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por Altair
Para Nath, sin
otro motivo mas que... ¡que tengas un cumpleaños genial y
que cumplas muchos más!
Quiero tocar
la luz y el calor
que veo en tus ojos
"En tus ojos", Peter Gabriel
Vista
Los rostros. Podía soportar las voces, el frío, el hambre,
la soledad, incluso la desesperación de saber que era inocente
pero que estaría ahí de por vida (porque lo merecía). Todo,
menos los rostros.
Siempre empezaba con las voces.
– Confié en ti, –decía la primera.– Confié en ti más
de lo que confié en Dumbledore, más de lo que confié en cualquier
otro ser humano. Tú dijiste que de ti dependía, que estaríamos
a salvo. ¿Querrías explicarme por qué ahora mi hijo es huérfano?
– Nos dijiste que habías calculado todo, –añadía la
segunda.– Que no había otra posibilidad y que habías
analizado todas y cada una por días enteros. ¿Por qué entonces
acusaste a un inocente? ¿Por qué lo alejaste de nosotros sin
explicarle los motivos? ¿Cómo fue que no comprendiste quién
era el verdadero traidor?
Debería permanecer con los ojos cerrados, lo sabía, porque
siempre era igual. Pero las voces decían grandes verdades,
y murmurando un "lo siento" abría los ojos sin darse cuenta.
Entonces, veía los rostros.
Hacía años que la piel de James se había vuelto más pálida
que la cera o que el papel, que sus ojos habían perdido toda
la luz, que sus gafas lucían rotas sobre su nariz, que manchas
de sangre cubrían todo su cuerpo.
Hacía años que el cabello de Lily se había quedado sin movimiento,
que permanecía quieto y opaco, y que en lugar de un aroma
a flores emanaba un olor a ceniza.
Hacía años que, al abrir los ojos, sólo veía los cadáveres
de su mejor amigo y de su esposa, acusándolo con ojos muertos.
Durante años, Harry había sido un pequeño bebé con sangre
en la frente, envuelto en mantas que todavía olían a humo.
Peter se había convertido en risa, en su propia risa resonando
en sus oídos. En sangre sobre el piso, en una ráfaga de calor
y de polvo que destruía y asesinaba.
No se atrevía a pensar en Remus. Porque podía soportar (a
veces más, a veces menos) las voces y los rostros de sus víctimas,
pero sabía que si pensaba en él, en sus ojos encontraría la
inocencia que no había podido ver antes. Eso lo volvería loco.
Todavía más.
Así, Sirius pasaba sus días y la mayor parte de sus noches.
En ocasiones cuando se convertía en Padfoot, sus orejas caninas
amortiguaban el sonido, pero no siempre lo lograban del todo.
Además, los perros podían ver fantasmas, y aunque fueran sombras,
sabia a quiénes le pertenecían.
Oído
La juventud significa ruido. Porque el ruido era vida. Dicen
que nunca se está más vivo que cuando se es joven.
Se preguntó cómo sus maestros podían soportarlo. Sin duda
que era por vocación. Eso, y ahora podía entender más a Madam
Pince y el por qué consideraba al ruido como uno de los mayores
pecados que podían cometerse dentro de la biblioteca.
Recordó al ruido que parecía seguirlos a cada rincón de
la escuela. Siempre eran conversaciones, gritos de un lado
al otro de los salones, vítores en el Campo de Quidditch combinados
con las instrucciones de los capitanes o de los árbitros;
todo eran planes y proyectos y maldades y todas se comunicaban
con palabras y con indicaciones en clave, y de repente todo
se convirtió en explosiones y en gritos de dolor y en llanto
y en sollozos y en reclamos que provenían de las sombras y
en súplicas de perdón.
Esas oleadas de ruido lo habían acompañado durante años,
desde el Gran Comedor de Hogwarts hasta su diminuta celda
en Azkaban.
Ahora lo rodeaba lo más parecido al silencio que había conocido.
El viento susurraba en los árboles, agitando las ramas más
delgadas y tirando las hojas más viejas. La primera vez que
escuchó el sonido de pisadas sobre el pasto estuvo a punto
de huir, hasta que descubrió que las producían sus propios
pies. Los llamados de los animales que sólo se atrevían a
salir de noche se combinaban en una especie de sinfonía que
lo arrullaba de manera parecida a como haría el oleaje del
mar. Los maullidos del gato anaranjado cuando lo llamaba,
o los ladridos del perro negro que había detectado a un amigo
y lo invitaban a jugar lo hacían sentir casi humano, incluso
cuando estaba transformado.
Si eso era silencio, nunca pensó que podría disfrutarlo
tanto.
Su mente, acostumbrada durante su juventud a la actividad
constante, no podía descansar durante el día. Iba del Petermalditarataséqueteestásescondiendosalmalditocobarde"
al "Harryhascrecidomuchísimoyyonoloviytuspadrestampocoyfuepormiculpa"
al "RemusquehacesaquiDumbledoretellamóapropósitoparaquemedetengasverdad",
y eso le permitía concentrarse en dónde estaba y en lo que
debía hacer.
Pero durante la noche, se prohibía pensar.
En el Bosque Prohibido, la obscuridad era mucho más profunda
que en Azkaban. Cuando estaba dentro de su celda, alcanzaba
a ver la luz de las antorchas en el pasillo a través de la
rendija que había entre su puerta y el piso. Entre los árboles,
en cambio, la obscuridad era interrumpida únicamente por la
ocasional luz de las estrellas y de los rayos de luna, o por
las luciérnagas que se aventuraban a la entrada del bosque
y que, instantes después, preferían regresar al campo de Quidditch.
Envuelto por ese silencio, Padfoot se tiraba sobre el piso,
tentado a convertirse en humano pero prefiriendo no hacerlo
en una precaución extrema. El silencio y la obscuridad lo
rodeaban como si estuvieran hechos de terciopelo parecido
a las cortinas de su cama allá en Grimmauld Place.
Era la primera vez en años que, por respeto al silencio,
pensaba dos veces antes de decir alguna palabra en voz alta.
Incluso su propio nombre.
Tacto
A pesar de todo, no quería pronunciar la palabra.
Había aprendido que era la palabra más cruel del mundo, y
cada vez que pensaba en ella, como si lo tentara a pronunciarla,
sabía que su corazón estaba en más peligro que en aquella
calle de Londres en esa mañana de noviembre.
Había palabras que era mejor no pronunciar y dejarlas al
cuidado del silencio.
Y como no hablaba, tocaba. Las palmas de sus manos, tan
maltratadas después de años dentro de Azkaban, parecían estar
regresando a la vida. Como si hubiera vuelto a nacer y tuviera
que descubrir absolutamente todas las texturas del mundo antes
de iniciar su camino.
El sol tropical tocaba su piel con la suavidad de una caricia
pero con el poder del mayor de los astros. Había perdido la
costumbre de sentirlo contra su rostro. El primer día dudó
por un par de horas si salir o no de la sombra que lo protegía,
si el contacto del sol contra su piel sería la pesadilla más
cruel de todas y si despertaría para encontrarse de nuevo
en el congelante frío de Azkaban. Cuando finalmente se atrevió
a salir al sol, no regresó bajo techo hasta que hubo transcurrido
un rato muy largo.
Al final del día, su piel se había quemado: su nariz estaba
completamente enrojecida y no dudó que la aparecieran ámpulas
en la espalda. Pero el dolor le recordaba que podía sentir
porque seguía vivo y estaba libre, y daba gracias por ello.
Sentía la arena caliente debajo de sus pies y a veces apretaba
puños de ella entre sus dedos, sintiendo su áspera textura
aunque, al dejarlos escapar, le dejaran heridas en la piel.
A veces se metía el mar para recordar la sensación del agua
contra su cuerpo, y permitía que el agua lo cubriera por completo
para inhibir todos sus sentidos a excepción del tacto. Cuando
mandaba mensajes a Harry, acariciaba largo rato las plumas
de las aves multicolor que le enviaba, acostumbrándose de
nuevo a tocar algo suave y vivo aunque con ello provocara
los celos de cierto hipogrifo.
Era entonces que Sirius se sentía más tentado a pronunciar
la palabra en voz alta, pero todavía no quería hacerlo.
Embriagarse en texturas acallaba su voz y lo tentaba al
mismo tiempo.
Pero un día, a la distancia, alcanzó a ver que alguien se
aproximaba a su refugio en aquella distante isla. Maldijo
el que todavía no hubiera recibido la nueva varita que Dumbledore
había prometido que le conseguiría y se transformó en Padfoot,
listo para atacar el cuello de quien se acercara. Lo único
que le tranquilizaba era que el calor impediría que los Dementores
lo encontraran.
Hasta que vio que era un hombre de piel pálida, cabello
castaño y ojos de miel, con una permanente sonrisa en los
labios que lo llamaba en voz baja, como si supiera que se
escondía ahí. Recordó que había muchas texturas que todavía
no recuperaba porque le pertenecían a otros seres humanos.
Y sin darse cuenta, pronunció la palabra que finalmente había
regresado a su vida.
Esperanza.
Gusto
Los demás (entendiéndose por demás a James,
Moony, Lily y la rata maldita rata) sabían que era su platillo
favorito; prácticamente celebraba cada vez que lo servían
en el Gran Comedor. Ignoraba quién más podría saberlo; tal
vez su madre, pero dudaba que lo hubiera recordado hacia la
época de su muerte –y de cualquier modo, dudaba que se lo
hubiera preparado.
Eso sí, era difícil explicar las razones de por qué le gustaba
tanto ese tipo de sabor.
Era mucho más fácil que los demás comprendieran cuando el
platillo era dulce. Por ejemplo, a Moony le encantaban los
chocolates desde que tenía uso de razón. Podía pasar horas
en Honeydukes probando muestras y seleccionando cuáles eran
los mejores con una seriedad sólo comparable a la de un catador
de vinos. Después, podía pasar horas con una sola tableta,
lamiéndola o mordisqueándola mientras revisaba un libro nuevo
o conversaba con alguien más. Disfrutaba tanto del chocolate
que a veces era obsceno verlo mientras comía uno.
También era mucho más fácil explicarse cuando el platillo
era ligeramente ácido. Por ejemplo, a Lily le habían encantado
los caramelos acidulces de Honeydukes; no en vano James había
sido inusualmente sabio al regalarle una bolsita de gusanos
fosforescentes durante su primera cita. Incluso cuando se
convirtió en madre de familia, Lily siempre había tenido en
la cocina un frasco de gusanitos protegido con un hechizo
que impedía que padre o padrino robaran alguno.
También era sencillo preferir los sabores amargos. Desde
muy joven, a Prongs le había fascinado el café aunque lo tomaba
sin leche y sin azúcar, a la americana, muchísimas gracias.
Quizá su madre lo había acostumbrado a ello, porque recordaba
sus profundos lamentos al inicio de cada curso mientras todos
tomaban té, leche y jugo de calabaza. James decía que sin
esa bebida amarga que sabía a rayos no podía enfrentarse al
resto del día, por más que Moony le dijera que el té poseía
cantidades semejantes de cafeína.
Pero a Sirius le había gustado el incomprensible sabor a
sal, incluso antes de comprobar que no había nada más salado
que las lágrimas. En Honeydukes, escondidas entre pilas de
dulces, había golosinas preparadas con recetas extranjeras
que tenían un poco de sal. Cada vez que las encontraba, gastaba
una cantidad considerable en ellas por si no podía conseguirlas
después.
En Azkaban había soñado con ellas, seguro de haber recordado
su sabor con todo detalle, para descubrir que había llorado
mientras dormía y que sus lágrimas habían alcanzado sus labios.
Pero había un sabor que le gustaba un poco más el de la
sal. ¿Cómo lo había sabido Harry?
Eso, o su ahijado era terriblemente perceptivo. Mira que
llevarle una cesta llena de pollo...
Olfato
Si Azkaban era el infierno, Grimmauld Place era sólo uno
de sus suburbios. Visto desde esa perspectiva, las cosas podrían
ser peores.
La mayor ventaja que encontraba de estar encerrado dentro
de la casa de sus padres era que, a diferencia de en Azkaban,
había muchas alternativas para distraerse: ayudar a Molly
a restaurar el lugar, participar hasta en la junta más inútil
de la Orden del Fénix, hablar con Moony sobre los viejos tiempos
y sobre lo mucho que extrañaba a James, perdón, a Harry...
O al menos eso le había parecido al inicio.
Meses después, sus alternativas eran mucho menos sutiles.
– Mira lo que conseguí –canturreó Mundungus con voz pícara,
arrastrando levemente las palabras.
El ladronzuelo abrió el enorme abrigo harapiento que solía
usar y, al hacerlo, un fuerte olor a tabaco llenó la estancia,
si bien no fue lo único que sacó de sus bolsillos.
El olor a tabaco pareció intensificarse cuando Sirius se
acercó a recibir el nuevo contrabando que Fletcher había conseguido.
– ¿Tequila? –preguntó.
– Certificado de origen –respondió Mundungus, mirando la
botella del transparente líquido con una expresión codiciosa.– Importado
desde América. Destinado a una carísima tienda muggle de esta
ciudad. ¿Qué culpa tengo de que se les hayan perdido algunas
botellas y de que casualmente las haya encontrado?
Sirius abrió la botella y, de inmediato, el fuerte aroma
del alcohol alcanzó su cerebro. Era un olor picante pero dulzón
al mismo tiempo, más intenso que el del Firewhiskey que llenaba
la fina cava de los Black.
Por primera vez en mucho tiempo, el olor a cenizas que permanecía
en su mente pareció disminuir.
– Ya que nuestra querida tirana está con su esposo en la
Madriguera, pensé, ¿por qué no hemos de alegrar al viejo Sirius?
Y me respondí que era lo correcto, que no en vano el viejo
Sirius es el único que confía en algunos de nosotros. Una
botella de estas puede cotizarse muy bien por estas tierras
y...
– Toma lo que quieras de las reliquias de mi padre –respondió
Sirius sin darle importancia, la vista fija en el líquido
transparente que, al moverse, parecía intensificar su aroma
y borrar aún más el de las cenizas.
Mundungus no respondió de inmediato. Sonrió débilmente,
como quien siempre está escondiendo algo, y añadió:
– No, Sirius. Será otro día.
En eso, la puerta se abrió. Ninguno había escuchado que
alguien llegara a la casa, así que sólo podía ser la otra
persona que tenía llaves de la misma.
Remus había estado a punto de saludar, pero permaneció en
silencio. El aroma a Tequila y a tabaco llenaba la habitación,
aun cuando todavía no lo servían en los vasos que Mundungus
había sacado durante su conversación. Sirius ya había pensado
en varias explicaciones y justificaciones, en un "Moony, tú
no llevas años aspirando únicamente el olor de las cenizas
y esto es lo único que consigue borrarlas", y estuvo a punto
de decirlas al descubrir una preocupación obvia en la siempre
expresiva mirada de su amigo.
Pero éste dejó su abrigo sobre una silla y, mientras tomaba
un tercer vaso, dijo:
– ¿Saben? Según leí, esto debe tomarse con limón y
sal.
Epílogo
Podía recordar todas y cada una de las ocasiones en las
que sus sentidos se habían inundado. La exactitud y precisión
de su lista de recuerdos lo asustó más que lo que estaba ocurriendo.
La vida, su vida, había sido un desfile constante de sensaciones.
Pero no habían llegado solas, y cada recuerdo traía emociones
y sentimientos consigo.
Aún así, no se comparaban en nada con lo que estaba percibiendo.
Primero, se había visto rodeado por la obscuridad y el silencio
más intensos del mundo, en un contraste total con la confusión
que los había precedido. Pero, a diferencia de Azkaban o del
Bosque Prohibido, parecía envolverlo en calor.
Al mismo tiempo lo había rodeado el silencio. Pero no era
ese vacío sordo parecido a cuando su madre lo encerraba en
su cuarto y le prohibía a Regulus acercarse durante toda la
noche. Era, más bien, un silencio semejante al que se percibía
debajo del agua.
¿Era su imaginación o la obscuridad lo acariciaba? Porque
si era así, su piel nunca había estado tan sensible.
Cuando inició la caída (que al parecer todavía no terminaba),
había notado un sabor amargo en sus labios. Lo conocía lo
suficiente para saber que era miedo. Pero el sabor había desaparecido,
y en su lugar le parecía percibir un poco de deliciosa sal.
Sal y limón con Tequila, inundando su nariz, desapareciendo
las cenizas para siempre, pero no en una insensata necesidad
de huir sino de disfrutar.
Sobre todo, se sentía protegido.
De repente, su caída se interrumpió.
Antes de que pudiera reaccionar, de que pudiera llamar a
Harry o a Remus (que lo haría), o de que pudiera suplicar
una segunda oportunidad por ellos y no por él (que la pediría
sin obtener respuesta), o de preguntarse qué seguía (que ya
lo descubriría), recuperó su último sentido.
Hasta entonces, notó que había cerrado los ojos; al abrirlos,
se vio rodeado por una luz muy intensa que era todavía más
cálida y protectora de lo que había sido la obscuridad.
– Te esperábamos más tarde, Padfoot. Pero si ya estás
aquí, ¿qué le vamos a hacer?
Y volvió a ver los rostros de James, quien sonreía, y de
Lily, quien contenía la risa, mientras lo miraban recostado
sobre el suelo del lugar al que había llegado. Ambos habían
vuelto a ser jóvenes y hermosos, llenos de color y de vida.
Supo que él luciría igual.
Y, aunque estaba muerto, se sintió más vivo que nunca.
Fin.
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