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por Altair
Para Nath
con muchísimo cariño, porque es medio difícil enviar un
pastel de cumpleaños al otro lado del mundo y que no llegue
duro como piedra.
- Hay una teoría que explica de dónde obtenemos nuestra fuerza.
El Maestro Crystal me la dijo..
- ¡Ya lo sé, a mí también me la dijo! -respondió, feliz de
poder compartir una de las enseñanzas que había recibido.-
De las estrellas, sobre todo de nuestra constelación protectora.
- No. De que somos huérfanos.
Hyoga no supo qué responder, así que prefirió permanecer
en silencio. Lo que sí sabía era que Isaac no había tenido
la intención de lastimarlo. ¿Cómo podría, si él también era
huérfano?
Aunque sólo tenían 13 años, Isaac y Hyoga ya se consideraban
viejos amigos. Los dos aprendices de Caballero, aspirantes
a la congelada Armadura de Cygnus, habían crecido prácticamente
juntos. Hyoga apenas si se acordaba de su estancia en Oriente,
como si toda su vida la hubiera pasado en Siberia, bajo la
tutela de Crystal, escuchando historias sobre Camus de Acuario
y en sana competencia con Isaac.
Pero había una época que sí recordaba con claridad absoluta
y con total amor. Por ello, y sin atreverse a comentar al
respecto, miró a Isaac de reojo.
Como imaginaba, su rostro no mostraba emoción alguna a pesar
de la teoría que le había sido revelada.
- En teoría -continuó Isaac, sin atreverse a mirar de frente
a su mejor amigo-, como somos huérfanos no tenemos lazos que
nos aten a otras personas.
Hyoga esperaba que, como le ocurría siempre que hablaba del
heroico destino que le aguardaba, Isaac comenzara a emocionarse.
Pero su mejor amigo sólo miró hacia el horizonte, como si
no existieran las heladas superficies que formaban su hogar
y que los protegían del exterior y su vista pudiera alcanzar
hasta el Santuario donde vivía su diosa.
- Cuando Atenea nos pida que luchemos por la justicia en
su nombre, nada nos detendrá. No dudaremos ni sentiremos miedo,
y sin temor arriesgaremos nuestras vidas para defenderla.
A lo lejos, sólo vieron una parvada de cisnes que iniciaba
el vuelo. Todos juntos, como si fueran una familia.
Sin apartar la vista de las aves, Hyoga comprendió que no
creía en esa teoría aun cuando su Maestro sí lo hiciera. Él
no tenía lazos que lo ataran a familiar alguno, pero no estaba
solo. Estaban Crystal e Isaac, y algún día conocería a su
admirado Camus. Y estaba su secreto, el que nunca le había
revelado a nadie.
- La verdad, ¿lo crees? -le preguntó.
- No.
Pareció como si Isaac hubiera respondido sin pensar, pues
titubeó antes de continuar.
- La verdad -confesó finalmente-, ser huérfano no significa
que no sienta miedo cuando entrenamos debajo del polvo de
diamante. No creo que no tener familia signifique que te vuelvas
valiente de inmediato.
Hyoga se sintió aliviado al escucharlo, e incluso sonrió
débilmente.
Desde aquella horrible noche, había descubierto que había
cosas que no podía contar; era como si pronunciarlas en voz
alta pudiera convertirlas en realidad, aunque ya lo eran.
Eso significaba que poseía secretos que no le había confiado
a nadie, ni a Isaac ni a Crystal, y menos aún a alguno de
los chicos que había conocido en Oriente. A veces Crystal
lo observaba en silencio, como si adivinara su secreto o lo
compartiera, pero no había dicho nada al respeto y Hyoga no
había preguntado.
- No tener a nadie que te espere no te vuelve más fuerte
-sentenció Isaac, sacándolo de sus pensamientos-. Significa
que estás solo y que a nadie le importa si te hieren o te
matan.
Mientras decía las últimas palabras, había desviado la mirada
del horizonte, como si demostrar sus dudas probara que no
era digno de ser un Caballero Ateniense y, por tanto, no mereciera
mirar en dirección a Grecia. Era raro que Isaac no sintiera
entusiasmo y Hyoga afirmó al instante:
- A mí me importas.
No sabía que una frase tan sencilla pudiera devolver la sonrisa
al rostro de Isaac.
- Eso significa que a alguien le importará si me muero, ¿no?
-respondió con una intención levemente traviesa-. Y a mí me
importará si mueres.
- Podrías poner una inscripción en mi tumba -dijo Hyoga,
siguiéndole el juego-. ”Aquí yace Hyoga de Cygnus, el Caballero
Ateniense del Hielo”.
- ¿Y quién te dice que tú ganarás la Armadura de Cygnus?
-protestó Isaac, fingiendo indignación-. Tu tumba dirá: “Aquí
yace Hyoga, Caballero del Pato”, y confórmate con eso.
Fue el turno de Hyoga de fingir que estaba molesto, y más
cuando recibió una bola de nieve en el rostro a manera de
conclusión.
En instantes, la lúgubre conversación entre los dos aprendices
se convirtió en una batalla que prometía durar largas horas,
acostumbrados como estaban al frío y a la nieve. Lo habría
hecho de no ser por Crystal, quien los mandó a entrenar antes
de la cena con el pretexto de que obviamente tenían demasiada
energía.
Mientras golpeaban en silencio el muro de hielo eterno, a
Hyoga se le ocurrió algo. Tal vez algún día podría hablarle
a Isaac sobre su mamá. Podría compartir su secreto con él.
Y tal vez le ayudaría a rescatarla de su prisión submarina.

Había tantas cosas que quería decirle ahora
que finalmente volvían a estar frente a frente. Y, sin embargo,
lo único que atinó a hacer fue a seguirlo en silencio hacia
el interior del Templo de Acuario, en preparación del que
sería el último combate entre ambos.
Del que tal vez sería el último combate de toda
su vida.
Un dolor sordo recorría su cuerpo. A cada paso,
el ataque de Milo de Escorpio le recordaba la lección que
Camus de Acuario, Maestro de su Maestro, había querido enseñarle
un par de horas antes. No debía tener sentimientos, no debía
amar a nadie, debía soltar los lazos con el pasado si quería
convertirse en un verdadero Caballero Ateniense...
¡Pero había tantos huecos en esa teoría! ¡Tantas
contradicciones, tantas irrealidades!
Hyoga no tenía mucho de haber despertado, pero
había meditado en minutos lo que otras personas tardarían
una vida entera en descubrir.
"No alcanzas a verlo, ¿verdad, Camus?", pensaba
mientras lo seguía el silencio, el sonido de sus pasos el
único que rebotada contra las paredes del Templo. "Me separaste
para siempre de mi madre porque querías acabar con mis recuerdos.
Pero está más cerca de mí que antes."
No se atrevió a alzar la vista, aun cuando sólo
vería la espalda del Santo. Aunque fuera en pensamientos,
lo estaba desafiando.
"Alcanzo a sentirla. Me acompaña. No importa
que nunca volveré a verla, nunca me había sentido tan unida
a ella."
No era la única persona a quien alcanzaba a
percibir. A cada instante, la mente de Hyoga regresaba a su
pasado.
Casi podía ver a Crystal entre las sombras,
ansioso y en silencio ante el inminente combate entre su respetado
Maestro y su amado Alumno. Hyoga no se atrevía a adivinar
sus sentimientos.
No podía percibir del mismo modo a Isaac, pero
sabía que estaría de su lado desde el Paraíso. A pesar de
cómo había reaccionado cuando finalmente le confesó su secreto,
él tampoco había creído en la teoría de la que habían hablado
aquella tarde.
Sin duda ahí estaba la mayor contradicción de
la trama. Le habían insistido desde muy joven que lo mejor
que podía pasarle a un aspirante de Caballero era ser huérfano.
De hecho, no le había sorprendido averiguar que los aprendices
nacidos en Grecia nunca conocían a sus padres, aun cuando
pudieran convertirse en sus enemigos sin que ellos lo supieran.
Y, sin embargo, Atenea siempre hablaba de amor.
De no encontrarse en una situación tan seria,
Hyoga sonreiría con una burla ligera. "¿Realmente crees en
esa idea del amor universal, Camus?", le preguntó en silencio
mientras lo seguía a otra estancia. "¿Realmente crees que
un Caballero puede pelear por el Amor si nunca ha amado a
nadie?
¿A quién habría amado Camus? ¿A sus alumnos?
¿A Hyoga mismo?
¿A Milo, quien se había proclamado como amigo
suyo?
Pensó en Seiya y en Shun, quienes se dirigían
hacia la Casa de Piscis. En Ikki y en Shiryu, quienes ya descansaban
junto con Aioros y otros tantos héroes. En Saori, herida y
cada vez más cerca de la muerte.
No, comprendió Hyoga. La teoría estaba equivocada.
El Amor sólo podía impulsar a quienes lo hubieran conocido.
Si no se tenía a nadie, ¿por qué arriesgarse, incluso en nombre
de Atenea?
La falta de lazos no lo hacía más valiente.
¿Camus no se había ocupado de romper todos sus lazos? Si la
teoría era correcta, ¿por qué sentía el miedo en la boca del
estómago?
Pero haría lo que Camus esperaba de él, y dejaría
de lado los lazos y olvidaría que había crecido admirando
su nombre y escuchando todas sus hazañas y logros. Lo vería
como a cualquier otro hombre y lo mataría aunque con ello
volviera a destrozar su corazón. Que parecía ser lo único
que un Caballero Ateniense realmente necesitaba aprender.
Nunca pudo decirle a Camus que, mientras combatían,
escuchó claramente la voz de su madre —sí, de aquélla a quien
debía haber olvidado— rogándole que despertara para que pudiera
vivir.

En teoría, y sólo en teoría, parecía que el
destino había decidido que Hyoga de Cygnus sería el mejor
de los Caballeros Atenienses. Eso, o no lo habría enfrentado
constantemente contra el pasado y contra aquéllos a quienes
había amado.
Había comentado algunos de sus secretos con
sus amigos, pero ni siquiera Atenea los conocía todos, al
menos de sus labios. Seiya sabía que había matado al Maestro
Crystal porque lo había alcanzado en Siberia. Desde aquella
batalla con Ikki, cuando colocó la Cruz del Norte en su tumba,
los demás habían sabido sobre su madre, aunque no conocían
las circunstancias alrededor de su muerte. Y era lógico que
había tenido que matar a Camus de Acuario durante la Batalla
de las Doce Casas, o no habría podido combatir en la pelea
final contra Saga. Pero nadie sabía del todo lo que había
ocurrido en el Pilar del Océano Ártico, y Kiki había sido
lo suficientemente sensato para no compartir con nadie lo
poco que sabía al respecto.
Recordaba perfectamente la teoría que Isaac
había aprendido de Crystal. La orfandad les daba la fuerza,
la falta de lazos la decisión y la soledad, su valentía. Por
tanto, Hyoga había deducido que el destino quería que él,
y no Seiya, fuera el Caballero Ateniense por excelencia. En
teoría, ya no tenía lazos que lo sujetaran a padres, maestros,
hermanos...
Pero la teoría siempre había tenido huecos y
contradicciones, y no había funcionado del todo bien.
Para comenzar, Hyoga nunca había dejado de amar
a alguien, incluso cuando él mismo no lo había notado. Estaban
Seiya, Shiryu y Shun, a quienes amaba casi como si fueran
sus hermanos. Estaba Ikki, quien era su mala conciencia y
a quien no podía dejar de querer. Estaba Saori, la parte humana
de la diosa a quien el destino quería que le entregara la
vida.
Pero también estaba Bud, quien se había convertido
en su aliado más cercano y en quien podía confiar a ciegas.
Estaba el resto de los Guerreros Divinos, que prácticamente
lo habían convertido en su Maestro. Estaba Hilda, quien lo
había recibido como si él, y no Saori, fuera el representante
de un dios.
Estaba Flare.
La misma que, sin saberlo, era la dueña de su
corazón.
Así que Hyoga seguía teniendo lazos, y eran
tan intensos como los que había compartido en el pasado. O
tal vez lo que escuchó alguna vez era cierto, y había lazos
que podían ser tan fuertes como los de la sangre, o incluso
más.
En teoría, entonces, se había alejado de su
camino para convertirse en el Caballero Ateniense por excelencia.
Pero en ese momento recorría otro camino: El
que conducía a la Fuente de Lete. Y no iba solo. Lo acompañaban
tres de los cuatro espíritus que lo habían ayudado a vencer
a un enemigo que lo había atacado con su propio corazón.
Su madre lo tomaba de la mano. Su Maestro parecía
protegerlos, como si su familia finalmente estuviera reunida.
E Isaac sólo sonreía.
Hyoga había finalmente comprendía que nunca
podría separarse de ninguno de ellos, ni siquiera de Camus.
Nunca había dejado de amarlos. Y era como si algo o alguien
no quisiera que lo hiciera.
- ¿Sabes? -preguntó Isaac de la nada, como si
hubiera estado leyendo sus pensamientos-. Dicen que una teoría
no se convierte en ley hasta que sea probada como universal.
Tal vez el destino mismo no quería que se convirtiera
en el Caballero Ateniense perfecto. Hyoga no planeaba protestar.

Epílogo.
Afuera del palacio se había desatado una terrible
tormenta. La mayoría de los aldeanos que vivían cerca del
Valhalla ya se encontraban en los refugios que, por milenios,
habían sido acondicionados dentro del castillo.
La voz de alerta se había extendido entre el
grupo, como si pudiera tomarse como tal a la comunicación
entre cosmos. Hyoga, inexplicablemente calmado para la situación
que enfrentaban, salió ataviado con el Tresor de Acuario de
la cámara donde lo guardaba y nadie excepto él podía entrar.
Mientras se acomodaba la tiara sobre su cabello,
sin querer recordando la única vez que su madre lo había hecho
por él, Bud lo alcanzó. El Guerrero Divino de Zeta-Mizhar-Alcor
ya lucía su armadura blanca y verde obscuro, su larga capa
flotando tras de él.
Sin detenerse, Hyoga preguntó:
- ¿Ya sabemos de qué se trata?
- No -respondió Bud, igualándole el paso-. Hildebrand
ya se puso en contacto con los espíritus, pero ni ellos pueden
identificarlo. Algunos piensan que se trata de un dragón,
pero otros creen que podría ser un espíritu de nieve.
Sin detenerse, Hyoga frunció ligeramente el
ceño. Prefería saber a qué se enfrentaba para evitar cualquier
sorpresa.
- ¿Balder percibió algo en su energía?
&nbps; - Dice que hay agresividad, pero no es lo único.
Es como si estuviera más confundido que convencido de lo que
hace.
- Tal vez, pero esa cosa ya destruyó dos aldeas
y seguirá haciéndolo a menos de que la detengamos -concluyó
Hyoga, sabiendo que todos compartían la misma idea-. ¿Los
demás...?
- Ya nos esperan -respondió Bud, que no en vano
había sido su primera orden ante esa emergencia.
Hyoga asintió.
- ¿Y sus familias?
- Ya están en el refugio, junto con los aldeanos.
Algunos de los chicos querían ayudarnos, pero todavía son
demasiado jóvenes.
- Sé de qué hablas.
Ante su frase, que había intentado ser despreocupada
sin lograrlo del todo, Bud dudó en hacer la siguiente pregunta.
Hyoga también lo notó así que, sin detenerse, volteó a ver
al Guerrero Divino.
Sabía que Bud no sabía mentir cuando alguien
lo miraba a los ojos, así que no se sorprendió cuando éste
le preguntó:
- ¿Todo bien?
- ¿A qué te refieres?
- Han pasado muchos años desde la última vez
que combatimos. ¿Estás preparado?
En eso, Santo y Guerrero llegaron al Salón del
Trono. Apenas abrieron las puertas, vieron al resto de los
Guerreros Divinos, ataviados ya con los Trajes Mitológicos
y aguardándolos en silencio. Heimdall sonrió y sentenció:
- ¡Volvemos a la acción!
Hyoga asintió, pero antes de que pudiera decir
alguno de los discursos con los cuales solía motivarlos, descubrió
que detrás de ellos había tres mujeres.
No le extrañó ver a Hilda, ya ataviada con sus
atributos color plata y lista para convocar a la Espada Balmung
o a la Armadura Sagrada de Odin en caso de que se necesitara.
Tampoco a su amada Flare, quien había recogido su dorado cabello
en largas trenzas y lucía los mismos atributos de su hermana,
sólo que en el color del bronce.
Pero fue la primera vez que vio a su hija Deneb,
apenas una adolescente, ataviada con los atributos sagrados
de una Valkyria. Por su origen, le había correspondido el
color del oro blanco, unión de sol y de luna. De su pecho
colgaba la Cruz del Norte, como si confiara en que su abuela
la protegería.
Sin darse cuenta, Hyoga sonrió. Sabía que por
todos ellos se enfrentaría a lo que fuera. Y que triunfaría
y regresaría con vida. Era la primera vez en su vida que no
sentía temor alguno.
Con una sonrisa confiada, miró de reojo a Bud
y finalmente respondió:
- Nunca me he sentido más preparado.
En teoría, esos lazos lo atarían y le impedirían
combatir
Desde hacía muchos años, Hyoga había dejado
de creer en teorías.
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