor que sujetaba.
- Las judías, Black
–repitió, aunque esta vez apenas se le entendió,
de tan apretadas como tenía las mandíbulas-.
Por favor.
Y, aunque aquel “por favor”
había sido mucho más parecido a un “ojalá
te pase por encima una manada de centauros a galope y yo
esté allí en primera fila para verlo”
que a un ruego, Sirius decidió ser condescendiente
por una vez en su vida. Con un ademán que pretendía
ser elegante, agarró la fuente de judías,
la levantó y se la pasó a Snape, todo ello
sin dejar de sonreír en ningún momento. El
tono de la piel de Snape era extraño, mezcla de su
palidez habitual con un violáceo poco saludable,
y eso sólo contribuyó a hacer más deliciosa
la dulce venganza.
Ah… Si James pudiera estar allí…
- Sirius, por favor, ¿me
alcanzarías esa fuente de pollo?
Ah… Si James pudiera estar allí…
¡le recordaría que no se debe ser condescendiente
con el enemigo! ¡Nunca! ¡Jamás!
- ¿El pollo? –preguntó,
aún así, mientras escuchaba el resoplido de
Snape a su espalda. El director asintió y le miró.
Y entonces, Sirius lo vio todo claro.
Cuando Dumbledore le miró por encima
de sus anteojos de media luna y Sirius vio claramente aquel
brillo en sus ojos azules, lo comprendió todo. Las
peticiones del director, o de la profesora McGonagall, no
habían sido de ningún modo casuales.
Con aquella sospecha el joven echó
un rápido vistazo a su alrededor y se dio cuenta
de dos cosas. La primera fue el extraño comportamiento
del resto de profesores, quienes habían pasado rápidamente
de estar mirándole con bastante atención a
conversar animadamente con la persona que tenían
al lado, todo eso cuando se dieron cuenta de que Sirius
giraba la cabeza. La segunda, de la disposición de
los platos en la mesa. Daba la casualidad de que los platos
principales se encontraban alrededor suyo, o de Severus
Snape. El pollo, el asado, las judías, el puré
de patatas, las salsas. Todo estaba a su alcance, o convenientemente
lejos de su alcance.
Si todo eso era coincidencia, Sirius estaba
dispuesto a comerse los calcetines de la suerte de Peter
y, teniendo en cuenta que la prenda en cuestión ya
tenía años de necesitar un lavado, la apuesta
era sumamente arriesgada. Aunque Sirius estaba seguro, muy
seguro, de ganarla.
- Sirius… -repitió el director
Dumbledore.
- El pollo. Sí, señor –respondió
el muchacho inmediatamente.
¿Así que todo aquello era
un montaje para que Snivellus y él hablasen?
¿De quién había sido la idea? ¿Del
director? ¿De la profesora McGonagall? ¿Del
profesor Flitwick? ¿De la señora Pomfrey,
en su intento de prevenir consecuencias de futuras bromas?
¿De todos al mismo tiempo?
¿Y qué pensaban? ¿Estar
así toda la noche hasta que la cosa funcionase? Aún
mejor. ¿En serio pensaban que iba a funcionar? ¿O
que no se iba a dar cuenta? No era ningún estúpido.
Bocazas, sí. James siempre lo decía. Lanzado,
sí, era la opinión de Peter. Irreflexivo,
sí, como decía Remus.
Estúpido, no.
Si Dumbledore esperaba que, con aquella
treta, Snape y él llegasen a ser amigos del alma,
entenderse y apoyarse mutuamente, debía haber leído
demasiados cuentos para niños. Eso o el espíritu
de la Navidad había tomado Hogwarts como residencia
de vacaciones, porque si no, no lo entendía.
- Snape, el pollo.
- Tsk, tsk, Black –dijo
Snape, chasqueando la lengua como desencantado-. ¿Qué
se dice?
Evidentemente, Snape no se había
dado cuenta del tema.
- Snape. El pollo –repitió
él.
Se volvió hacia el otro chico, le
miró directamente y extendió una mano. Snape
le miró a él, miró la mano y después,
con un gesto de profunda sospecha, echó un vistazo
a su alrededor. Y entonces descubrió lo mismo que
había notado ya Sirius. Que la charla de los profesores
se reanudaba cuando les miraban. Que la comida estaba dispuesta
de una forma muy determinada.
- El pollo, Snape –repitió
una vez más Sirius-. ¿Entiendes?
- Por supuesto que
entiendo –respondió Snape, que alargó
las manos, cogió la fuente de pollo y se la pasó
a Sirius.
- Pues ya era hora –replicó
el otro chico, recogiendo la fuente. Se giró hacia
el director y la fuente cambió de manos-. El pollo
–le dijo.
Le pareció apreciar que los ojos
del director ya no brillaban con la misma intensidad, y
que sus cejas se fruncían ligeramente, pero todo
pudo ser producto de su imaginación, porque Dumbledore
le dio las gracias alegremente y procedió a servirse
el pollo. Dos minutos después, casi exactos, la profesora
McGonagall pedía la salsera para su asado. A Snape
ni siquiera le hizo falta hablar, la tenía en las
manos (o más bien casi encima de la túnica)
antes de pronunciar la primera palabra.
Y, aunque Sirius pensó que con eso
había quedado todo claro, el director no se rindió
fácilmente. Claro, que ninguno de los dos muchachos
estaba por la labor de complacer a Dumbledore, y continuaron
pasándose las fuentes y la salsera de mano en mano
sin hablarse y sin mirarse apenas durante lo que restó
de cena que, de repente, había perdido gran parte
de su animación inicial.
Sirius se limitó a llenarse el estómago,
como había sido su objetivo inicial, mientras esperaba
que la cena acabase para poder retirarse cuanto antes a
la Sala Común de Gryffindor y, de ahí, a su
cuarto. Una vez allí buscaría el espejo que
compartía con James Potter y hablaría con
su mejor amigo, porque tenía que hablar con alguien
de todo aquello. Tenía que contarlo para que aquella
sensación en la boca del estómago no le acabara
estropeando las Navidades. No era eso lo que sus amigos
habían tenido en mente cuando habían ideado
su treta. Y tampoco era lo que él quería.
No sabía muy bien contra quién
iba dirigido aquel sentimiento, ni siquiera sabía
exactamente qué sentía, aunque se asemejaba
bastante a la indignación y tenía cierto parecido
con la rabia. De una cosa estaba seguro: aquella sería
recordada como la noche en la que el director Albus Dumbledore
fracasó. Podía ser el director del colegio,
podía ser un gran mago, podía haber detenido
al infame Grindelwald… por Sirius, como si le había
convertido en el calamar gigante que nadaba lánguidamente
en el lago de Hogwarts.
Snivellus y Sirius Black no eran
amigos. Y, si de él dependía, jamás
lo serían. Prefería darse una vuelta por el
Bosque Prohibido, en solitario y llevando carnaza en los
bolsillos, a cruzar una palabra de más con aquel
pelota de pelo grasiento. Y mucho menos si le obligaban.
Para obligaciones y para escuchar cómo debía
comportarse, ya tenía a sus padres.
Y podía asegurar que eran más
que suficiente.
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