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por Altair
Para Nath, que
sabe más que nadie lo que es ayudar a alguien a sanar.
Padre
Mis alas están atadas
Vi los pasos que me hicieron tropezar
Ahora estoy solo
Madre
El marco congelado del tiempo
Parece quedarse en la lluvia
Es lo único que me sostiene
“Del azul surge el verde”, A-ha
— ¿Trevor?
Su voz rebotó con fuerza contra los muros de aquel salón
de clases. De un vistazo, comprendió que estaba vacío y que
nunca lo había visto, pero no le extrañó. La Abuela le había
dicho que así eran las cosas en el castillo de Hogwarts: las
escaleras no siempre permanecían por mucho tiempo en un mismo
lugar, y las habitaciones vacías aparecían y desaparecían
como fuera conveniente, o mejor dicho, como ellas lo desearan.
Para muchos sería una diversión, pero para él era un dolor
de cabeza. Si ya le costaba trabajo recordar las contraseñas,
tratar de ubicar a dónde se había marchado cada pasillo le
complicaba demasiado la vida.
Mejor dicho, se la complicaba todavía más.
Y Trevor no le ayudaba en nada escapándose de esa forma,
como si tuviera miedo de estar cerca de él.
Bueno, no podía culparlo. Neville Longbottom había demostrado
estar prácticamente negado para cualquier actividad relacionada
con la magia. Quizá Trevor sabía —de alguna forma o de otra—
que de él podían obtenerse diferentes sustancias útiles para
pociones y hechizos, incluso sin necesidad de hacerle daño.
Quizá lo que no le gustaba era la persona que con mayor frecuencia
podría recurrir a él.
¿Comprendería Trevor que estaba negado para la magia o sólo
era instinto?
Neville entró a la habitación. La mayoría de los pupitres,
que habían sido arrojados a un lado, estaban cubiertos de
polvo y de telarañas. No entraba mucha luz porque las ventanas
habían sido tapiadas (algo común en las habitaciones que no
se utilizaban con frecuencia, imaginó), pero aún así largos
haces de luz caían sobre el piso. Las clases habían terminado
por ese día, y lo único que Neville había querido hacer era
buscar a Trevor, ir un rato junto al lago para matar el tiempo
hasta la hora de la cena y luego irse a dormir.
Sobre todo, quería olvidarse por un instante de lo terrible
que había sido la clase que acababa de tener.
Desde muy niño, supo que el aprendizaje de la magia le resultaría
complicado. Pero nada en el mundo lo había preparado para
tener un profesor como Snape.
Volvió a llamar a Trevor y un suave “croac” le respondió
desde atrás de un objeto alto que estaba cubierto con una
tela. Su pequeño sapo parecía dudar si saltar o no. Con cuidado,
Neville cerró la puerta del aula detras de sí para evitar
que Trevor volviera a huir y se le acercó. Trevor permaneció
quieto así que, con cuidado, tomó una punta de la tela protectora
para echársela encima y atraparlo antes de que saltara.
Uno...
Dos...
Y al tres, la tela cayó sobre Trevor. Éste, la verdad sea
dicha, se quedó quietecito. Neville sonrió y, con cuidado,
sujetó a su sapito entre sus brazos mientras tomaba su puntiagudo
sombrero y lo metía en él, murmurándole frases cariñosas y
prometiéndole un postre si no volvía a escapar.
En eso, le pareció que alguien lo observaba.
Sintió que el corazón se le paralizaba en el pecho.
¿Lo regañaría la profesora McGonagall si se enteraba de
que había entrado en un salón vacío? Peor, ¿y si eran el conserje
Filch y la Señora Norris? ¿O el profesor Snape?
Temblando, vió hacia el sitio del que había percibido la
mirada. Y de inmediato se tranquilizó. No había frente a sí
más que un espejo. Vio el marco, que estaba tallado y era
muy bonito, y descubrió que tenía una frase labrada en su
parte superior.
Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
¿Qué querría decir?
Neville estuvo tentado a volver a colocar la tela sobre
el espejo, pero no se atrevió. Con su suerte, Trevor volvería
a escaparse o podría tirar el espejo y romperlo, por más fuertes
que parecieran sus soportes con forma de garra. Así que, pensó,
tendría que conformarse con dejarlo así y cerrar muy bien
la puerta. Se vio una última vez en el espejo, tratando de
reír ante el susto que su propia imagen le había provocado.
Pero su imagen ya no estaba sola.
Ya no era la misma.
Un nudo se formó en su garganta.
No, no podía ser.
No, él no podría...
Neville dio un paso hacia atrás, tropezando con los bordes
de su túnica. Estuvo a punto de caer, pero se mantuvo en pie.
Sin pensar, abrió la puerta del salón y salió corriendo, Trevor
apretado contra su pecho, sin atreverse a mirar hacia atrás.
Nadie notó que esa noche Neville no bajó al comedor a cenar.
De vez en cuando, era bueno pasar desapercibido, se dijo cuando
no pudo dormir.
Varias semanas después, cuando reunió un poco de valor, Neville
intentó buscar de nuevo el salón. Sin embargo, o las aulas
habían cambiado de lugar, como le dijo su abuela, o se había
perdido o alguien había descubierto que el espejo había sido
usado y se lo llevó a un lugar más seguro. Y Neville no volvió
a reflejarse en la superficie del espejo, aunque una parte
de él se alegraba de haber perdido esa oportunidad.

Las mandrágoras curarían todo, trató de memorizar, no para
un examen sino por su propia seguridad, mientras atendía la
clase de Herbología con la profesora Sprout. Se decía que
había un monstruo suelto, que alguien había abierto la Cámara
de los Secretos para matar a los demás estudiantes. Muchos
culpaban de ello a Harry, su compañero de habitación.
Neville tenía miedo, al igual que todos, y quizá más porque
creía que era más un Squib que un Mago —y se sabía que lo
que viviera en el interior de la Cámara de los Secretos siempre
iba por los hijos de muggles o de muggles y magos o de Squibs.
Pero no le tenía miedo a Harry. Harry era bueno, al igual
que Ron y Hermione. Después de que intentó impedirles que
fueran a buscar la Piedra Filosofal (y que, a la larga, se
tradujo en un inesperado triunfo para la Casa de Gryffindor),
los cuatro se habían vuelto buenos amigos. Neville sabía que
sería bienvenido en su grupo, pero no se animaba a acercarse
tanto a ellos. Los tres siempre estaban tramando algo y él
ya tenía bastante con sus propios estudios, aunque Hermione
le ayudaba a repasar sus lecciones con una paciencia casi
divina.
Y ahora Hermione estaba petrificada. Víctima, junto con
una chica llamada Penélope, de lo que fuera que habitara en
la Cámara de los Secretos.
Las mandrágoras las curarían, al igual que curarían a Justin
y a Colin, e incluso a la Señora Norris, o a cualquiera que
resultara petrificado antes de que se detuviera al monstruo.
Era lo único en lo que podía creer ahora que se rumoraba que
el profesor Dumbledore se marcharía de Hogwarts.
En las mandrágoras.
Sin el profesor Dumbledore, presentía, todo estaría perdido.
El director hablaba frecuentemente con la Abuela, y aunque
Neville no recibía un trato preferencial por lo que había
ocurrido años atrás, sabía —y sentía— que podía confiar en
él. Si algún día lo dominaba la tristeza, existía la confianza
para ir y platicar con el director. Nunca lo había hecho,
pero sabía que podía hacerlo, y eso lo tranquilizaba.
Pero en ese momento sólo pensaba en mandrágoras y en la milagrosa
poción que, de acuerdo con la profesora Sprout, le devolvería
la vida a las víctimas. Porque estar petrificados no podía
considerarse vida. Al igual que estar...
Pensó en las blancas paredes del hospital de San Mungo.
Eso tampoco podría considerarse vida.
Pero no debía pensar en ello.
Sin querer, su mente voló hacia lo que había visto reflejado
sobre el Espejo el año pasado.
¿Las mandrágoras curarían todo?
Por lo pronto, no le quedaba más que esperar y confiar. Confiar
en que Dumbledore regresaría, confiar en que las mandrágoras
sanarían a los enfermos, confiar —justo como la profesora
Sprout lo hacía— en que cada uno de los eventos que ocurren
en esta vida tienen una causa y un efecto, justo como la lluvia
o el sol influyen en un jardín.
Confiar en los milagros.

Snape había vuelto a hacerlo. Había vuelto a humillarlo frente
a todos. Él no tenía la culpa de que los calderos fueran tan
poco resistentes. Pero no era tonto y sabía que todo era parte
de una venganza.
De alguna forma —alumnos, profesores, meter su narizota
donde no le importaba—, Snape se había enterado de lo del
boggart. De cómo en clase del profesor Lupin, el boggart que
se había enfrentado a Neville Longbottom se había convertido
en una réplica perfecta del profesor de Pociones, hasta en
su grasoso cabello.
De haber sido sólo eso, quizá se habría sentido orgulloso
de provocarle terror a un alumno.
El problema era la segunda parte.
Sin querer, Neville sonrió aunque tenía los ojos irritados.
Se había obligado que cada vez que Snape comenzara a abusar
de él, vería en su mente a su profesor más odiado vestido
con las túnicas, el ridículo sombrero y el bolso de la Abuela.
No se atrevía a sonreír, por supuesto, pero al menos se defendía
en un rincón de su mente.
Por primera vez en mucho tiempo, Neville se sentía un poco
más seguro de sí mismo en cuanto a su capacidad como mago.
Había logrado derrotar a ese boggart. Vamos, él le había
dado el golpe final, al reírse abiertamente frente a sus intentos
por asustarlos.
¿Por qué el profesor Lupin le había obligado a hacer eso?
No podía ser sólo para compensar el que Snape se hubiera burlado
de él justo antes de comenzar la clase. Al contrario, era
como si lo tuviera preparado desde antes.
Como si hubiera sabido que todos lo creían un inútil en cuestión
de magia y hubiera querido demostrarle que podía convocarla
a pesar de lo que se dijera o pensara de él. Pudo fallar,
no había ocurrido así. Había derrotado al boggart.
Quizá tenía madera de hechicero después de todo.
Sí, fantaseó mientras se dirigía al invernadero y ocultaba
sus ojos irritados para que Hermione no lo viera (Hermione
siempre platicaba con él después de Pociones para tratar de
animarlo, y no quería que lo viera llorar). Algún día, soñó,
él haría algo grande.
Ya sabía cómo derrotar boggarts.
Tal vez algún día derrotaría a gente como Snape.
Recordó de nuevo el reflejo. A pesar del tiempo que había
transcurrido, la imagen permanecía muy clara en su memoria,
como si la hubiera visto el día anterior. No era un recuerdo
que buscara con frecuencia, e incluso si comenzaba a soñar
con él, despertaba de inmediato. Pero comprendió que venía
a él en los momentos más oportunos.
Cuando dudaba sobre su capacidad, cuando se preguntaba sobre
su futuro, cuando se cuestionaba qué habría para un casi-Squib
en una sociedad donde ser un mago poderoso era lo único que
importaba.
Y aún así, no había querido imaginar qué significaba o qué
podría hacer al respecto.
Ojalá pudiera decirles que sabía cómo derrotar a un boggart.
Pero lo más seguro es que ni siquiera recordarían qué era
un boggart.
O quién era él.
Neville trató de alejar esos pensamientos, concentrándose
en los suaves “croacs” que salían de su mochila. De nada serviría
pensar en algo que no tenia remedio a pesar de lo que hubiera
mostrado la imagen. De momento, se concentraría en Snape vestido
como su Abuela, aunque eso viniera después de una nueva humillación.
Y en minutos podría hundir de nuevo sus manos en la tierra
y, mientras cuidaba sus plantas, todo parecería regresar a
un lugar en donde no podría lastimarlo.

Titubeó en acercársele. Era algo que tenía que hacer, pero
no sabía cómo decírselo. Gracias a ella, esa noche no había
resultado tan infernal como creía.
Llegaría tarde a clase, mejor otro día...
No. Ese día.
Se obligó a dar un paso hacia adelante, y luego otro y luego
otro. Ella no lo vio de momento, concentrada en cubrir las
plantas con una capa de rocío.
Era su última oportunidad de irse...
— ¿Neville?
Completamente sonrojado, alzó la vista. La profesora Sprout
le sonreía, apartándose un mechón de cabello del rostro y,
sin querer, dejándose un rastro de tierra en la cara.
— ¿Olvidaste algo?
Por un instante, Neville no supo qué responder. Alzó la vista,
bajó la vista, volvió a elevarla.
— Yo... eh...
— ¿Está todo bien? —preguntó la profesora, y Neville
identificó preocupación en su voz.
— Sí, claro —mintió de inmediato.— Es que yo sólo
quería... quería...
Tragó saliva, preguntándose por qué tenía la garganta tan
cerrada si la profesora Sprout no era un boggart, ni Snape,
ni nadie a quién tenerle miedo.
— Quería darle las gracias.
— ¿Por qué?
— Por... por haberle dicho al profesor Moody que...
Sprout lo vio con ojos dulces y, con un ademán, le indicó
que la siguiera. Sobre una mesa, había frascos con pus de
bulbotubérculo, los mismos que habían estado reuniendo durante
la clase. Con un ademán, le indicó a Neville que volviera
a ponerse los guantes de piel de dragón y le ayudara a guardarlos.
— No tienes nada que agradecer, Neville. No hice sino
decir la verdad.
Neville bajó el rostro, cuidadosamente limpiando un poco
de pus que se había derramado. Se sorprendió de que no le
temblaran las manos, que era lo menos que podía ocurrirle
después de la clase de Defensa.
Aunque se obligaba a olvidar, todavía recordaba a la araña.
Crucio, había escuchado. A esa orden, la pobre araña se había
estremecido, se había agitado, había sufrido.
Como sus...
Y luego, la sesión de té con Moody. Moody, a quien le daba
pánico observar a la cara porque era un Auror. Porque estaba
cubierto de cicatrices. Justo como sus...
Pero ellos las llevaban por dentro.
Y, sin embargo, Moody se había enterado de algo, razón por
la cual estaba ahí. Una persona creía que él era bueno para
algo.
— Ya quisiera que todos le dieran la importancia a la
Herbología que tú le das, Neville —confió Sprout con voz suave.— Para
muchos de tus compañeros, mi clase no es sino un pretexto
para salir al invernadero en lugar de quedarse dentro del
castillo.
Neville permaneció callado, apilando frascos en una de las
repisas. Sprout se echó el ala del sombrero hacia atrás, permitiendo
que los tímidos rayos del sol tocaran su rostro.
— Las pociones, los hechizos más complicados, muchos
de los rituales... —continuó en parte para sí misma—, todo
es una labor conjunta entre diferentes disciplinas. Pero una
de las más importantes es la Herbología. Sin las hermosas
y útiles plantas, la mitad del trabajo no podría realizarse.
— Me gusta mucho —murmuró Neville.— Cuando trabajo con
las plantas, es como si...
No continuó, pero quizá no fue necesario. Sprout volteó a
verlo, la expresión dulce sin borrarse de su rostro.
— ¿Como si de momento no existiera nada más? —preguntó.
Neville asintió, aunque no la miró a los ojos.
— No te mentiré, —continuó Sprout, guardando los utensilios
que habían empleado.— A veces, pienso que tú deberías
haber sido un Hufflepuff. Me encantaría tenerte en mi casa.
Neville se sonrojó. Era más usual que la gente se negara
a estar con él a que se pelearan su compañía.
— Pero —continuó— el Sombrero decidió colocarte
en Gryffindor. No me quejo, es sólo que un día te marcharás
en plan de aventuras como tus compañeros.
Dijo eso último en son de broma. Lo último que podría esperarse
era ver a Neville en alguna aventura, y el chico lo sabía.
— No lo creo... —respondió, quitándose lentamente los
guantes.
— Ya te veré.
Tras un segundo de silencio, que a él le pareció incómodo
pero que a ella le pareció normal, Neville volvió a alzar
la vista.
— Profesora...
— ¿Sí?
— ¿Y las mandrágoras?
Sprout sonrió, señalando con la cabeza a un rincón del invernadero.
— Creciendo, al igual que los alumnos de esta escuela.
Eso sí, espero que nunca vuelvan a necesitarse.
— ¿Es cierto que pueden curar todo?
De momento, la sonrisa de la profesora se volvió más reservada.
Neville comprendió que ella lo sabía aunque nunca decía nada.
Igual que Dumbledore lo sabía, igual que Lupin lo sabía, igual
que Moody lo sabía, igual que...
Igual que el Espejo.
— En tu segundo curso, insistí mucho con ello porque
todos tenían miedo —confesó Sprout.— Las mandrágoras
curan muchas cosas, pero por desgracia, no todo.
El muchacho bajó la vista.
— ¿Puedo preguntarte algo, Neville?
Por toda respuesta, volvió a verla a los ojos. La mirada
de Sprout se iluminó mientras observaba el invernadero.
— ¿Qué sientes cuando trabajas en el jardín?
El chico no respondió de inmediato.
— No lo sé...
Pero, un instante después, añadió:
— Que algo depende de mí... Que algún día, lo que siembre
brotará aunque ahora no pueda verlo.
— Cuando trabajo en el invernadero, siento lo mismo
—afirmó Sprout.— ¿Sabes? He hablado de esto con el profesor
Snape. Estoy segura de que se pueden injertar diferentes tipos
de plantas mágicas, las mandrágoras incluidas. Él cree que,
de ser así, podrían crearse nuevas pociones medicinales. Hasta
Madam Pomfrey está interesada en nuestro proyecto.
Entonces, la profesora miró a Neville a los ojos, impidiéndole
que apartara la vista.
— No es un trabajo para una sola generación, y mis clases
me dejan muy poco tiempo —afirmó, como si se tratara de un
mensaje en clave entre ambos.
Neville parpadeó, comprendiendo a qué se refería.
— Entonces, lo que hay aquí... —murmuró.
— Es esperanza.
Eso significaba que...
— Entre todos los lugares de este mundo, nada guarda más
esperanza que un jardín.
El chico permaneció en silencio, pensando. Sprout apartó
la mirada y le dijo:
— Cuando necesites hablar con alguien, ven conmigo.
A los chicos de Hufflepuff no les molestará que de vez en
cuando esté con un estudiante de Gryffindor. Igual y podríamos
acondicionar una parte del invernadero para que siembres tus
propias plantas.
Era más amabilidad de la que Neville hubiera recibido en
muchos meses, y de momento no supo qué responder.
Minutos después salió del invernadero, sin recordar a bien
qué le había respondido a la profesora Sprout.
Quizá tuvo algo que ver con mandrágoras. O con milagros.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Neville soñó.
Se vio, adulto, cuidadosamente sembrando retoños en un jardín.
Tomándolos en sus manos y hablándoles con cariño, justo como
sostenía a Trevor.
Siendo parte de esa generación de jardineros que injertarían
plantas milagrosas y curativas.
Se vio tomando su varita para combinar sustancias que habría
obtenido de las plantas, con la misma seguridad que había
mostrado al enfrentarse al boggart.
Se vio preparando una poción sin quemar su caldero, sin la
sombra de Snape acechándolo.
Y vio cómo dos personas la tomaban.
Como sus miradas recuperaban la luz.
Cómo murmuraban una frase.
"Neville, hijo".
Y no despertó aún cuando comprendió que, en sueños, había
vuelto a encontrarse frente al Espejo de Oesed.
Fin.
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