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por Altair
Para Nath
No era justo. Era todo lo que podía pensar mientras, desde
un sillón, observaba el fuego que crepitaba en la chimenea.
No, no era justo.
Comprendía las razones. Era una injusticia, pero entendía
los motivos de Dumbledore. Eso no significaba, por supuesto,
que dejara de sentir enojo o tristeza, que los motivos del
líder le parecieran absurdos y que lo único en lo que pudiera
concentrarse, en contraste con su usual actividad, era en
las llamas que subían, bajaban y constantemente cambiaban
de tonalidad dentro del hogar. Sirius no sentía calor, pero
el fuego al menos impedía que sintiera el frío que dominaba
su corazón.
¿Cómo era posible que Dumbledore confiara más en Snape que
en él?, pensaba. ¿Que el estúpido grasoso bueno para nada
estuviera afuera, arriesgando su vida por su causa, mientras
él se refugiaba en Grimmauld Place, acompañado sólo por el
maldito elfo doméstico de su madre y por una capa de polvo
de años de espesor?
Podía comprender las razones por las cuales tenía que quedarse
ahí, pero no aceptarlas. Y su única respuesta, de momento,
era sentarse frente a la chimenea y observar las hipnóticas
llamas, como si su bailoteo constante fuera lo único seguro
que existía en su mundo.
Afuera llovía, como era tradición en su país, pero sentiría
que el mundo se le caía encima aunque el día estuviera soleado
y brillante.
James le había pedido que fuera su Guardián del Secreto. Había
aceptado de inmediato, por supuesto, y aunque sentía cierta
inquietud (lógica y entendible), no tenía miedo a que lo mataran
si era por defender las vidas de la familia de su mejor amigo.
Como el tiempo no se detenía, cada vez que quería concentrarse
en lo que tenía que hacer, contra su voluntad sentía cierta
tristeza. Era rabia porque las cosas hubieran tenido que llegar
a ese extremo, dolor por la obvia traición de Remus, impotencia
de saber que James, Lily y su adorado Harry tendrían que esconderse
y que tal vez nunca volvería a verlos...
Sirius nunca demostraba esas emociones, y se conformaba con
arrojarlas hacia lo más profundo de su corazón, donde no pudieran
hacerle daño.
Pero esa tarde había sido diferente. Ni siquiera podía decir
qué lo había provocado: Sólo sabía que en un instante se había
sentido animado y al siguiente que el suelo había prácticamente
desaparecido, como si nada valiera la pena y todos hubieran
sido condenados, incluso desde el momento de su nacimiento.
El problema era que había ocurrido justo en la casa de James
y de Lily. Todas las tardes les llevaba noticias de la Orden,
y ésa no había sido la excepción.
Por fortuna, James lo había visto en los peores momentos
de su vida, y con una prudencia que muy pocos sabían que poseía,
le propuso a Lily que lo dejaran solo un rato.
Sirius sentía la casa de James como si fuera suya. Así que
había movido el sillón hacia un lugar frente a la chimenea,
había subido los pies y abrazaba sus piernas contra su pecho.
Miraba fijamente el fuego, pensando en mil cosas a la vez
sin concentrarse en ninguna, y aliviado de que al fin podía
controlar las lágrimas que habían llenado sus ojos sin aviso
alguno y que habían amenazado en derramarse.
No tenía la menor idea de cuánto tiempo había pasado así.
Sólo que de repente notó que alguien estaba junto a él. De
reojo, alcanzó a ver que era Lily. Ella le extendía algo y
lo tomó casi mecánicamente.
La taza calentó sus manos de inmediato, y poco a poco el
calor empezó a extenderse al resto de sus brazos. Era chocolate
caliente, con todo y un toque de crema batida.
Sirius alzó la mirada y se topó con los ojos de Lily. Intentó
decir algo, pero antes de que se le ocurrieran las palabras,
ella sonrió, asintió y regresó a la cocina.
Durante el resto de su vida, Sirius recordaría ese primer
sorbo de chocolate y cómo lo había calentado poco a poco.
Sobre todo cuando no lo rodeara más que frío.
Comprendió que estaba en el mismo lugar donde se acurrucaba
cuando era niño. El mismo sillón, la misma chimenea, casi
la misma posición. Cuando su madre se enojaba y lo regañaba,
o cuando peleaba con Regulus y no encontraba la forma de congraciarse
con él. Era curioso cómo todo regresaba a su mente, y dado
que eran los recuerdos de su infancia, no supo si alegrarse
o alarmarse. El único sonido, aunque apagado, era el de la
lluvia golpeando contra la casa.
Alguien se aclaró la garganta junto a él. Sirius alzó la
vista y no le sorprendió ver a Remus a su lado.
Aunque no le ocultaba ningún secreto, por un instante esperó
que no le preguntara qué le ocurría. No estaba inspirado para
mentirle, y confesar lo que pensaba no sería sino repetir
la queja que habría dicho cientos de veces hasta ese momento.
Pero Remus no le dio oportunidad y le extendió una taza.
Sirius la sujetó y lo miró en silencio. Remus, por toda respuesta,
se sentó a su lado, en el piso. En su otra mano, traía una
taza idéntica.
Por su actitud, Sirius comprendió que no le preguntaría nada.
Pero también que no lo dejaría estar solo, y menos en ese
estado de coraje, de impotencia y de rabia.
No se dio cuenta de que sonrió apenas le dio un trago a la
bebida. Por supuesto, era chocolate.
Fin.
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