Para mi cumpleaños en el 2005, Altair me hizo un hermosísimo regalo. Es hermoso no sólo por el fic, sino por lo que significa que escribiese sobre éste tema y sobre éste fic en particular. Contiene spoilers del mejor (con diferencia) fic de Saint Seiya que existe en castellano: "La Batalla de los Doce Tresors", escrito por la propia Altair. Si no os lo habéis leído, no tenéis perdón, y, además, no podréis apreciar el fic que sigue en su totalidad, y es una lástima, porque es precioso. Una vez más, ¡gracias, MJ!

 

 

En teoría.

(Un fic de Saint Seiya parcialmente basado en el MF, que al fin y al cabo es otro fic y por tanto no debe tomarse demasiado en serio.)

por Altair

Para Nath con muchísimo cariño, porque es medio difícil enviar un pastel de cumpleaños al otro lado del mundo y que no llegue duro como piedra.

 

  - Hay una teoría que explica de dónde obtenemos nuestra fuerza. El Maestro Crystal me la dijo..

  - ¡Ya lo sé, a mí también me la dijo! -respondió, feliz de poder compartir una de las enseñanzas que había recibido.- De las estrellas, sobre todo de nuestra constelación protectora.

  - No. De que somos huérfanos.

Hyoga no supo qué responder, así que prefirió permanecer en silencio. Lo que sí sabía era que Isaac no había tenido la intención de lastimarlo. ¿Cómo podría, si él también era huérfano?

Aunque sólo tenían 13 años, Isaac y Hyoga ya se consideraban viejos amigos. Los dos aprendices de Caballero, aspirantes a la congelada Armadura de Cygnus, habían crecido prácticamente juntos. Hyoga apenas si se acordaba de su estancia en Oriente, como si toda su vida la hubiera pasado en Siberia, bajo la tutela de Crystal, escuchando historias sobre Camus de Acuario y en sana competencia con Isaac.

Pero había una época que sí recordaba con claridad absoluta y con total amor. Por ello, y sin atreverse a comentar al respecto, miró a Isaac de reojo.

Como imaginaba, su rostro no mostraba emoción alguna a pesar de la teoría que le había sido revelada.

  - En teoría -continuó Isaac, sin atreverse a mirar de frente a su mejor amigo-, como somos huérfanos no tenemos lazos que nos aten a otras personas.

Hyoga esperaba que, como le ocurría siempre que hablaba del heroico destino que le aguardaba, Isaac comenzara a emocionarse. Pero su mejor amigo sólo miró hacia el horizonte, como si no existieran las heladas superficies que formaban su hogar y que los protegían del exterior y su vista pudiera alcanzar hasta el Santuario donde vivía su diosa.

  - Cuando Atenea nos pida que luchemos por la justicia en su nombre, nada nos detendrá. No dudaremos ni sentiremos miedo, y sin temor arriesgaremos nuestras vidas para defenderla.

A lo lejos, sólo vieron una parvada de cisnes que iniciaba el vuelo. Todos juntos, como si fueran una familia.

Sin apartar la vista de las aves, Hyoga comprendió que no creía en esa teoría aun cuando su Maestro sí lo hiciera. Él no tenía lazos que lo ataran a familiar alguno, pero no estaba solo. Estaban Crystal e Isaac, y algún día conocería a su admirado Camus. Y estaba su secreto, el que nunca le había revelado a nadie.

  - La verdad, ¿lo crees? -le preguntó.

  - No.

Pareció como si Isaac hubiera respondido sin pensar, pues titubeó antes de continuar.

  - La verdad -confesó finalmente-, ser huérfano no significa que no sienta miedo cuando entrenamos debajo del polvo de diamante. No creo que no tener familia signifique que te vuelvas valiente de inmediato.

Hyoga se sintió aliviado al escucharlo, e incluso sonrió débilmente.

Desde aquella horrible noche, había descubierto que había cosas que no podía contar; era como si pronunciarlas en voz alta pudiera convertirlas en realidad, aunque ya lo eran. Eso significaba que poseía secretos que no le había confiado a nadie, ni a Isaac ni a Crystal, y menos aún a alguno de los chicos que había conocido en Oriente. A veces Crystal lo observaba en silencio, como si adivinara su secreto o lo compartiera, pero no había dicho nada al respeto y Hyoga no había preguntado.

  - No tener a nadie que te espere no te vuelve más fuerte -sentenció Isaac, sacándolo de sus pensamientos-. Significa que estás solo y que a nadie le importa si te hieren o te matan.

Mientras decía las últimas palabras, había desviado la mirada del horizonte, como si demostrar sus dudas probara que no era digno de ser un Caballero Ateniense y, por tanto, no mereciera mirar en dirección a Grecia. Era raro que Isaac no sintiera entusiasmo y Hyoga afirmó al instante:

  - A mí me importas.

No sabía que una frase tan sencilla pudiera devolver la sonrisa al rostro de Isaac.

  - Eso significa que a alguien le importará si me muero, ¿no? -respondió con una intención levemente traviesa-. Y a mí me importará si mueres.

  - Podrías poner una inscripción en mi tumba -dijo Hyoga, siguiéndole el juego-. ”Aquí yace Hyoga de Cygnus, el Caballero Ateniense del Hielo”.

  - ¿Y quién te dice que tú ganarás la Armadura de Cygnus? -protestó Isaac, fingiendo indignación-. Tu tumba dirá: “Aquí yace Hyoga, Caballero del Pato”, y confórmate con eso.

Fue el turno de Hyoga de fingir que estaba molesto, y más cuando recibió una bola de nieve en el rostro a manera de conclusión.

En instantes, la lúgubre conversación entre los dos aprendices se convirtió en una batalla que prometía durar largas horas, acostumbrados como estaban al frío y a la nieve. Lo habría hecho de no ser por Crystal, quien los mandó a entrenar antes de la cena con el pretexto de que obviamente tenían demasiada energía.

Mientras golpeaban en silencio el muro de hielo eterno, a Hyoga se le ocurrió algo. Tal vez algún día podría hablarle a Isaac sobre su mamá. Podría compartir su secreto con él. Y tal vez le ayudaría a rescatarla de su prisión submarina.

 

 

Había tantas cosas que quería decirle ahora que finalmente volvían a estar frente a frente. Y, sin embargo, lo único que atinó a hacer fue a seguirlo en silencio hacia el interior del Templo de Acuario, en preparación del que sería el último combate entre ambos.

Del que tal vez sería el último combate de toda su vida.

Un dolor sordo recorría su cuerpo. A cada paso, el ataque de Milo de Escorpio le recordaba la lección que Camus de Acuario, Maestro de su Maestro, había querido enseñarle un par de horas antes. No debía tener sentimientos, no debía amar a nadie, debía soltar los lazos con el pasado si quería convertirse en un verdadero Caballero Ateniense...

¡Pero había tantos huecos en esa teoría! ¡Tantas contradicciones, tantas irrealidades!

Hyoga no tenía mucho de haber despertado, pero había meditado en minutos lo que otras personas tardarían una vida entera en descubrir.

"No alcanzas a verlo, ¿verdad, Camus?", pensaba mientras lo seguía el silencio, el sonido de sus pasos el único que rebotada contra las paredes del Templo. "Me separaste para siempre de mi madre porque querías acabar con mis recuerdos. Pero está más cerca de mí que antes."

No se atrevió a alzar la vista, aun cuando sólo vería la espalda del Santo. Aunque fuera en pensamientos, lo estaba desafiando.

"Alcanzo a sentirla. Me acompaña. No importa que nunca volveré a verla, nunca me había sentido tan unida a ella."

No era la única persona a quien alcanzaba a percibir. A cada instante, la mente de Hyoga regresaba a su pasado.

Casi podía ver a Crystal entre las sombras, ansioso y en silencio ante el inminente combate entre su respetado Maestro y su amado Alumno. Hyoga no se atrevía a adivinar sus sentimientos.

No podía percibir del mismo modo a Isaac, pero sabía que estaría de su lado desde el Paraíso. A pesar de cómo había reaccionado cuando finalmente le confesó su secreto, él tampoco había creído en la teoría de la que habían hablado aquella tarde.

Sin duda ahí estaba la mayor contradicción de la trama. Le habían insistido desde muy joven que lo mejor que podía pasarle a un aspirante de Caballero era ser huérfano. De hecho, no le había sorprendido averiguar que los aprendices nacidos en Grecia nunca conocían a sus padres, aun cuando pudieran convertirse en sus enemigos sin que ellos lo supieran.

Y, sin embargo, Atenea siempre hablaba de amor.

De no encontrarse en una situación tan seria, Hyoga sonreiría con una burla ligera. "¿Realmente crees en esa idea del amor universal, Camus?", le preguntó en silencio mientras lo seguía a otra estancia. "¿Realmente crees que un Caballero puede pelear por el Amor si nunca ha amado a nadie?

¿A quién habría amado Camus? ¿A sus alumnos? ¿A Hyoga mismo?

¿A Milo, quien se había proclamado como amigo suyo?

Pensó en Seiya y en Shun, quienes se dirigían hacia la Casa de Piscis. En Ikki y en Shiryu, quienes ya descansaban junto con Aioros y otros tantos héroes. En Saori, herida y cada vez más cerca de la muerte.

No, comprendió Hyoga. La teoría estaba equivocada. El Amor sólo podía impulsar a quienes lo hubieran conocido. Si no se tenía a nadie, ¿por qué arriesgarse, incluso en nombre de Atenea?

La falta de lazos no lo hacía más valiente. ¿Camus no se había ocupado de romper todos sus lazos? Si la teoría era correcta, ¿por qué sentía el miedo en la boca del estómago?

Pero haría lo que Camus esperaba de él, y dejaría de lado los lazos y olvidaría que había crecido admirando su nombre y escuchando todas sus hazañas y logros. Lo vería como a cualquier otro hombre y lo mataría aunque con ello volviera a destrozar su corazón. Que parecía ser lo único que un Caballero Ateniense realmente necesitaba aprender.

Nunca pudo decirle a Camus que, mientras combatían, escuchó claramente la voz de su madre —sí, de aquélla a quien debía haber olvidado— rogándole que despertara para que pudiera vivir.

 

 

En teoría, y sólo en teoría, parecía que el destino había decidido que Hyoga de Cygnus sería el mejor de los Caballeros Atenienses. Eso, o no lo habría enfrentado constantemente contra el pasado y contra aquéllos a quienes había amado.

Había comentado algunos de sus secretos con sus amigos, pero ni siquiera Atenea los conocía todos, al menos de sus labios. Seiya sabía que había matado al Maestro Crystal porque lo había alcanzado en Siberia. Desde aquella batalla con Ikki, cuando colocó la Cruz del Norte en su tumba, los demás habían sabido sobre su madre, aunque no conocían las circunstancias alrededor de su muerte. Y era lógico que había tenido que matar a Camus de Acuario durante la Batalla de las Doce Casas, o no habría podido combatir en la pelea final contra Saga. Pero nadie sabía del todo lo que había ocurrido en el Pilar del Océano Ártico, y Kiki había sido lo suficientemente sensato para no compartir con nadie lo poco que sabía al respecto.

Recordaba perfectamente la teoría que Isaac había aprendido de Crystal. La orfandad les daba la fuerza, la falta de lazos la decisión y la soledad, su valentía. Por tanto, Hyoga había deducido que el destino quería que él, y no Seiya, fuera el Caballero Ateniense por excelencia. En teoría, ya no tenía lazos que lo sujetaran a padres, maestros, hermanos...

Pero la teoría siempre había tenido huecos y contradicciones, y no había funcionado del todo bien.

Para comenzar, Hyoga nunca había dejado de amar a alguien, incluso cuando él mismo no lo había notado. Estaban Seiya, Shiryu y Shun, a quienes amaba casi como si fueran sus hermanos. Estaba Ikki, quien era su mala conciencia y a quien no podía dejar de querer. Estaba Saori, la parte humana de la diosa a quien el destino quería que le entregara la vida.

Pero también estaba Bud, quien se había convertido en su aliado más cercano y en quien podía confiar a ciegas. Estaba el resto de los Guerreros Divinos, que prácticamente lo habían convertido en su Maestro. Estaba Hilda, quien lo había recibido como si él, y no Saori, fuera el representante de un dios.

Estaba Flare.

La misma que, sin saberlo, era la dueña de su corazón.

Así que Hyoga seguía teniendo lazos, y eran tan intensos como los que había compartido en el pasado. O tal vez lo que escuchó alguna vez era cierto, y había lazos que podían ser tan fuertes como los de la sangre, o incluso más.

En teoría, entonces, se había alejado de su camino para convertirse en el Caballero Ateniense por excelencia.

Pero en ese momento recorría otro camino: El que conducía a la Fuente de Lete. Y no iba solo. Lo acompañaban tres de los cuatro espíritus que lo habían ayudado a vencer a un enemigo que lo había atacado con su propio corazón.

Su madre lo tomaba de la mano. Su Maestro parecía protegerlos, como si su familia finalmente estuviera reunida. E Isaac sólo sonreía.

Hyoga había finalmente comprendía que nunca podría separarse de ninguno de ellos, ni siquiera de Camus. Nunca había dejado de amarlos. Y era como si algo o alguien no quisiera que lo hiciera.

  - ¿Sabes? -preguntó Isaac de la nada, como si hubiera estado leyendo sus pensamientos-. Dicen que una teoría no se convierte en ley hasta que sea probada como universal.

Tal vez el destino mismo no quería que se convirtiera en el Caballero Ateniense perfecto. Hyoga no planeaba protestar.

 

 

Epílogo.

 

Afuera del palacio se había desatado una terrible tormenta. La mayoría de los aldeanos que vivían cerca del Valhalla ya se encontraban en los refugios que, por milenios, habían sido acondicionados dentro del castillo.

La voz de alerta se había extendido entre el grupo, como si pudiera tomarse como tal a la comunicación entre cosmos. Hyoga, inexplicablemente calmado para la situación que enfrentaban, salió ataviado con el Tresor de Acuario de la cámara donde lo guardaba y nadie excepto él podía entrar.

Mientras se acomodaba la tiara sobre su cabello, sin querer recordando la única vez que su madre lo había hecho por él, Bud lo alcanzó. El Guerrero Divino de Zeta-Mizhar-Alcor ya lucía su armadura blanca y verde obscuro, su larga capa flotando tras de él.

Sin detenerse, Hyoga preguntó:

  - ¿Ya sabemos de qué se trata?

  - No -respondió Bud, igualándole el paso-. Hildebrand ya se puso en contacto con los espíritus, pero ni ellos pueden identificarlo. Algunos piensan que se trata de un dragón, pero otros creen que podría ser un espíritu de nieve.

Sin detenerse, Hyoga frunció ligeramente el ceño. Prefería saber a qué se enfrentaba para evitar cualquier sorpresa.

  - ¿Balder percibió algo en su energía?

&nbps; - Dice que hay agresividad, pero no es lo único. Es como si estuviera más confundido que convencido de lo que hace.

  - Tal vez, pero esa cosa ya destruyó dos aldeas y seguirá haciéndolo a menos de que la detengamos -concluyó Hyoga, sabiendo que todos compartían la misma idea-. ¿Los demás...?

  - Ya nos esperan -respondió Bud, que no en vano había sido su primera orden ante esa emergencia.

Hyoga asintió.

  - ¿Y sus familias?

  - Ya están en el refugio, junto con los aldeanos. Algunos de los chicos querían ayudarnos, pero todavía son demasiado jóvenes.

  - Sé de qué hablas.

Ante su frase, que había intentado ser despreocupada sin lograrlo del todo, Bud dudó en hacer la siguiente pregunta. Hyoga también lo notó así que, sin detenerse, volteó a ver al Guerrero Divino.

Sabía que Bud no sabía mentir cuando alguien lo miraba a los ojos, así que no se sorprendió cuando éste le preguntó:

  - ¿Todo bien?

  - ¿A qué te refieres?

  - Han pasado muchos años desde la última vez que combatimos. ¿Estás preparado?

En eso, Santo y Guerrero llegaron al Salón del Trono. Apenas abrieron las puertas, vieron al resto de los Guerreros Divinos, ataviados ya con los Trajes Mitológicos y aguardándolos en silencio. Heimdall sonrió y sentenció:

  - ¡Volvemos a la acción!

Hyoga asintió, pero antes de que pudiera decir alguno de los discursos con los cuales solía motivarlos, descubrió que detrás de ellos había tres mujeres.

No le extrañó ver a Hilda, ya ataviada con sus atributos color plata y lista para convocar a la Espada Balmung o a la Armadura Sagrada de Odin en caso de que se necesitara. Tampoco a su amada Flare, quien había recogido su dorado cabello en largas trenzas y lucía los mismos atributos de su hermana, sólo que en el color del bronce.

Pero fue la primera vez que vio a su hija Deneb, apenas una adolescente, ataviada con los atributos sagrados de una Valkyria. Por su origen, le había correspondido el color del oro blanco, unión de sol y de luna. De su pecho colgaba la Cruz del Norte, como si confiara en que su abuela la protegería.

Sin darse cuenta, Hyoga sonrió. Sabía que por todos ellos se enfrentaría a lo que fuera. Y que triunfaría y regresaría con vida. Era la primera vez en su vida que no sentía temor alguno.

Con una sonrisa confiada, miró de reojo a Bud y finalmente respondió:

  - Nunca me he sentido más preparado.

En teoría, esos lazos lo atarían y le impedirían combatir

Desde hacía muchos años, Hyoga había dejado de creer en teorías.

 

 

Fin.

 

 

~ volver ~