Le tengo muchísimo cariño a este fic. No es muy largo, pero es preciosísimo. Además, llegó en un momento donde no me sentía nada bien. De hecho, me identifiqué con Sirius en muchos puntos, entre otras cosas, porque en ese momento fui yo quien pidió chocolante. XD De ahí que le tenga gran cariño. ¡Gracias, MJ!

 

 

Lluvia y chocolate

por Altair

Para Nath

 

No era justo. Era todo lo que podía pensar mientras, desde un sillón, observaba el fuego que crepitaba en la chimenea. No, no era justo.

Comprendía las razones. Era una injusticia, pero entendía los motivos de Dumbledore. Eso no significaba, por supuesto, que dejara de sentir enojo o tristeza, que los motivos del líder le parecieran absurdos y que lo único en lo que pudiera concentrarse, en contraste con su usual actividad, era en las llamas que subían, bajaban y constantemente cambiaban de tonalidad dentro del hogar. Sirius no sentía calor, pero el fuego al menos impedía que sintiera el frío que dominaba su corazón.

¿Cómo era posible que Dumbledore confiara más en Snape que en él?, pensaba. ¿Que el estúpido grasoso bueno para nada estuviera afuera, arriesgando su vida por su causa, mientras él se refugiaba en Grimmauld Place, acompañado sólo por el maldito elfo doméstico de su madre y por una capa de polvo de años de espesor?

Podía comprender las razones por las cuales tenía que quedarse ahí, pero no aceptarlas. Y su única respuesta, de momento, era sentarse frente a la chimenea y observar las hipnóticas llamas, como si su bailoteo constante fuera lo único seguro que existía en su mundo.

Afuera llovía, como era tradición en su país, pero sentiría que el mundo se le caía encima aunque el día estuviera soleado y brillante.
James le había pedido que fuera su Guardián del Secreto. Había aceptado de inmediato, por supuesto, y aunque sentía cierta inquietud (lógica y entendible), no tenía miedo a que lo mataran si era por defender las vidas de la familia de su mejor amigo.

Como el tiempo no se detenía, cada vez que quería concentrarse en lo que tenía que hacer, contra su voluntad sentía cierta tristeza. Era rabia porque las cosas hubieran tenido que llegar a ese extremo, dolor por la obvia traición de Remus, impotencia de saber que James, Lily y su adorado Harry tendrían que esconderse y que tal vez nunca volvería a verlos...

Sirius nunca demostraba esas emociones, y se conformaba con arrojarlas hacia lo más profundo de su corazón, donde no pudieran hacerle daño.

Pero esa tarde había sido diferente. Ni siquiera podía decir qué lo había provocado: Sólo sabía que en un instante se había sentido animado y al siguiente que el suelo había prácticamente desaparecido, como si nada valiera la pena y todos hubieran sido condenados, incluso desde el momento de su nacimiento.

El problema era que había ocurrido justo en la casa de James y de Lily. Todas las tardes les llevaba noticias de la Orden, y ésa no había sido la excepción.

Por fortuna, James lo había visto en los peores momentos de su vida, y con una prudencia que muy pocos sabían que poseía, le propuso a Lily que lo dejaran solo un rato.

Sirius sentía la casa de James como si fuera suya. Así que había movido el sillón hacia un lugar frente a la chimenea, había subido los pies y abrazaba sus piernas contra su pecho. Miraba fijamente el fuego, pensando en mil cosas a la vez sin concentrarse en ninguna, y aliviado de que al fin podía controlar las lágrimas que habían llenado sus ojos sin aviso alguno y que habían amenazado en derramarse.

No tenía la menor idea de cuánto tiempo había pasado así. Sólo que de repente notó que alguien estaba junto a él. De reojo, alcanzó a ver que era Lily. Ella le extendía algo y lo tomó casi mecánicamente.

La taza calentó sus manos de inmediato, y poco a poco el calor empezó a extenderse al resto de sus brazos. Era chocolate caliente, con todo y un toque de crema batida.

Sirius alzó la mirada y se topó con los ojos de Lily. Intentó decir algo, pero antes de que se le ocurrieran las palabras, ella sonrió, asintió y regresó a la cocina.

Durante el resto de su vida, Sirius recordaría ese primer sorbo de chocolate y cómo lo había calentado poco a poco. Sobre todo cuando no lo rodeara más que frío.

Comprendió que estaba en el mismo lugar donde se acurrucaba cuando era niño. El mismo sillón, la misma chimenea, casi la misma posición. Cuando su madre se enojaba y lo regañaba, o cuando peleaba con Regulus y no encontraba la forma de congraciarse con él. Era curioso cómo todo regresaba a su mente, y dado que eran los recuerdos de su infancia, no supo si alegrarse o alarmarse. El único sonido, aunque apagado, era el de la lluvia golpeando contra la casa.

Alguien se aclaró la garganta junto a él. Sirius alzó la vista y no le sorprendió ver a Remus a su lado.

Aunque no le ocultaba ningún secreto, por un instante esperó que no le preguntara qué le ocurría. No estaba inspirado para mentirle, y confesar lo que pensaba no sería sino repetir la queja que habría dicho cientos de veces hasta ese momento.

Pero Remus no le dio oportunidad y le extendió una taza.

Sirius la sujetó y lo miró en silencio. Remus, por toda respuesta, se sentó a su lado, en el piso. En su otra mano, traía una taza idéntica.

Por su actitud, Sirius comprendió que no le preguntaría nada. Pero también que no lo dejaría estar solo, y menos en ese estado de coraje, de impotencia y de rabia.

No se dio cuenta de que sonrió apenas le dio un trago a la bebida. Por supuesto, era chocolate.



 

 

Fin.

 

 

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